miércoles, 11 de junio de 2014

NIDO

Imagen cogida de la red




NIDO




Sentía una ternura que me llevaba a acariciar todas las cosas: lomos de
libros, filos de navajas, hocicos de gato, rizos de pubis, prismas de hielo,
cucarachas mohosas, lenguas de perro y pieles de marta, gusaneras y bolas
de cristal.
Agustín Espinosa




Aquel pájaro sueña en sus ciegas claridades: roto el cordón umbilical es necesario recoger las colillas lentamente para no contaminar el orden de las cosas en el epicentro de la perversión las aldabas de la resurrección el torrente esdrújulo del lecho es casi imposible no pensar en la oscura claridad de los discursos depositarios de las fantasías del mundo me gana la impaciencia de la noche con esas paredes llenas de remordimientos ¿quién me ve desde aquí cuando las esquinas atraviesan el tránsito cuando los chiriviscos son la tentación de los minutos?  ¿cuánta ternura es necesaria para pensar sin rencores la historia? ¿cuándo las hamacas de las ramas dejarán de ser sombras del vaivén?  la noche está escrita en la lengua del alfabeto no siempre desde las alturas se divisa el río de la eternidad ni es posible masticar todo este universo cansado: cada vez nos destruimos  nos anegamos de una sed distante y sin reposo nos morimos sin despertar atónitos mordemos los bejucos del entresueño hasta arder en un idioma indescifrable escrúpulos o no me lleno de remordimientos cuando pienso en la mueca de los jardines esos lugares enrarecidos por el índigo tortuoso que atrapa los huesos de mi ciudadanía la niñez fue otra cosa —suspiro— hoy que veo el almanaque Bristol a colores y hay crayolas y diccionarios a full color (detrás del tiempo siempre hay manchas irreconocibles) ya lo diría Freud en el extravío de los sueños juego con júbilo a la fugacidad enciendo el follaje de Dios y grito por los cuatro costados mi demencia petrificada allí en el ojo de los jinetes apocalípticos a veces me da por coleccionar todas las sombras grises del cielo no el azul de lejanía transfigurado en océano no las hojas amarillas que bordean mi nido no las aceras profundas de superficialidad (en medio de la lluvia también el aliento toca su propia armónica) siempre la soledad apesta a desierto vos lo sabés porque apretás los acantilados con la punta de los pies no siempre las alas se agotan en el desvelo a veces el rincón de la ternura posee su particular rebeldía me extravío cada vez en el júbilo que me provoca la infancia instintivamente me vuelco a las alas ¿sirve de algo el tiempo que ya no existe? ¿hay manuales para permanecer en la inocencia? resplandece la marea del viento entre las ramas de las sienes —vos casi reclamada por el panal del rocío: es extraño e inenarrable la densidad del vacío la puerta de la sospecha de los zapatos la jaula y sus alambres oxidados  esa otra distancia extrañamente de la clarividencia puedo ver los muñones irascibles y apartar la palidez de las espinas puedo verte tardíamente con mi candil de luz avergonzada: uno de pronto se detiene en los insomnios a nombrar todos los nombres lentos oscuros que habitan la penumbra: la brasa del miedo y su petate ardiente la niebla y su peregrinar sin brazos ni manos todo el corazón espumea en el cántaro tatuado de la edad todo cae sobre la escalera en descenso del otoño ningún juego es tan letal como el fenecimiento de la sintaxis como el poema que nos muerde desde dentro el resto lo hace el escalofrío de la tierra y la sensación de sentirse náufrago atravesando el susurro de la sed y los espejos cuando el lado claro del calendario tenga sentido la náusea dejará de ser pared con vómito ahora sobre la saliva y las larvas los tentáculos de mis huesos y la lluvia demente de las sábanas mañana en el  camino otra vez los declives innumerables del miedo haciendo su trabajo de sarna mientras vos resollás en otro follaje donde no llegan los sellos postales ni esta vieja historia de brazos ateridos
Barataria, 03.VI.2014