miércoles, 21 de septiembre de 2016

ACERAS AGRIETADAS

Imagen cogida de la red





ACERAS AGRIETADAS




Como una lengua de aviesos cauces estas aceras agrietadas de la historia.
Sus párpados rotos no caben en los dientes, ni en la sombra furiosa
de la orina, cuya presencia húmeda rumia y vocifera en el olfato.
Allí, en la orilla del silencio, las palabras hechas añicos,  los cirios con sus pecados 
abisales, alguna hormiga debajo de los párpados.
De mi respiración, todos los transeúntes con sus hendiduras amontonadas;
esos espejismos que de pronto entenebrecen la saliva hasta dejarla sangrar.
Pocos saben lo mucho que se muere antes de borrar los caminos de las sombras
y lograr la absolución definitiva.
El peligro siempre está en los callejones sin salida de la conciencia.
¿Hacia dónde nos conduce el panal de dientes de la brisa?
¿Hacia qué subsuelo descienden los aleros de la congoja, el búho mordiendo
los confesionarios en medio de un tintineo de puertas?
Cada quien comparte, en cierto modo, el olvido con las estatuas y sus feligresías.
Más allá de estos delirios, uno se encuentra con calles oscuras y portentosos 
cascos y golpes a corazón abierto en los vacíos del Paraíso.
¿Qué hace uno, entonces, cuando el cántaro de lo amargo se abre junto al rocío,
cuando la baba de las peluquerías se incinera,
cuando una mano desconocida hace temblar las canillas?
Como en las fiebres de la memoria a la medianoche, los pensamientos superan 
al país: muerdo la campana del umbral sin decir palabra alguna.
Así sobrevivo a las migajas y a esa llaga bastante grande del conjuro.
Barataria, 21.VII.2016