sábado, 23 de octubre de 2010

CAPRICHOS DEL DESIGNIO

En la bocacalle, la pústula de la cal, el trueno indeciso de la sangre.
El sudor que resbala como un globo en los poros.
Los libros mojados por filosos tiempos de polvo. El alfabeto
Que aprendí en la tinta del vientre,
Las vísceras que encienden pestañas de fósforos.
Imágenes en Blanco y Negro





CAPRICHOS DEL DESIGNIO




A quién pedir auxilio
no es interrogante
en el umbral de una madrugada que se deja morir.
IRINA OJEDA BECERRA




En la bocacalle, la pústula de la cal, el trueno indeciso de la sangre.
El sudor que resbala como un globo en los poros.
Los libros mojados por filosos tiempos de polvo. El alfabeto
Que aprendí en la tinta del vientre,
Las vísceras que encienden pestañas de fósforos.
En cada calle me encuentro con el estiércol mojado de los perros:
Con la hija del vecino mordiendo el asfalto
O lo que me queda de mi frustrada inocencia.
Un seno que se me entrega parece la absolución a mis pecados,
La puerta al infinito con sus extremidades completas.
Pero, debo suponer a diario, que las alas me dan vértigo. Y que,
En los ojos, sin quererlo se dibujan equipajes de sal, próximos a la noche.
No sé de otra memoria menos lúdica que los poros.
No sé de otros días de olvido más que la boca, que el mar en ancas
Deshaciendo la espuma.
A menudo las ventanas son insondables vetas de augurio.
Todo se vuelve a mover aún en aquellas regiones devastadas
Por la lluvia y los contrastes de la noche. Todo vuelve a ser puerto
Y calle desde la diminuta gota de las libélulas.
La eternidad se funde en cada hoja de mi cuaderno de apuntes.
Cuando escribo las nostalgias quedan al descubierto. —los nombres,
Todos, que una vez naufragaron en el olvido; las calles de mi absoluto
Extravío, las costumbres que cayeron en la demencia de las piedras,
La mujer selvática en el pez ermitaño,
La bestia que mordió el olor del césped, y el humo del equipaje.
Siempre dudé de las distancias, del escalofrío de los trenes,
Del sigilo de las lombrices en el pantano, de los escondites sin antorchas.
Digamos que me hice imperceptible dentro de la saliva devorada.
Digamos que desde la cama es imposible alcanzar el firmamento,
A no ser la brisa de los encajes, el limo con el asterisco del vestigio.
Justo en el nudillo de los meridianos,
La edad de fondo de los zapatos, el plano cartesiano de las ingles,
El abismo próximo a descender, la viga en el talón Aquiles.
En el umbral, el graznido de los muslos, —la querencia del fango
A las alas del cuaderno, aquel movimiento expectante de cocina:
Memoria de incesantes condimentos, espejos, fugas, ropa en el suelo,
Fregaderos de transgresores sueños.
El tiempo nos devuelve el color de las palabras: —el escape hacia
Las persianas de las llaves, la botella de mar rescatada en el follaje,
La verbalización de la sed en la garganta al punto de abarcar
El Universo, esa otra piel complementaria a mis obsesiones.

Barataria, 22.X.2010

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