viernes, 5 de enero de 2018

SOUTH SNIDERVILLE BASIN

Fotografía de André Cruchaga






SOUTH SNIDERVILLE BASIN




Un cuervo se posó en el árbol que hay frente a mi ventana.
No era el cuervo de Ted Hughes, ni el cuervo de Galway.
Ni el de Frost, ni el de Pasternak, ni el cuervo de Lorca.
Raymond Carver




Por  las noches más tabaco que de costumbre,
las tijeras del frio
rondando las sabanas, 
los perros encabritados en el sótano de los armarios.
Algunos odian esta nieve despiadada en las aceras
y los aparcaderos:
odian la saliva congelada en los grifos,
y la desnudez de la desesperación.

En el desierto, los colmillos de sal petrificada
muerden los calcetines;
luego, las ardillas monótonas del whisky empañado de espejos.

En los pétalos de las rosas quemadas
son incontables los suspiros:
—de pronto uno se acostumbra a vivir con esta naturaleza muerta;
de pronto veo la cumbre tenderse sobre mis sienes.

Desde lo alto de las montañas las vísceras se hacen evidentes;
siempre estas geografías se vuelven espejo
y monedas en mi bolsillo.
Después de la lluvia del vértigo de las góndolas,
retomo la lectura:
ando libros y postales asomándose a las estrellas,
no sea que se me congele la memoria.

La hoguera de la aurora se ha vuelto intocable,
aún así, desvisto
el pergamino del agua,
los mails que me llegan de otras lejanías.

(Toca al poeta,
hacer un recuento de su aliento para reinventar
la transfusión de la poesía.
Y qué mejor que convertirse uno en peregrino
de otra respiración aunque sea sin arcoíris.)

He andado, también, en lo inhóspito:
el desierto salado, los límites
de la piedra y las minerías,
las lámparas de los obreros,
las semillas electrizadas de la geografía.
He conversado con la cáscara blanca de la nieve regada
por todas partes, —y ahí, he sentido que canta mi pecho,
los caminos largos, transparentes, del infinito.
He visto desfiladeros
atravesar mi garganta,
morder el cielo de los creyentes,
limpiar los parabrisas,
sonreírle a los zapatos y a los abrigos.

Así he llenado mi cuaderno de notas como una aldea recién
fundada en la palidez derramada de la harina.

Toca al poeta, ver la sencillez y la complejidad de la vida:
—las sonrisas se congelan en el rocío;
mientras la guitarra de la Patria,
—la de cada quien—, suena como
una piel en la intemperie.
Corroe como una vieja cicatriz
de escarabajos, como las manos ateridas tocando la máscara
de las arrugas y los retratos…

South Sniderville Basin, UTAH, diciembre de 2010
Del libro “CUADERNO DE SALT LAKE CITY”, 2010 (Inédito) 170 pp
© André Cruchaga (texto y fotografía)

jueves, 4 de enero de 2018

ALTA

Alta, Utah





ALTA




Muerde mi luz
con el océano, desguarecida huida de sal
aspira clientela del viento
desde el paisaje surgiendo del alma.
Nelly Sachs




Durante nuestro sueño pasamos largas horas de desvelo.
Sobre el escombro de abetos,
inauguramos nuestros zapatos,
y le robamos a las fotografías,
el cielo puro de la fantasía.
Una flor blanca abre toda nuestra felicidad.
Olvidamos, de pronto,
los atados de dulce, por esta sombrilla
de paciente blancura.
Cae y nos desangra la nieve en las ventanas.

Cae sobre la sábana
el borbollón de ríos inasibles, la sal del aliento,
la paradójica nube del ansia,
el gentío con sus pulmones abiertos.
Cada día, aquí,
oficiamos la música en el pecho.
Antes, nunca pensé en tanta página en blanco
para reescribir tanta lejanía,
ramas circulando en el otro costado de la sangre.
La luna se confundida en los días de la semana.
Es decir, no hay tiempo ni lugar,
ni otra magia que la entumezca.
Al pie de los zapatos la balanza espectral de la saliva.

Little Cottonwood Canyon, el Rustler Lodge, dan la sensación
de estar en un tren alado, envuelto en espejos.

Caminamos, obsesos, sobre la oscuridad blanca de la noche.

Afuera, el frío trota, como una brasa conspirativa.
Justo en lo indefinible,
hay lagos que el desvelo convirtió en hielo;
sábanas cristalizadas de pinos,
bosques fermentados.
Al fondo, lenguas pétreas de hielo,
peces congelados.
Los ojos quedan yertos sobre el altorrelieve de la nieve galopante.
La dicción demora en ordenarse,
arde la temperatura en los dedos.
Muerde la rosa blanca del paisaje.
Cuando me asomo a las ventanas,
veo la fuerza del entorno,
el instante inventariado en la memoria,
el estanque quieto de la naturaleza,
el nosotros esperando que salga el sol para calentar los huesos,
el mediodía puntual de la intimidad.

