domingo, 2 de agosto de 2026

NOSTALGIA

 

Imagen tomada de Pinterest


NOSTALGIA

 

Allá afuera, en el mundo, está tú.

Comiendo tú sin mi

Tu hambre, tu pan, tu vino y tu mañana.

ANTONIO GALA

 

 

Ella solía caminar, —me lo dijo una vez—, caminar, caminar

sobre los viejos pólipos de los andenes y la hojarasca:

nada extraño soportar los miedos en una ciudad desconocida

con semáforos fríos y zonas peatonales sucias.

Yo sé que toda la nostalgia es una telaraña que rompe el pedazo

de tempestad de alguna guitarra sobre las vísceras de la eternidad.

Durante muchos años se gastaron las uñas en el asfalto del grito

del horizonte, en esa demasiada carga de los sueños

que nunca caben en los brazos ni en las costillas.

La guerra abonó a la fiebre del destierro.

Ella solía caminar, —me lo dijo una vez—, junto a la nieve

y a los rascacielos en un tiempo de marcadas contradicciones.

 

Allí la hirieron de muerte la falta de ternura y los depósitos 

sin afeites en los aparcaderos, la rutina del miedo y la ausencia,

en un paraíso de ratas y crepúsculos.

Solía ir y venir tras los golpes descuajados del aliento.

Siempre fueron agónicas las madrugadas en el vacío, irresuelta

la espera. Estéril el antifaz del páramo.

 

(En Des Monies aletean las cicatrices del frío,

duelen los desvelos blancos de toda la bruma.

Duele anclado el corazón en este hielo

de Seneca St., u Oneida St., hasta perderse uno en Wanatee Park).

Duelen las fisuras reales del país. Duele la casa inhabitada.

Duele saber que hemos vivido en medio de tantas disonancias

y que a ratos sucumbimos al abatimiento.

 

Al final de todos estos silencios, ¿quiénes somos en lo remoto

de la lejanía? ¿De qué olvidos hablamos al despertar del sueño?

Ignoro si es memorable este lento follaje que envuelve la memoria,

todas las estaciones imposibles, los fuegos grises de la hoguera,

los conjuros convocados, o las tantas noches de nieblas y remolinos.

Entre nieblas mordiéndote la cara, dormías y caminabas,

una joroba de soledad descendía de la luna,

y se adentraba en tu pecho,

mi pecho, miserable

e invernal.

 

Ella solía caminar, —me lo dijo una vez—, justo hasta perderse

en las gradas del espejismo de una hoguera de sonidos.

Y en ese crepúsculo enroscado en los goznes lechosos de la nieve.

Siempre el mismo personaje jugando con su sombra.

Siempre presente la infancia, tan lejana como el país gobernado

por sombras. En su lecho jamás hubo otra risa ni puertas.

Como Kafka, la piel rara del contrasepulcro.

Desde el interior el pecho azotado por un mar de relámpagos,

un mar, ELLA, el delirio del yo y el tú, gritándonos,

a veces inmutable, a veces el eco de lo cotidiano y el abandono

en su forma de negación, prostituido el caos de la creación.

ELLA solía caminar devorando la humanidad de la noche,

los piojos de la fatalidad, viscosos cuerpos en los aparcaderos,

lascivos peces sangrando sobre el bestiario incurable del silbo.

Dentro de las aguas de la nostalgia, esa violencia de los imaginarios,

que no desarticula los desastres, sino que los vuelve automatismos

de su propia mitología.

 

 

Del libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 2018, 2019, 2020

©André Cruchaga

Imagen  tomada de Pinterest,

Barataria


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