martes, 5 de mayo de 2026

REESCRITURA EN LA GARGANTA

 

Imagen Pinterest

REESCRITURA EN LA GARGANTA

 

Hay una fuerza oscura

que nos llama.

ÁNGELES MORA

 

Quiero que sol, fuego y sombra, sean hogueras permanentes,

raíces blandas crepitando en la garganta de multitudes reales,

cielos puros para comprender los nombres:

la rosa de luz inmunizada hasta el punto de fusión total.

Esa reescritura de brazos que no desaparece ni se sepulta;

sobre el infinito quiero la almohada temprana del día.

 

Digan lo que digan, hay tantos miedos derramados, sinuosos

en las calles, cobijas rotas, presentes del sufrimiento que nunca

envejecen, bacinicas en la boca de la noche, al punto de subir como hormigas por los aleros de la brisa.

Digan lo que digan hay necesidad de tocar, ahora, la conciencia del hombre y deshacer los témpanos del relato oficial.

 

¿Cuántos días he tenido amarga mi boca, amarga también

tu boca, años agridulces de sillas, literas donde nadie duerme

ni discurre, días cruzando la calle de arrayanes y limones,

la estulticia a través de la garganta hasta el punto de agonizar

en el cemento, gotas adhesivas de locura en medio de nombres

que no pueden nombrarse ni habitarse porque la oscuridad

de los relojes los desordena y los ciega,

los habilita para que sólo anden en la solapa del viento,

casi invisibles como la habitación gastada en las uñas?

—Hemos vivido tanto en esta irrealidad de ausencias y ocasos

que un aforismo pudiera despertarnos.

 

En la miel de abejas se pierden las nubes de una lágrima,

todos los hígados rotos del olvido,

el camino del cuerpo que quemaron los cigarrillos en la sábana

hecha por las ovejas que se cuentan en el desvelo,

insomnio perpetuo del agua fermentada,

agonizante del armario cargado en el tejado de los párpados;

un día, después de todo, la tortura sube a la garganta

como la marea del litoral olvidado, césped gastado de la bruma,

y sin embargo aquí, piedra de horizontes, abierto pájaro

en este mantel blanco que anhelo como hostia en los brazos.

 

La garganta también es un navío de recuerdos: años despiertos

en el pecho sin que se puedan restaurar los sueños,

a punto de hervir en el calendario cóncavo de los cambios

de estación, propios del camino de los litorales de mar ciego,

cerca del violín filial de nuestras manos, mudez y ausencia,

enjambre del reloj en la boca, tabaco giratorio del horóscopo,

aquel cojín de párpados que atravesó sigilosamente el poro,

convertido luego en moho, moho del grillo

y sus argumentaciones en voz vacía de cerradura, en sombra

de podrida fruta, planeta de batallas campales,

al punto de ya no ser, sin dejar de ser noche gastada, celda,

cementerio al borde del plato con sobornables cucharas.

 

Con todo, quiero ganarle un lugar sin tortura a la garganta,

después de peregrinar entre la breña de las criptas y el insulto

y tanto nombre, nombres después de caminar con duras alas,

después de ser la sal mi única trinchera, el amor con plazo

de caducidad entre la murmuración de respiraciones fallidas,

después de vivir hasta el cuello con lámparas amargas,

con caramelos de espinas, palabras de salobre garganta,

ceniza traída de la afonía.

Nombres y nombres escritos en las vigas de un burdel,

Nombres que llaman.

Nombres que recordamos.

Nombres que se fueron.

Sombras.

 

Con todo, debo darle vida al organillo de los espejos,

quitar las credenciales a la fatiga, buscar el ojo de los puntos cardinales,

morder de un tajo las estrellas desafinadas

del crepúsculo, solo así es posible el santo rosario de los trenes

en la garganta y todo aquello que tiene que ver con la desnudez y la misericordia.

 

Del libro: «Anatomía de la intemperie», 2011

©André Cruchaga

Imagen tomada de Pinterest,

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