viernes, 17 de septiembre de 2010

DENSIDAD AUDIBLE EN EL ENTRECEJO

Velo, sin saberlo, desde el vuelo la luz que se enhebra en las pupilas.
Es visible cuando el tallo de la premonición la advierte:
Añejo trance de alacena. Mano del fermento siendo pluma,
O quizá jardín de un tiempo destinado
Al día que me abriga en la armonía del espejo.
Confío en el íntimo surco de la ráfaga. En la abadía de la luna,
En el fuego vegetal del sueño en el camino.
Imagen: Yun fotos








DENSIDAD AUDIBLE EN EL ENTRECEJO






Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta,…
PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA






Velo, sin saberlo, desde el vuelo la luz que se enhebra en las pupilas.
Es visible cuando el tallo de la premonición la advierte:
Añejo trance de alacena. Mano del fermento siendo pluma,
O quizá jardín de un tiempo destinado
Al día que me abriga en la armonía del espejo.
Confío en el íntimo surco de la ráfaga. En la abadía de la luna,
En el fuego vegetal del sueño en el camino.
Desde siempre la toalla del invierno cubre el arca del ansia,
La ficción de la sombra y el latido.
El tiempo se detiene como un pez en la atarraya, gozo de niño
Que no olvida el hospedaje tutelar de los juguetes.
Descubro la canica circular del universo: juego en la claridad
De ese respiro de la hogaza de pan o la tortilla
Subiendo la escalera de antaño, descomponiendo los diptongos
Del azúcar, el césped inocente que vocativo me define.
La densidad me es familiar en Lázaro y en el bautismo.
En aquella carta del desvelo,
En las hojas del éxtasis de mi cuaderno,
En la llama superior, detenida en mis manos. En la parábola estampada
En la almohada, con el compasivo huerto de los sueños.
Toda la evidencia la concentra el entrecejo.
El acto ileso, peregrino, del destino.
Viene. Está aquí el pizarrón del tiempo. La crayola de la sed.
Los días verdes del azúcar. La batalla densa en el regazo.
Cada día que pasa son más audibles los granos de azacuanes
En la inmensa victoria del horizonte,
En la ventana de la herida,
En el líquido ramo de agua de la aurora. —Miel anunciada desde el hilo
De tragaluces, fundición del aliento en el surco.
Ya no sé si recuerdo el acopio que hice de los días pasados.
Entre un alambique y otro, bebí la inminencia,
Rompí los tiestos de la promesa,
Apagué el desconcierto de la lógica,
Mastiqué los hervores del arcoíris,
Alumbre el escombro donde estaba la apostasía.
Ahora camino sin más argumentos que mis zapatos: me acompaña
La garganta del trino,
A sábana del infinito con sus manuscritos,
El folio sin virutas de la jornada,
La madera desvestida, inmune a los zancudos.
Y ese cofre necesario del latido de los escapularios.
Barataria, 17.IX.2010

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