viernes, 28 de agosto de 2026

APRENDIZ DE AGONÍAS

 

El autor de esta pintura es el artista lituano Konstantin Kacev


APRENDIZ DE AGONÍAS

 

                 Para Javier Landaverde

 

 

No entiendo este territorio de rincones y miedos, de rosas aplastadas

en una litera, muelas devastadas por olvidos,

lienzos de azul detrás de las miradas, el martirio y sus dolores,

la soledad humana que se abre en pechos ennegrecidos,

respirando en lo oscuro.

Es acaso recordar la infancia, la iglesia, las imágenes que flotan

bajo la sombra de un árbol, el corredor de la casa con carritos

de madera, arrastrando claramente el tiempo.

Es acaso, acariciar la cabeza del pez atrapado en la atarraya,

ahogar los sueños bajo la almohada. No lo sé. No lo sé.

(Me reclino en la verja de la memoria, por si acaso.

Después de tanto, ya no es inocente la puerta o la ventana,

el murmullo de la olla, las calles todas que dejaron de ser seguras:

ahora las desmorona el luto,

el eco ahogado del aullido o el escalofrío, la sombra atávica,

no la inocencia. No la alcantarilla de perro anónimo.

En algún sitio, ahora, saltan de su lugar, sombrillas y paraguas,

alguna puerta secreta en donde desboca el aliento su medianoche.

Uno camina con vestimentas de vaga esperanza y tiznados cuellos:

¿quién les da prioridad a las pelucas?

¿Quién escribe una carta, de pronto, antes de cerrar la boca?

¿Quién asume los errores de las promesas

incumplidas? ¿Quién le devuelve al horizonte su aroma?

Un simple movimiento de cabeza puede cambiar el rumbo

de los colores, esa latitud que enciende el quinqué de los sueños.

¿Quién cultiva con fervor, la claridad de conciencia,

o se adelante mordaz a las esquinas donde cabalgan con arrojo,

los hacedores del oprobio?).

Seguro que soy solo un aprendiz de agonías.

Penden del calendario los sedimentos anónimos de la ceniza.

¿Hay quórum para superar la vena rota de las raíces?

¿Hacia qué costado del humo nos arrimamos?

En la cercanía del ojo,

a mansalva los espectros, y esa figura sin convicciones del arlequín,

y esta espina en los calcañales que parece eterna.

Sí, —me digo con un dejo endemoniado—, la boca del miedo,

nos entrega a ese desconcierto que durará muchos años.

«El sueño navega las mareas del tiempo; el áspero sargazo

de la tumba entrega a sus muertos en este mar tan laborioso;

y el sueño mudo rueda por los lechos»

Hay una verdad insoslayable en todo esto: somos aprendices

de agonías en un País de trinos oscuros y ventanas sucias.

Es demasiado mundo para mis dilapidados recuerdos: espigas como lanzas agonizan en mi pecho, muros de alfileres centellean en mi garganta. Sobre las ramas del árbol el resto de los pájaros, apenas bultos quemados en mi risa de galope precipitado. Otra vez me hace falta la luz o, algún espejo para ver si las palabras no son otro artificio de la noche. Hoy estás aquí en la instantánea de mis ojos con los estragos clavados de las ojeras y un rímel con indicios de infancia. En medio del follaje urbano se abren campo los cuerpos acostumbrados al insomnio.

Nada parece cierto cuando los trenes atraviesan el pecho y el día y la noche se juntan en un cántaro de distancias. Nada es cierto cuando carecemos de nombre y domicilio y la intemperie nos mira con gemidos de sangre.

A veces sólo escucho al alfabeto que repta con tinta de piedra sobre la sien de la noche. Lo sé —dices desde el insomnio— mientras la boca soporta la destrucción del mundo.

En pleno tránsito, nunca concluye la sal que cierra los ojos.

 

Del libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 

©André Cruchaga

El autor de esta pintura es el artista lituano Konstantin Kacev

Barataria


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