domingo, 11 de septiembre de 2016

TITUBEOS

Fotografía de Rebecca Cairns, cogida de blogs.20minutos.es





TITUBEOS




Un taburete de heridas muerde el cielo falso de toda la desolación del manojo
de cementerios que viven con uno como interlocutores de un tiempo fenecido.
Cada quien vacila o se queda perplejo ante el humo que se desliza
a través de las sienes: supongo que siempre he andado  en las orillas
del vestigio, en la úlcera que cava en la carne y luego vive allí,
en la respiración de la ceniza, dentro del ojo negro de los cachivaches,
esos que guarda la memoria mientras la sospecha no desvela sus sombras.

Siempre resultan extrañas las ventanas frente a lo incierto.
A veces los umbrales sólo sirven para colgar los pájaros del más allá.
Cada vez subrayo mis propios letargos.

Siempre resultan irremediables los manifiestos de los ataúdes,
en medio de una luna de musgo irrefutable. (En el gastado diccionario 
de la niebla, los folios de la hojarasca, alborozan algunos azadones sumergidos
en los pétalos amarillos del crepúsculo.
A veces las palabras se vuelven redondas e imposibles. Ciénagas. Espinas.
A veces sólo salpicadas por el resfrío, o anémicas de tantas heridas.
Uno aprende a vivir justo en los linderos de la culpa: en los ojos el rigor del dolor
y la ceniza enmohecida de los golpes. Y la noche y sus férreos anillos.)

En mi infancia, el arco iris colgaba de las hojas y no habían tantos guacales
llenos de melancolía, ni ventanas cerradas durante el día.
Brincan las aldabas del ruido y el golpe de alas junto al de las carnicerías.
Barataria, 12.VII.2016