REESCRITURA EN LA GARGANTA
Hay una fuerza oscura
que nos llama.
ÁNGELES MORA
Quiero que sol, fuego y sombra, sean hogueras
permanentes,
raíces blandas crepitando en la garganta de multitudes
reales,
cielos puros para comprender los nombres:
la rosa de luz inmunizada hasta el punto de fusión total.
Esa reescritura de brazos que no desaparece ni se
sepulta;
sobre el infinito quiero la almohada temprana del día.
Digan lo que digan, hay tantos miedos derramados,
sinuosos
en las calles, cobijas rotas, presentes del
sufrimiento que nunca
envejecen, bacinicas en la boca de la noche, al punto
de subir como hormigas por los aleros de la brisa.
Digan lo que digan hay necesidad de tocar, ahora, la
conciencia del hombre y deshacer los témpanos del relato oficial.
¿Cuántos días he tenido amarga mi boca, amarga también
tu boca, años agridulces de sillas, literas donde
nadie duerme
ni discurre, días cruzando la calle de arrayanes y
limones,
la estulticia a través de la garganta hasta el punto
de agonizar
en el cemento, gotas adhesivas de locura en medio de
nombres
que no pueden nombrarse ni habitarse porque la
oscuridad
de los relojes los desordena y los ciega,
los habilita para que sólo anden en la solapa del
viento,
casi invisibles como la habitación gastada en las
uñas?
—Hemos vivido tanto en esta irrealidad de ausencias y
ocasos
que un aforismo pudiera despertarnos.
En la miel de abejas se pierden las nubes de una
lágrima,
todos los hígados rotos del olvido,
el camino del cuerpo que quemaron los cigarrillos en
la sábana
hecha por las ovejas que se cuentan en el desvelo,
insomnio perpetuo del agua fermentada,
agonizante del armario cargado en el tejado de los
párpados;
un día, después de todo, la tortura sube a la garganta
como la marea del litoral olvidado, césped gastado de
la bruma,
y sin embargo aquí, piedra de horizontes, abierto
pájaro
en este mantel blanco que anhelo como hostia en los
brazos.
La garganta también es un navío de recuerdos: años
despiertos
en el pecho sin que se puedan restaurar los sueños,
a punto de hervir en el calendario cóncavo de los
cambios
de estación, propios del camino de los litorales de
mar ciego,
cerca del violín filial de nuestras manos, mudez y
ausencia,
enjambre del reloj en la boca, tabaco giratorio del
horóscopo,
aquel cojín de párpados que atravesó sigilosamente el
poro,
convertido luego en moho, moho del grillo
y sus argumentaciones en voz vacía de cerradura, en
sombra
de podrida fruta, planeta de batallas campales,
al punto de ya no ser, sin dejar de ser noche gastada,
celda,
cementerio al borde del plato con sobornables
cucharas.
Con todo, quiero ganarle un lugar sin tortura a la
garganta,
después de peregrinar entre la breña de las criptas y
el insulto
y tanto nombre, nombres después de caminar con duras
alas,
después de ser la sal mi única trinchera, el amor con
plazo
de caducidad entre la murmuración de respiraciones
fallidas,
después de vivir hasta el cuello con lámparas amargas,
con caramelos de espinas, palabras de salobre
garganta,
ceniza traída de la afonía.
Nombres y nombres escritos en las vigas de un burdel,
Nombres que llaman.
Nombres que recordamos.
Nombres que se fueron.
Sombras.
Con todo, debo darle vida al organillo de los espejos,
quitar las credenciales a la fatiga, buscar el ojo de
los puntos cardinales,
morder de un tajo las estrellas desafinadas
del crepúsculo, solo así es posible el santo rosario
de los trenes
en la garganta y todo aquello que tiene que ver con la
desnudez y la misericordia.
Del
libro: «Anatomía de la intemperie», 2011
©André
Cruchaga
Imagen
tomada de Pinterest,
Barataria
