miércoles, 1 de junio de 2016

ESTACIÓN CALLADA

Imagen cogida de la red





ESTACIÓN CALLADA




En el éter amarillo del parpadeo, vacío el viento que trastoca la madera.
Extrañas las cornisas con hojas secas y frías en la medianoche.
Es como si al tiempo roto, se le hubiesen envejecido las luciérnagas,
o el ojo purgara fieros desamparos.
No sé si se pueda esconder el silencio absoluto en los armarios, las rendijas
que nos deja la tenaza del éter, la soledad y su misterio subterráneo.
Después de estos largos despojos del paladar, nadie hay y nadie viene:
Uno se acostumbra desde los orificios podridos de las ojeras, a sobrellevar
los cansancios, doblados en la pisterita del evangelio con olor a ruda
y a jengibre. (Callar es de sabios, se nos ha dicho. Aunque no deje de ser mera treta. 
Hay un galope sordo en el relincho rancio del ambiente.
Todo el aliento está colmado, pareciera que alguien hurgó en demasía y sólo quedaron aquellos transeúntes imaginarios del far west.)
Detrás de tantos alientos zurcidos, el horizonte nublado del alfabeto.
La historia se puede calcar en la línea de tiempo sucesiva de las ventanas.
Después han quedado pulverizadas en mi memoria: una a una, las que vi
y transité, en tantas músicas ahogadas.
En el aguijón de los recuerdos, el ruido y la claridad indivisible,
esos suspiros quemados,  debajo de la lengua de sal del misterio.
Detrás del árbol de las palabras, el largo tren, oscuro sobre los rieles:
nada, tiene sentido, salvo la carcoma sobre el ojo vacío de la pobreza.
En aquellos tiempos, claro, no había tanta complicidad para el miedo.
Barataria, 22.IV.2016