jueves, 15 de septiembre de 2016

TRASPIÉS DEL ABANDONO

Fotografía tomada por André Cruchaga





TRASPIÉS DEL ABANDONO




Por doquier el tropiezo de los nombres y la huella de las pupilas en el césped.
Abundan las monedas gastadas y arrancadas a los ojos.
Uno sabe de todas las alambradas que hay necesidad de saltar, o morder,
justo para alcanzar las lejanías sin reemplazo de zapatos y pestañas.
Sé que existen oscuridades tan profundas como una lágrima, tan ciertas
como los calcañales carcomidos por los guijarros, tan duros como los barrotes 
de la indiferencia: la hojarasca clava en mis lóbulos sus cuartones
de desfallecida tristeza, hasta el punto de hacer metálico el sonido y acalambrar 
mi aliento: bajo los dobleces de la penumbra hasta llegar al subsuelo.
Bajo braceando en medio de las agujas del crepúsculo.

Hay palabras que esperan a la noche para existir, dormitorios y párpados
en combustión, cruces, cuerpos, estados febriles, como el traspiés que hace 
desfallecer hasta el hambre y la boca y las mortajas.

Después de todo, un grito es solo un grito que no mata alacranes,
ni borra tatuajes, ni cambia el rumbo de las obscenidades y su olor amelcochado.

Un traspié y se despeinan las buenas palabras y se aprietan los ijares.
Pero hay abandonos de tal magnitud que rompen los pliegues de lo lúgubre,
y beben toda la sal silenciosa de los taburetes y los atriles,
y toda la ceniza que los pájaros trepan a las ramas,
y todas las mesas de las sombras y sus caballos enflaquecidos y sus ojos
de quejidos prolongados  y sus mudos relojes y sus apretados paraguas
de ataúdes y sus asadores de prostituidas arrugas, ennegrecidas en el extravío.

Después uno vuelve con boca propia a morder los letreros líquidos del agua.
Barataria, 16.VII.2016