NOSTALGIA
Allá afuera, en el mundo, está tú.
Comiendo tú sin mi
Tu hambre, tu pan, tu vino y tu mañana.
ANTONIO GALA
Ella solía caminar,
—me lo dijo una vez—, caminar, caminar
sobre los viejos
pólipos de los andenes y la hojarasca:
nada extraño soportar
los miedos en una ciudad desconocida
con semáforos fríos y
zonas peatonales sucias.
Yo sé que toda la
nostalgia es una telaraña que rompe el pedazo
de tempestad de
alguna guitarra sobre las vísceras de la eternidad.
Durante muchos años
se gastaron las uñas en el asfalto del grito
del horizonte, en esa
demasiada carga de los sueños
que nunca caben en
los brazos ni en las costillas.
La guerra abonó a la
fiebre del destierro.
Ella solía caminar,
—me lo dijo una vez—, junto a la nieve
y a los rascacielos en
un tiempo de marcadas contradicciones.
Allí la hirieron de muerte
la falta de ternura y los depósitos
sin afeites en los
aparcaderos, la rutina del miedo y la ausencia,
en un paraíso de
ratas y crepúsculos.
Solía ir y venir tras
los golpes descuajados del aliento.
Siempre fueron
agónicas las madrugadas en el vacío, irresuelta
la espera. Estéril el
antifaz del páramo.
(En Des Monies aletean las cicatrices del frío,
duelen los desvelos blancos de toda la bruma.
Duele anclado el corazón en este hielo
de Seneca St., u Oneida St., hasta perderse uno en Wanatee
Park).
Duelen las fisuras
reales del país. Duele la casa inhabitada.
Duele saber que hemos
vivido en medio de tantas disonancias
y que a ratos
sucumbimos al abatimiento.
Al final de todos
estos silencios, ¿quiénes somos en lo remoto
de la lejanía? ¿De
qué olvidos hablamos al despertar del sueño?
Ignoro si es
memorable este lento follaje que envuelve la memoria,
todas las estaciones
imposibles, los fuegos grises de la hoguera,
los conjuros
convocados, o las tantas noches de nieblas y remolinos.
Entre nieblas
mordiéndote la cara, dormías y caminabas,
una joroba de soledad
descendía de la luna,
y se adentraba en tu
pecho,
mi pecho, miserable
e invernal.
Ella solía caminar,
—me lo dijo una vez—, justo hasta perderse
en las gradas del
espejismo de una hoguera de sonidos.
Y en ese crepúsculo
enroscado en los goznes lechosos de la nieve.
Siempre el mismo
personaje jugando con su sombra.
Siempre presente la
infancia, tan lejana como el país gobernado
por sombras. En su
lecho jamás hubo otra risa ni puertas.
Como Kafka, la
piel rara del contrasepulcro.
Desde el interior el
pecho azotado por un mar de relámpagos,
un mar, ELLA, el
delirio del yo y el tú, gritándonos,
a veces inmutable, a
veces el eco de lo cotidiano y el abandono
en su forma de
negación, prostituido el caos de la creación.
ELLA solía caminar
devorando la humanidad de la noche,
los piojos de la
fatalidad, viscosos cuerpos en los aparcaderos,
lascivos peces
sangrando sobre el bestiario incurable del silbo.
Dentro de las aguas
de la nostalgia, esa violencia de los imaginarios,
que no desarticula
los desastres, sino que los vuelve automatismos
de su propia
mitología.
Del libro: «Los ojos
sólo tienen realidad», 2018, 2019, 2020
©André Cruchaga
Imagen tomada de Pinterest,
Barataria

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