martes, 14 de marzo de 2017

MADURACIÓN DE LA HUÍDA

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MADURACIÓN DE LA HUÍDA




A Isabel Rezmo




El cuerpo apenas en su maduración de huidas. Ahora hondo de mar
y de escombros, clavado en los resortes de los vendavales,
herético en el suplicio: en lo inminente, resultan excesivas las incertidumbres
o el doblez de sedimentos acumulados en la boca.

Uno espera ver al pájaro sobre la rama, ese ardor alígero de su sombra.
Cabecean las semanas sobre la sed indeleble del granito.
En esta fuga de relentes, solo van quedando las excavaciones del sendero,
y la húmeda carne del cántaro en su rito obediente.

Al pie del ojo, sin embargo, los altos adobes del horizonte, las sombras unánimes 
de las bocas, el monótono clavo, fijo, del sinfín.

Uno muerde los rincones del desasosiego hasta develar el umbral de la puerta
de las voces enfurecidas que nos nombran. (Ignoro si hay imágenes piadosas
en los incendios; después de todo, el tiempo también nos roba las palabras;
huimos empalagados de lo abominable.
O hundimos la suma de nosotros en este mundo de sombras.)

En las palabras que habitan la memoria, parpadean los grises del Paraíso,
junto con las pringas de los relámpagos. Siempre nos sucede el mundo.
No siempre uno es consciente de las amputaciones del alma, del ciego sol
del mediodía, de los huracanes que acompañan la brasa.

Ante la huella de los ríos andados, el encaje de la noche asomándose
a la flama apagada de las cicatrices, a la convulsa respiración de escapularios.
Mientras calla el silencio, uno yuxtapone las fotografías del olvido.
Barataria, 18.II.2017