domingo, 6 de abril de 2008

Elegía quinta_André Cruchaga

Ilustración:Wassily Kandinsky.







Elegía quinta




Un hombre pasa con un pan al hombro.
¿Voy a escribir, después, sobre mi muerte? […]
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre.
¿Cabrá eludir jamás al Yo profundo?
Otro busca en el fango huesos, cáscaras.
¿Cómo escribir, después, del infinito?
Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza.
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
César Vallejo




Tengo la rara sensación de estar viviendo los sueños
Que otros ya vivieron:
La lámpara encendida tras el miedo,
El camino con viejos cuadros de ocasos,
La monotonía de los barrios,
La polilla de la paciencia entumecida,
Gastada en el madero de los sacrificios:
“señas me da mi ardor de fuego eterno”.
El alma cuelga de las enredaderas:
Sensación deshilvanando hipos,
Manos desarticuladas en el océano de los circos.
Sueños: Pesados sueños en triciclos
Debutando con calambres y rara sed de cansancio,
Cuando las emociones y el reloj se llenan de tizne,
Y el whisky, sólo sirve para recordar párrafos,
De la maltrecha insolencia del tiempo.
Los sueños no son alegres ni cuando están en reposo,
Ni cuando la imagen cotidiana los arremolina,
Ni cuando los alfileres del aire apremian,
Ni cuando vemos el amor ansiosamente líquido.
En todo sueño es evidente un bosque de agujas;
Aunque la necesidad del mismo arrulle analgésicos,
Como pensar la geometría de Helena,
Descolgándose en pañuelos de gaviotas
También los sueños, en su cavar poseso,
De vida humana y de pálido deseo,
Nos llevan a inviernos de sombra y silencio,
Y a aljabas donde todo se hace hielo.
Alguien, sin embargo, tira flechas de incomprensible madera,
Para vivir, también, su propio sueño:
Navíos de Venus o de Baco,
Alfabeto náufrago de los vientos,
Y del éter ávido del horizonte:
Niño sentado agujereando las nubes,
Y el aguacero de los sueños. Sueños nada más
De abandonadas brújulas y ciegos velámenes.
“Ítaca [nos brinda] tan hermoso viaje ―dice Cavafis―.
Sin ella no [habríamos] emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que [darnos].
Aunque la [hallemos] pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así entenderás qué significan las Ítacas”.
Es decir, ese severo horizonte de los sueños,
Cuando el presente se gasta en la suela de los zapatos
Y el futuro y la realidad muerden: ojos, cabellos y rostro.

Ahora la miseria crece desde el subsuelo sin cesar;
Los amantes sin alas, viajan en taburete y gotean
Y estrechan pequeñas ansias de meses, sorbos de espuma,
Frías ventanas entre las ramas del sueño
Que alguien desde el poder lanza a la mesa…
Barataria, 09022004.
Del libro inédito: Elegías.
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sábado, 5 de abril de 2008

Elegía sexta_André Cruchaga

Ilustración Wassily Kandinsky.




Elegía sexta





...parece que fue ayer la vida
perplejo y aliviado por el último abismo
esperas otro lago otros rostros otros ojos
asomados al límite entre el agua y la muerte...
Manuel Vásquez Montalbán




Entre las ramas de los pensamientos,
Una sed de ceniza esparcen los árboles;
Los perros ladran donde el viento se hace sal,
Y las pupilas se mueven como hojas de otoño.

Han sido años de sacudir brida y montura...

¡Cuánto le ofrendamos a la vida,
“Cuando aún no nacía la esperanza”.

Ahora siento duro el pasar de los años.
Las mañanas con gestos efímeros,
Los abrojos oscuros de las horas:
Vagos pensamientos de las aguas idas y bebidas.
Y vos, no estás aquí, tocando el balcón de los poros
En el arroyo liviano que adelgaza la música.
No estás aquí para quitarle noches al alma,
Y apartar las piedras del atajo inminente,
Y el final ensimismado de los recuerdos.
Ahora, toca unir pálidos rompecabezas,
Y agonizar con las manos abiertas frente a los veleros;
Morder la zarza ungida de corazas,
Beber al revés el lenguaje del alma,
Contar historias al borde de la sangre coagulada,
Expulsar los ojos para ver la luz,
Caer en la levedad hueca del espantapájaros,
Ver indiferente las ratas que salen del tabanco,
Suturar las heridas que se abrieron como ráfagas.
Y vos no estás aquí con tu violín de cierzo,
Acompañando mis últimos sueños.
Por el contrario, te aferras a los trenes: Al olvido,
Y a ese afán de quebrar los vidrios del horizonte.
Sin embargo, mientras llega la sombra de la hojarasca,
Y termina esta fugacidad del ojo,
Y la sonrisa caiga sobre cirios,
Es bueno pensar en el secreto cauce del olvido.
A fin de cuentas, la tierra se encarga,
De enfriar los pensamientos y la carne.

