miércoles, 1 de julio de 2015

JORNADA

Imagen cogida de la red




JORNADA




Después de la jornada, —o de cualquier extravío—, el cuentagotas del tiempo
sobre el cuerpo: los brazos de ceniza de las institutrices, las lavanderías
azules del aliento, el caracol menguado del sexo en la moral pintada en ciertos
manuales de pelucas y balcones.
Siempre hay algo inexplicable en los nichos de carbón de la penumbra,
en la oblea del reloj prolongando la hojalatería del rasguño.
(No termino de explicarme hacia dónde van finalmente los trenes, los besos,
la desnudez, la naftalina debajo de la cobija, la teja de musgo dentro del ataúd
de los escaparates de la lluvia, el arco iris en la carreta de la hojarasca.
¿Qué hace el cansancio carente de monedas, el cansancio que te deja extenuado
después de la jornada? —¿Qué hacés braceando en las aguas de la nostalgia?)
En el pestañeo de las fotografías el cuerpo negro y los efluvios de la tormenta.
¿Dónde están los dientes y los bolsillos?
Susurro, al cabo, al dominó del paisaje de todos los días.
Pensar después de la luz hacia no sé qué postrera ventana o camino.
Conjurar el metal del alba al despertar, caminar sobre las viejas esquinas
del calendario, deslizarse en un repique de campana, vocear el pañuelo
que provocan los mataderos.
De mi casa pobre, balan las monedas, mientras suda el pino su vagón
de trementina, mientras en la mesa uno se olvida de elevar piscuchas o cometas
El horizonte me dicta su alfabeto de brasero, huele a equipaje rancio, a ojeras
y a esa estación de piel gastada de las manos.
Barataria, 27.VI.2015