martes, 27 de septiembre de 2016

JUEGO DE OLVIDOS

André Cruchaga





JUEGO DE OLVIDOS




La razón de este juego de olvidos es, justamente, para condensar el destino y el sentido del poema, en modo alguno para explicarlo: carezco de los atributos necesarios para la fosforescencia. Me limito a caminar a través de lo humano que soy, de lo imperfecta que es mi materia. A veces, solo me aquí, ⎼⎼entre la eternidad y el júbilo⎼⎼ a inventariar las funerarias de mi ser interior, la aglomeración de aullidos que hierven en la lejanía. Hay personas mucho más inteligentes y sabias que yo para alumbrar los misterios de la memoria. Infiero que existen profundas hondonadas y duelen; duelen, por cierto, hasta los tuétanos; Deduzco que mis ojos son incapaces de verlo todo; ya me he acostumbrado, en medio de la humedad del invierno, a vivir arrastrando engaños y desengaños. La oscuridad o la claridad en mis poemas son una acción premeditada, es decir, una acción política. Nombrar la desnudez hasta ensordecer también es una acción política. Pensar en el candor de los pájaros es una acción política: cuando hay un examen de conciencia, lo más probable es que tiemblen las cornisas del aliento y salgan a flote los pequeños demonios que reverberan en la conciencia. El que me lean o no me lean es también una acción política de la cual no tengo control. El decidir mi ruta y condición de hombre y poeta lejos de las argollas o círculos de poder también es una acción política. Quien sabe sabrá entender la dimensión de mis palabras sin que necesariamente deba explicarlas. Yo procuro adoptar las verdades terrestres, no el doblez de la lengua ni el plumaje. Escribo porque escribo más allá de mis opacidades. Escribo porque arde en mí la humedad del alfabeto. Yo solo sé que vivo en medio de innumerables incendios y no necesito de la vehemencia, mis desvelos aguantan todo el peso de mis fantasmas, toda la excomunión de los obispos grises de la ceniza. Acariciar el frío de las palabras en pleno trópico también es una acción política, lo es la distancia de la realidad y los sueños, lo es el candil de Dios embriagado de tierra. Ser mi propia voz es una convicción, una determinación radiante y de necesaria libertad. En todas partes hay caminos cerrados por adustos muros, pero también hay sombras talladas en humo. Mi relación con la palabra y la realidad también es un acto ideológico-político. Las personas de gran prosapia saben de esto. Escribir y renunciar a muchas acciones producto del acto de escribir es ciertamente un acto ideológico-político. Ser en cierto modo un eremita lo es también. Alrededor nuestro una inmensidad de torbellinos. Cada poema abre las posibilidades de nuevos ojos. Quien lee, lee a menudo, corazones contritos, ve relámpagos y estertores, intuye seguramente caminos luminosos o caballos de niebla o plenitudes rotas. Un poema siempre tiene un destino: el ser humano y sus posibilidades y orientaciones para avanzar. Yo escribo desde el escarlata del alfabeto. Escribir es lo único que me interesa: el poema siempre supone un acto de audacia, lo demás son artificios que la sociedad ha inventado para establecer el dominio de unos sobre otros. Es una especie de dominación y vasallaje. Uno puede aspirar a la luz y llegar a la montaña sin necesidad de súper héroes o semidioses. Uno puede remontar el alfabeto: yo no quiero las cúspides al ras del suelo. El poeta es más que esa vorágine del poder, efímero por cierto. Cada vez que escribo un poema me arremango la camisa y miro al fondo, ansioso, las sombras todas de la incandescencia. Abro un camino de orgías como aquella fragancia primera del sexo.