Cada caminata es un espejo diurno de lluvia y follaje.
Desde lo alto de los cañones,
la autoconciencia de las alacenas,
las horas de desayuno, el café negro,
las horas salidas de la altitud de las palabras,
las horas sin señales matemáticas,
las hojas sufrientes de la estación.

En Alta, escribo en mi cuaderno el olvido:
el vientecillo se encarga
de hacer leve,
el agua fatigada de Heráclito.

Alta, Salt Lake County, Utah, diciembre de 2010
South Sniderville Basin, UTAH, diciembre de 2010
Del libro “CUADERNO DE SALT LAKE CITY”, 2010 (Inédito) 170 pp

miércoles, 3 de enero de 2018

FE DE ERRATAS

Ointura: Pinterest





FE DE ERRATAS




Con su gran ojo, el sol
no ve lo que yo veo.
John Keats




El Paraíso está lleno de espinas:
todos los aderezos se han tornado humo;
sudan los caballos en el trote del ojo,
rechinan las costillas
en el aparejo torcido de la historia.
En el camino,
las moscas
sirven de pestañas,
alguien parpadea en las verrugas las notas
solemnes de nuestro Himno,
las hormigas subiendo al absurdo
de la flor nacional,
mientras los perros lamen la mano que los injuria.

De todas maneras,
desde el amanecer,
debo dar cuenta
del tiempo incurable de los sepias,
de las axilas extrañas del día,
de los odios suplicantes que respira
la cobija de los desusos,
de la doble cara existente en el vértice de las aceras,
de la doble moral de la basura,
de las sombras que nos invaden como una sábana
de luces artificiales a la hora de dormir:
no hay salud en el almanaque
de los veleros,
sino ese magma pintado de colores
a punto de deshacer los cuadernos del aire,
el blanco de fondo
de los árboles;
debo decir que la breña nos acosa con rizos clavados
en el alma, con alfileres de espesos féretros.

—Debo reconstruir todos los cementerios.

Quitarle las pulgas al perro
huesudo de la mala leche humana,
lavar los escapularios,
con el agua del altar mayor de las arañas.
Debo abrir las esclusas de las antorchas,
que huela el pecho a campana;
los muelles, a un pájaro en el horizonte.

En el almidón de los brebajes,
se ve el pus del erario nacional.

(La imaginación ha perdido sus jornadas intensas de árbol):

 da pavor el tizne en ramitas de ruda
y la sombrilla de los muros;
debo pensar que las arrugas,
son sólo parte de los cipreses que mueren
y no de toda la trementina derretida en los párpados.

(De hecho hay quienes viven con camándula
y libros sagrados en mano
para mientras dan su más feroz zarpazo;
mientras conquistan la gloria,
declaman versículos y salmos
y hasta profetizan, sobre el dolor ajeno la ceniza.)

—Recogemos los huesos de nuestros deudos entre las heces
y la desidia,
en un País lisiado con mediodías de abismo:
sargazos
basales infectados por el aleteo del subsuelo.
Por la brasa de la puerta.

Corrijo la deshora,
antes que el estío devore las anclas;
en fosas comunes,
el moho se torna un solo ruido engullido
por la noche que nos silba como un espantapájaros,
como un sudario
invisible fundado por los crédulos de la breña.

Sin duda la travesía hacia el invierno es larga;
y en cambio nos asfixia
el verano con su desmedida violencia de fetiches…