Después, no digas nada cuando veas el mar...

Después, no pongas crisantemos ni alelíes sobre mi féretro.
Después, no hables de los fríos golpes de la trementina,
Cuando copule en los pinos del eco.
Ya para entonces será inútil:
Estaré en perpetuo cautiverio hacia el cielo.
Un insomnio habrá plantado bosques;
El arpa de los grillos velará criptas,
Y un timbal de huesos colgará de los sueños...

Después, no digas nada: Para entonces:
“(habrá) muerto el amor y los días”.
Y se habrán roto los telares mojados del aliento.
Barataria, 11 de febrero de 2004.
Del libro inédito: Elegías.
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viernes, 4 de abril de 2008

Elegía séptima_André Cruchaga

Ilustración: René Magritte.





Elegía séptima




…lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,…
Jorge Luis Borges




Nada me dice que todo cambie
Frente a los espejos de la cárcel
Y a los entumecidos barrotes del destino
Nada me dice el escalpelo envuelto en el otro yo
Nada la tormenta de la oscuridad de ayer
Encerrada en la jaula del tic tac
Sin embargo quiebra la garganta y se gime
Voy a dejar el reino del vacío
Para acostarme sobre la hierba
Quizá para abrir el abanico de otros espejismos
Voy a ladrarle al mar
Para beber una eternidad mojada
Y encender su hoguera de espuma
Ángeles o demonios sucumben en féretros
Pájaros emancipados
Bocas petrificadas
Y sin embargo horadados por rotas constelaciones
Voy a partir con la torcaza de las palabras:
Sé que es un rito peligroso
Pero a fin de cuentas es saltar sobre los muros
Nadie sabrá que traspasé el enigma de la noche:
La memoria con su bandera de calendarios
La sangre que está en el vaho del relevo
Aquel retrato sepia disputado por la polilla
Aquel miedo de no saberse de este mundo
Voy a resignarme a la promesa de los aniversarios
Aunque haya dejado de celebrarlos hace mil años
De todas formas ya olvidé quien fui:
El corazón flota entre roídas telarañas
La soledad tiene la espesura de las lápidas
Y el largo trayecto de la piedra al balasto
Ahora vivo los fuegos augurales del náufrago
Y ese torrente de ventanas inventadas
Que dá el vértigo del abandono
Voy a partir como siempre: Sin intinerarios
Lento en andar pese a la marea alta
Pese a que me corroe el féretro del miedo
Y el relámpago seco clavado en las manos
“Así, pues, despídome de los caballos,…
los pájaros, el gato y sus costumbres. Déjame
una vez más mirar las flores y la lluvia. Es este
el trágico instante en que uno descubre
el delirio misterioso de las cosas, sus raíces secretas,
el instante supremo de decir adiós a cuanto se adoró
en esta vida”.
Déjame debatir con mis propias sombras
Déjame decir un adiós indefinido
Deja que se muera “la danza del deseo”
Y con ella su alarma de huracanados fuegos…
Barataria, 13 de febrero de 2004.
Del libro inédito: Elegías.
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jueves, 3 de abril de 2008

