miércoles, 2 de marzo de 2016

DESABRIGO DE LA PIEDRA

Imagen: Juan-Antillón-Montealegre




DESABRIGO DE LA PIEDRA




Allí madurado el cierzo sobre la piedra, el desabrigo del tiempo como un cripta.
Allí el epitafio quemado de las ventanas, la gota de semen en lo hondo del país.
Allí en la siete esquinas del pan, los comensales multiplicados por siete.
Allí en la imagen que nos dan los cascos, los caballos en estampida mordiendo
los aleros del sinfín. Los mismos sueños a ratos putrefactos.
Allí en las manos agrias del calendario, los ángeles sin alas de la terrenalidad.
Allí en el país de sal, la vigilia imperceptible de las estatuas, las disensiones
y los miedos, los estallidos luctuosos de la memoria.
Allí estructurados los anonimatos, quiénes leen los estatutos del pulso y lamen
la grieta corrosiva de los estornudos.
Allí quebrado el trajín, crujen los encajes y el alambique de los ecos.
(Siempre es cuestión de días para darle nuevo rumbo a la historia. Nunca pasan
años sin que veamos de cerca la desolación de las entrañas.
Uno sabe qué lumbre alumbra los imposibles: siempre estamos al frente
de certidumbres necesarias: hoy, mañana o pasado, lo mismo, el mismo roce
salvaje en las aceras, los mismos golpes de pecho humedeciendo la noche.
Uno siente la sed y el ijillo desnudando el pecho, mordiendo o rompiendo
los calcañales. Al cabo uno se agrieta de fiebre al sólo sobrevivir.)
De pronto uno quiere cruzar el tren de la lluvia caminando uniformemente sobre 
las aguas, pero éstas se excusan de sus alas líquidas, o de su boca hecha
para la pobreza. Uno sabe de las moscas que se apiñan en torno al miedo.
Vos lo sabés cuando hay una tendencia a emular las bondades del mercado…
Barataria, 07.II.2016