domingo, 25 de septiembre de 2016

OJOS INMEMORABLES

Imagen cogida de la red





OJOS INMEMORABLES




Hasta hoy, no hay memoria. Quizá nunca la hubo. Han sido calles o puertas,
lo ignoro, pese al  presentimiento del ruido de la humedad en los pómulos.
Existen pensamientos debajo de la hojarasca, allí los agujeros invisibles
de las depredaciones, las cascaras de las sombras agitadas por el viento.
Nos muerde desde siempre el galope despolvoreado de las bestias,
las muertes profusas que oscurecen en los candelabros.
El aliento a veces se espesa en los sellos postales, uno le da crédito a los listones 
de saliva que le sirven de adorno a la opacidad de los ungüentos.
Al grito fervoroso de los cerillos, agitamos el largo espejo del mediodía,
pero no la memoria con sus metros de triciclos, no aquí, toda la obediencia
gastada en la danza de los anillos del sexo.
Cada día nos enlutan los aguaceros, usted de seguro no lo recuerda, ahora,
que se escuda en la amnesia y atardece husmeando, pese a los cansancios.
En la fuga de los ojos, las astillas de la otredad evaporan el disimulo.
Dan asco los óxidos del hastío y los ombligos putrefactos de la efervescencia;
ante las ramas esparcidas del aire,
siempre me resigno a las noches y al guacal confuso de los ojos donde el polvo
hace lo suyo, sin dejar espacio para la fuga. Mientras crece lo inmóvil,
aumenta la cárcava de sed y las manos pervertidas del moho,
prospera la usura como un trote de tinta en el grafiti de las paredes.
Quizá sea yo, el que desde siempre carece de memoria: supongo que es mejor
así, a perder la calma y a quedarme viendo los goterones de los trenes.
Barataria, 25.VII.2016