Elegía octava_André Cruchaga

Ilustración: Ejler Bille





Elegía octava





…hubo dos tiempos en mi tiempo.
José Gorostiza




Haber vivido siempre fuera de mí mismo
Y de ti misma. Haberte ido: huir vertiginosamente.
Traspasar fronteras: Hermosillo, Ciudad Juárez.
Después la zozobra. La falsedad de la conciencia.
Los yermos del alma. Los abrojos haciendo mella.
Acompañados del ixcanal. Acompañados de la zarza.
Quitar piedras. Saltar bardas. Anhelar el pan
Bajo sombras de tempestad desértica. Rojizas
Por el calor vivido, trasnochado.
Pero vale vivir el sinfín de la monotonía,
La monotonía del agua sin calor, seca, desolada,
Para erigir estatuas grises de un lejano sueño.
Sueño mudo, perdido en las astillas del lenguaje,
Quejoso en la soledad de las dunas,
Quejoso en la memoria de la sinuosidad ardua,
Quejoso en la evocación de la compañía. Frágil de calma.
Ahora no sé qué haces de espaldas mordiendo manzanas,
Y bebiendo rachas de viento extrañamente pálidas
En hilos de nostalgia. Confusos. Sin realidad.
Aunque la realidad sea contemplar la tristeza.
Tocar la condición ósea. Arrodillarse con nitidez devota.
Pasar. Cruzar. Ocupar la totalidad de las vitrinas.
Mascullar pisando las alfombras. Alargar el esqueleto
Hacia ninguna parte. Hacia nada. Hacia nadie.
De pronto la duda sobre los acantilados de la tarde.
De pronto el miserable ajetreo como violín gastado.
De pronto una porción de nosotros ausente, muerta,
Queriendo hacer perceptible el inicio:
Recordar la risible indiferencia hacia el sexo. Hacia el otro:
Odre del regocijo. Tonel raudo.
Perito sonoro de la cuajatinta. Punto de espejos.
Ahora todo se va. Nada queda. Nada.
Pero aquello enloquecía. Huracán sin cerrojos.
Llegaba a un punto de enajenación envolvente,
Desencadenaba ríos. Invertía la transparencia
De las ventanas. Rompía el horizonte y la astucia
Del tiempo. Desmontaba potros. Maduraba madrecacaos.
Nunca hubo fronteras. Ahora las tiene la conciencia.
La cóncava matemática de las probabilidades,
El prurito de los sacramentos. El ojo de la culpa
Apropiándose del océano de la Esperanza.
Allí están ahora. Impertinentes e indiferentes,
Perdidos ambos, en países tan disímiles.
Nuestros pies arrastran lo que no es posible;
Y lo que es posible no compensa
La finalidad primera. Sólo la última:
El asa exterior que no encontramos: siempre la duda
De no darle un cheque por adelantado al desahogo,
Ni proceder al principio de la fragancia.
Lo demás es mera resistencia. El dolor que aisla.
El dolor que acaso radicaliza y descarna.
El dolor que acaso lacera como látigo
El propio dolor de la totalidad humana.
Barataria, 16 de febrero de 2004.
Del libro inédito: Elegías.
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miércoles, 2 de abril de 2008

Elegía Novena_André Cruchaga

Ilustración: Carl Carstensen.






Elegía novena




Cede ya la noche profunda.
Goethe




Allí, al fondo de siete candelabros,
Iluminamos el alma o los días padecidos,
Perdidos en las sombras, sin la palabra dócil
Del Espíritu, sin los siete dones: La Gracia, La Paz
Tan necesarias para levantar la sangre,
Ver el Principio y el Fin de las cosas. La cruz,
No en el hombro, sobre el pecho. Verte. Vernos.
Venir o ir en el arrebato y ya con cabellos
De lana transformados por el gemido,
Por el temor de lo que no somos dueños.
Fuimos fundidos en las aguas del fuego. Goteando ceniza.
Nunca se advirtió el miedo y sí la muerte,
Sí la Nada comiéndonos. Mutilando esfuerzos.
Sí la noche con siete estrellas huidizas
Goteando quejidos imposibles, rechinando sus vértices,
Sobre los siete ojos del lenguaje y la ignorancia.
Porque a fin de cuentas es ésta la borrasca: Insta
A no ver la claridad de medianoche,
Ni la oscuridad rotativa que la circunda.
Ante el asombro perdimos toda libertad. La brida.
Padecimos el flagelo de los cascos. Nos inmolaron
Desde el viento del horizonte hasta el ara de la tierra,
Donde la ira se disfraza en los cirios.
No sé si alguna vez fuimos justos. Sólo tú. Sólo yo.
Ambos tuvimos intérpretes diferentes.
Sentados en el solio del gozo nos volvimos irreconocibles.
Perdimos y ganamos con el disfraz de la fiesta.
Morimos. Estábamos empeñados en eso:
La deshora. La noche. El patíbulo.
Morimos, no. Murió la fe. A menudo es lo mismo
O peor. La fe plena no es lógica. Se evoca. Se invoca.
Salvo excepciones indulta cualquier zozobra,
O se convierte en llave para no abrir el abismo.
Morimos frente al escorpión de los meses. No.
Murió la razón. El sendero de la luz. La tregua.
Nada ha quedado que suavice el lenguaje:
Ni trino, ni resplandor, ni con qué arroparnos.
Sólo la oscuridad maniática. Los colmillos de la intemperie.
El trueno bestial del reproche: Diademas de sal.
Ninguno pudo beber vino. Sólo se bebió tormento
Como si se tratase de asir el cáliz de Babilonia,
O la hoz que ciega la dulzura de los ojos.
Ahora vemos descender la piedra del desasosiego,
El mar que se aleja con sus marineros a cuestas,
Y un muro levantado con tu cuerpo…
Barataria, 17 de febrero de 2004.
Del libro inédito: Elegías.
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