Del libro “CUADERNO DE SALT LAKE CITY”, 2010 (Inédito) 170 pp
© André Cruchaga

martes, 2 de enero de 2018

JUEGOS IMAGINARIOS

Pintura de Jeremy Mann, cogida de Pinterest





JUEGOS IMAGINARIOS




En medio del entrecejo todos los renunciamientos aun la libertad y los espejos: todo deja de ser: tus pechos las dádivas los abrigos los ojos del país entreabiertos el extraño tumulto de ruidos en los que nos mete el silencio el simple volumen que ocupan los muertos o las persianas que se mueven como lento oleaje —hacia el aliento desbordado la realidad a punto de morir como los lechos y las lavas en la ventana recuerdo las campanas escaldadas del hojerío y su fúnebre belleza en esa noche de zigzag creciente las manos suicidas del desamor y el goteo de caretas nadie ignora el absoluto de los juegos imaginarios del absurdo ni el reverso de desandar en la tortura ni los infinitos desfondados de las pupilas nadie palpita en las paredes amotinadas de la garganta ni en los pedacitos de piedras que esconde el aliento cada día cojean las palabras y también las salpicaduras de un tiempo enloquecido (a cada cripta le es dable cierta inmortalidad lo mismo pasa con aquel cuento de hadas estrujado entre las manos durante tantas noches de sopor y cabildeo lo mismo el tatuaje irreversible de mi boca en tus pechos los bramidos de las luciérnagas en época de celo) — en una sola mirada es imposible desandar todos los maleficios nada recuerdo pese a tanta nostalgia conforme avanza la muerte se nos van haciendo frágiles las furias el rencor el susurro los candores uno crea otro espejo que sobrevuela las soledades otros cráteres o maniquís cada quien se alumbra según la leña que tenga para el fuego los cipreses siempre se abren a la fugacidad algo de desnudez queda en los charcos de mi respiración o en aquellas caricias inciertas de la fuga: siempre pasa que coincido con los árboles de la deriva con la memoria y sus supersticiones con los ahoras fatales de la nada no hay ninguna analogía para sumirme en los burdeles ni márgenes para darle palmaditas a mi cadáver ni tiempo para ir a la iglesia y rezarle a los ángeles ni siquiera alcohol para echarlo en mis raspaduras (ya se están ahuesando puertas y ventanas dentro de poco un poquito de incienso para el pentagrama supongo que siempre habrá silencios y temores mientras los personajes se vuelven imperceptibles)
Barataria, 27.IX.2017
Pintura de Jeremy Mann, cogida de Pinterest

lunes, 1 de enero de 2018

ASOMBRO

Imagen Pinterest





ASOMBRO





Pienso en los diversas matices del asombro. (En la memoria
del pétalo y su forma de olvido, en las calles de tránsito y huida.)
La hora sutil donde escarba el oído.
El cuerpo del deseo mientras exista esta corteza
grave del temblor.

—Mientras el juego de la brisa sin camisa
galope sobre el ombligo del tranvía.
Debo ignorar tanta boca náufraga en la sombra.
Lenta brasas resuellan en la saliva amarga de la cebolla
indefinida de la angustia. (Nada más cierto que la sangre.)

Debo suponer que el musgo es sal oscura,
súbito crepúsculo de los sordos. (Esto y aquello en el recuerdo.)
Próximo incendio de los mataderos.
De pronto la luz se vuelve baldosa en el alma.
La putrefacción diseminada es grande, aquí en el pálpito del vaso
y en los manteles abstractos del papiro.

Veo creciente el grito en la memoria de las sombras,
el aparejo lento del camino,
el tamaño de una moneda ciega en las aceras.
Aquí está el ojo bifocal de la sinuosidad,
las pupilas gastadas en el periódico,
el péndulo creciente de la roca en mis brazos.

Algo ha pasado en el ojo de la aguja sin darme cuenta:
—la opacidad de un mundo colgado de los cabellos,
el calendario apenas indescifrable entre los grises.
Me da tristeza ver la tristeza amarga en la lágrima
que fluye sin desvelarse, sin ser, sino el río oculto
de la incertidumbre.

En el hangar del pecho indagan todas las preguntas:
el rastrojo como un fluido estático,
los relojes mordiendo, a veces, su propia soledad.
Dan pena las cucharas del denuesto,
el abrelatas del grito de la desarmonía,
la boca que ahoga la verdad,
la sangre insaciable por los meteoros, la altura retorcida y febril.

Sé que hay almas que se gozan en el muladar,
en la coz del andrajo,
y hasta en el excremento que hala la brisa
y llega a ser sombrilla de sarna punzante.
Sé de los charcos que pululan en la lengua,
y entretejen escamas siniestras.

Sé de la cama putrefacta que dejan los galopes,
del sudor helado del enojo,
de la vaca muerta sobre el césped del anfiteatro.
No obstante me afano en subir las escaleras de la ternura.
Me aparto del quejido y de la música sollozante.
Del sapo del azúcar simulado,
de la trompeta incesante del polvo.

—Sé que me está doliendo la cucaracha en el alma,
el olor habitual de los cipreses,
el asombro de la conciencia en bolitas de cristal,
los rincones reptantes de los ratones,
las náuseas de oscuridad.

Creo que el aire arrasará con la obsesión de ese resuello
de sombras. Al final, la brasa sólo será escoria.

No así, ese viaje remoto del viento y su plural pájaro.
La piel humana y su urgencia de balcones,
el vitral de una habitación donde entre con júbilo la lluvia.

Barataria, 2010
 Del libro “TRAGALUZ”, 2010 (Inédito) 160 pp
© André Cruchaga
Fotografía (Pinterest)