jueves, 10 de marzo de 2016

TRASTIENDA

Imagen cogida de la red




TRASTIENDA




Dentro del armario de la memoria, todos estos años de fatídicas rendijas.
Sobre la poca luz de la noche, la fotografía amarilla de paraguas y sombreros,
la vigilia y su extraño hollín a quemarropa, las aguas turbias de la modorra:
uno sabe —después de todo— de la sombra de humo en la boca,
sabe de los cálculos políticos en la ruralidad del país, uno entiende la trastienda 
del día y su feligresía;
mientras por otro lado, suenan los rayos de la intemperie, o ciertos carnavales, hermetismos, o ciertos cónclaves a puerta cerrada.
Además de los días sumergidos, el mundo talla sus herrajes.
Los baúles y sus minucias se clavan en las pupilas, luego se respiran epitafios
de héroes desasidos, doloridos en su protagonismo de náufragos.
¿Qué hay detrás del desvelo y la desesperación, de las palabras inimaginables,
del hombre nuevo? —Por cierto que hemos confundido la integridad;
la conjetura parece ser la moneda de uso normal,
la historia se obstina a sus propios fuegos, ningún despojo puede ser salvado
por esos simples actos de fe a los que estamos acostumbrados.
De pronto, uno tiene que escoger entre el fanatismo y la buena saludad:
a la altura del aliento, están los ataúdes de lo incierto, o esa gota de sueños
que se convierte en pillaje. Cada vez se van disolviendo los andenes
de esa transtienda siniestra, en donde ya no es posible lo velado e inmóvil.
Importa, —mientras hago comestible la risa—, ver las anclas de la ropa sucia colgada del insomnio disfrazadas de relámpagos.
Barataria, 16.II.2016

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