domingo, 1 de mayo de 2016

ANILLOS CONCÉNTRICOS


Imagen cogida de la red





ANILLOS CONCÉNTRICOS




Era el ojo en el ojo del ojo del mar en movimiento, del mar sólido dentro de otro mar 
en lo profundo del aliento. La luz descamisada, el reloj seco como raja repetida 
                                                                                                                                  [de rescoldos.
Es menester que el soplido del viento apague los pensamientos: uno no fía golpes, muchos de ellos los proveen gratis ciertas legiones de ángeles.
Sangran acurrucados todos los miedos. Sangra, allí, el deletreo de la boca,
el polvo abollado de la sombra y el petate íntimo, sin cobija de la desesperanza.
(Me temo que los pies no parecen ser eternos, despiertan sus propias fatigas
al punto de librar oscuros pavimentos, de arrancarle los párpados a los héroes nacionales, relamer el grito de los golpes, recoger los pedacitos de moscas maltrechos en la cajita 
de fósforos de los suspiros.
Me temo que en los espejos quebrados aparecen esquinas espiando el poco extravío 
que nos queda: a uno se lo lleva putas cuando quiere juntar todos
los colores descoloridos de los tabancos donde duermen los chuchos.
Sí, susurran las voces a mansalva y no entiendo ninguna: uno en vez de desenvainar esperanzas, lo hace con cadáveres, con el trastabillar de los dientes
con calles semidesnudas de oficio,   con anillos concéntricos en sus esquinas.
─¡Vos sabés contar las horas detrás de la paciencia!
Suena en los oídos el tintineo de la misa.)
Un amigo de desvelos fúnebres, se culturiza con el lenguaje del más allá.
Cuando acabe el mal de ojo, declararemos día nacional al polvorín
de las luciérnagas. Y también a los balcones de la concurrencia.
Barataria, 31.III.2016