martes, 21 de julio de 2015

BOCA DE LA ASFIXIA

Imagen cogida de la red




BOCA DE LA ASFIXIA




Recién llegado por definición es: aquella diferente persona notada en seguida por todos, que llegado recién a un país de la clase de los diferentes, tiene el aire digno de un hombre que no sabe si se ha puesto los pantalones al revés, o el sombrero derecho en la cabeza izquierda, y no se decide a cerciorarse del desperfecto en público, sino que se concentra en una meditación sobre eclipses, ceguera de los transeúntes, huelga de los repartidores de luz, invisibilidad de los átomos y del dinero de papá, y así logra no ser visto.
Macedonio Fernández




Me ahogas de rodillas en el vacío. Aquí un golpe tras otro donde sólo van quedando ruinas. Donde sólo las magulladuras quedan impregnadas en la cobija. La cerradura es la caja negra de mis miedos, ¿qué lejos vivo de la mano del día? En las manos crecen sigilosos los días dolientes de la semana y su retórica, los silencios apagados de las paredes. Duele el ojal del  hambre en la yema de los dedos cuando éstos suben a la mesa; duele el hoy al despertar en el ayer de los trastos metálicos colgando de la garganta; duele el aliento sajado del postigo y la cosecha de musgo en la hojarasca del tejado; arde la albarda o el aparejo en el ojo de luz después de un trajín y otro, sin parar.  Siento fuego en el crespón del aliento; en tus aguas, el filón del sexo con su ajuar ciclónico. Las dos sombras de ceniza mientras dormimos. Las dos noches sobre las baldosas y su terquedad galopante. En la frente los vía crucis de granito como otro extraño río de silencios desmembrados. Sobre el viento maduran los ojos su inocencia de recuerdos. ¿Quién es el héroe o el antihéroe en este relincho desencajado de la entraña? El calendario nos hace naufragar, abierto, en el costado de las aguas, lento como una entraña dolorida, páramo en el caracol del asfalto, ruin tal el follaje en los tragantes. En la cueva de la asfixia, tocamos la serpiente de la miseria y ese olvido al que tanto aspiro, después de abandonar el mercado de la nostalgia. (Siempre fueron desesperantes las palabras cuando le castramos los pájaros y dejamos, apenas, los harapos. Cada sofoco fue un latigazo fúnebre como el ojo gastado al borde de las aceras. Hoy son irreales todos los litorales del gemido, las solapas de la herida, la redonda flor del tacto, la voz rendida ante las pupilas. Hoy, la breña nos desnuda y quedan impunes las puñaladas y queda al descubierto el semen derramado. ¿Es brasa toda esta oscuridad que nos desvive? ¿Cuándo, hasta cuándo el disfraz apropiándose de la conciencia?) Mientras se nos rompen las uñas de los dedos, ¿dónde reposa la humedad que acumulamos? Toda la boca en el goteo del cordero. Todo el pasamontañas para andar o quitarle llave al país. Todo el sollozo en la imagen macabra, en la mueca de la infancia o la adultez. Siempre vasto de incendios alrededor de las arrugas, siempre mortal el paraíso y los adanes y las evas y las manzanas y las serpientes y los ojos en vos danzando en el sagrario absurdo de la sombra. En realidad el tiempo es absurdo: simplemente hay que ver al espejo donde descansa la sed o el misterio y su horrendo bisturí. Después de todo, ya ni se si estoy loco o me he convertido en imbécil, el humo desespera con sus sarcasmos; ante ciertas noticias, tapo los agujeros del insulto, este dolor de animal engangrenado, y los estribillos del drama nacional. A la luz de tanta sordidez me torno incomprensible: yo y la mierda de mi mortalidad. En las esquinas del delirio, siempre hay esa sensación de malestar despierto, siempre la duda como única dirección postal para enviar las haces del absurdo. Desde hoy aborrezco los diversos nombres que tiene la polilla. Ah, tus muslos para empezar a subir el mundo…
Barataria, 16.VII.2015