El autor de esta pintura es el
artista lituano Konstantin Kacev
APRENDIZ DE AGONÍAS
Para Javier Landaverde
No entiendo este
territorio de rincones y miedos, de rosas aplastadas
en una litera,
muelas devastadas por olvidos,
lienzos de azul
detrás de las miradas, el martirio y sus dolores,
la soledad humana
que se abre en pechos ennegrecidos,
respirando en lo
oscuro.
Es acaso recordar
la infancia, la iglesia, las imágenes que flotan
bajo la sombra de
un árbol, el corredor de la casa con carritos
de madera,
arrastrando claramente el tiempo.
Es acaso,
acariciar la cabeza del pez atrapado en la atarraya,
ahogar los sueños
bajo la almohada. No lo sé. No lo sé.
(Me reclino en la
verja de la memoria, por si acaso.
Después de tanto,
ya no es inocente la puerta o la ventana,
el murmullo de la
olla, las calles todas que dejaron de ser seguras:
ahora las
desmorona el luto,
el eco ahogado del
aullido o el escalofrío, la sombra atávica,
no la inocencia.
No la alcantarilla de perro anónimo.
En algún sitio,
ahora, saltan de su lugar, sombrillas y paraguas,
alguna puerta
secreta en donde desboca el aliento su medianoche.
Uno camina con
vestimentas de vaga esperanza y tiznados cuellos:
¿quién les da
prioridad a las pelucas?
¿Quién escribe una
carta, de pronto, antes de cerrar la boca?
¿Quién asume los
errores de las promesas
incumplidas?
¿Quién le devuelve al horizonte su aroma?
Un simple
movimiento de cabeza puede cambiar el rumbo
de los colores,
esa latitud que enciende el quinqué de los sueños.
¿Quién cultiva con
fervor, la claridad de conciencia,
o se adelante
mordaz a las esquinas donde cabalgan con arrojo,
los hacedores del
oprobio?).
Seguro que soy
solo un aprendiz de agonías.
Penden del
calendario los sedimentos anónimos de la ceniza.
¿Hay quórum para
superar la vena rota de las raíces?
¿Hacia qué costado
del humo nos arrimamos?
En la cercanía del
ojo,
a mansalva los
espectros, y esa figura sin convicciones del arlequín,
y esta espina en
los calcañales que parece eterna.
Sí, —me digo con
un dejo endemoniado—, la boca del miedo,
nos entrega a ese
desconcierto que durará muchos años.
«El sueño navega
las mareas del tiempo; el áspero sargazo
de la tumba
entrega a sus muertos en este mar tan laborioso;
y el sueño mudo
rueda por los lechos»
Hay una verdad
insoslayable en todo esto: somos aprendices
de agonías en un
País de trinos oscuros y ventanas sucias.
Es demasiado mundo
para mis dilapidados recuerdos: espigas como lanzas agonizan en mi pecho, muros
de alfileres centellean en mi garganta. Sobre las ramas del árbol el resto de
los pájaros, apenas bultos quemados en mi risa de galope precipitado. Otra vez
me hace falta la luz o, algún espejo para ver si las palabras no son otro
artificio de la noche. Hoy estás aquí en la instantánea de mis ojos con los
estragos clavados de las ojeras y un rímel con indicios de infancia. En medio
del follaje urbano se abren campo los cuerpos acostumbrados al insomnio.
Nada parece cierto
cuando los trenes atraviesan el pecho y el día y la noche se juntan en un
cántaro de distancias. Nada es cierto cuando carecemos de nombre y domicilio y
la intemperie nos mira con gemidos de sangre.
A veces sólo
escucho al alfabeto que repta con tinta de piedra sobre la sien de la noche. Lo
sé —dices desde el insomnio— mientras la boca soporta la destrucción del mundo.
En pleno tránsito,
nunca concluye la sal que cierra los ojos.
Del libro: «Los ojos sólo tienen
realidad»,
©André Cruchaga
El autor de esta pintura es el
artista lituano Konstantin Kacev
Barataria

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