sábado, 17 de junio de 2017

PABELLÓN DEL PURGATORIO

Imagen cogida de la red





PABELLÓN DEL PURGATORIO




Como el espejo a mitad del ojo del pájaro, las algas agujereadas por el agua,
el caballo de bastos sobre los dinteles de las ventanas,
todo el corazón al juego del tiempo tal la piedra inmóvil lanzada al vacío,
o el gemido alrededor de la azucena del sexo, trepando a los dedos,
entrando a la pupila del ombligo, quemándose el juelgo,
y los días bestiales incomparables del viento en la cerilla de itinerarios
caducos, o en el cascabel gigante del grito.

Por eso, entonces, uno se harta de tantos resumideros retorcidos
en el cuerpo de un hormiguero, en los terribles juegos del desenfreno.
Cada amargura provoca variedad de esfínteres, el aullido de las esferas.
Alrededor ruedan las monedas ostentosas y tortuosas de la tortura:
Alrededor degüellos y tristezas, el reptil sobre el muro de piedra, la falsa
vehemencia y los sollozos infatigables de las máscaras.

Se ríe uno de la melaza carbonizada en la boca, y de los poros abiertos
de los ruidos, de la descomposición obligada de las sombras
y las banderas; se ríe uno de los meaderos públicos y del Papanicolaou
que prolifera con audacia y lujuria.

(Pero el amor es a ciegas en un país que se divierte de la repugnancia.)

A veces tengo la impresión de ver engarabatados los anhelos en vitrinas,
la nata de la leche como un fetiche germinativo,
las raspaduras prolongadas del tacto, la lengua resbalosa de los tendederos.
Es cierto, hay gente que se ríe del mal ajeno y se vuelve intérprete maléfico
de tantas manos confundidas en las agujas de las semanas.

Sí, hay gente que se ríe de los enredos y desenredos, se ríe de la fricción
que provoca la náusea, del tarado y del tartamudo,
se ríe del encanto que le provoca una bacinica, de los baños del olfato
en lugares impúdicos, de los enmohecidos  tapices de la saliva,
o de los vahos que provocan las hondonadas.

Al final cada quien silba donde quiere y sacrifica sus infancias, o su espejo.

Con la poquita agua en el pocillo, lavamos el universo: los ojos que naufragan
en las aceras, cuando las uñas pulverizan el arrebato más sublime.

Debo suponer que en un momento hasta la fantasía es agujereada
por el reflejo centesimal de trenes dilatados por los cadáveres
de los durmientes de ese otro mundo al que deshojamos cada día con severidad
de proxenetas. (Sé por lo demás que suena insólito, pero es ineludible decirlo);
es ineludible la piedra de los diálogos y monólogos,
el silencio estridente de los fluidos, la palabra sobornada en las bisagras.

Es ineludible la sangre que derrama lentos silencios, o el abandono.

Es ineludible la espina que se empina en el respiro, profunda, tenaz, hiriente,
como la propaganda ensordecedora del rumor.

Hay gente que ríe simplemente. Hay gente que llora simplemente.
Algunas sólo deslían las moscas en los retretes de la plaza púbica.
Yo me río de ver reír, aunque no sepan por qué ríen.
Se me hace sueño la piedra de niebla y noche que muerde la luna.

Un abismo se desliza en mis zapatos incrédulos de amorosos jadeos.

Río ante las ojeras del aire: los hilos de agua caen de los ojos,
y bracean alrededor de los pómulos.

Me río de la imposibilidad de revocar tantos mausoleos, de la caries
a borbotones que acumulan las puertas, del frenesí suscitado por golpes,
por las barras shows donde el mundo confabula,
o desvela su propio sueño.

Después uno tiene que lidiar con todas esas obsesiones y resistir
a las tocaditas rechinantes del oleaje y a sus tripulantes devotos de excesos.

No importa. Yo río sobre el desván de la tierra, de extremo a extremo
como en una rígida romería de auditorios suicidas.
Barataria, 2017

jueves, 15 de junio de 2017

SENDEROS PRECIPITADOS

Imagen cogida de la red





SENDEROS PRECIPITADOS




Las semanas han sido un bosque de ascos desde entonces el hambre ha pasado a ser cómplice del tizne al igual que la próxima herida en el costado al igual que esta súplica cavando en el sollozo vivimos una esperanza desvivida  excesivamente impredecible hasta hoy no ha habido indulto para la embriaguez ni otra prisión que tu desnudez pensada ni otro invierno que los desgarramientos ni otro comensal que el sudor y su alta temperatura de páramo nos apremian los senderos precipitados y nos invoca la fosa siempre falta el vuelo para respirar las espigas juro que es así cuando las miradas andan ausentes en las aceras: martilla el ardor del desvelo y las precipitaciones del frío y la muerte circunstancial sobre mi mesa en la tormenta del rescoldo apremian ciegos los mordiscos y el libro sin tinta de la diáspora

En otro tiempo no hubo relojes que azuzaran el sueño ni lluvias amarillas póstumas en mis ojos ni paréntesis desiguales de espejismo pero uno sabe que debe callar frente al moho dejar caer la cortina del silencio remendar por si acaso los molinos de viento del insomnio

(Mi voz de rodillas suena terrible en los andenes: un megáfono de sueños ladra en los sustantivos del vaticinio me disperso ante los flecos del alarido corro de dolor en medio de la escarcha de las luciérnagas veo el fueguito del poniente como el vecino arrimado a sus inclemencias)…
Barataria, 2017

martes, 13 de junio de 2017

DESTRUCCIÓN DEL TIEMPO

Imagen cogida de la red





DESTRUCCIÓN DEL TIEMPO




Sobre la madera la garganta cortada del tiempo: desfallecemos ante los diurnos extravíos de los rieles y los relojes a menudo nos empeñamos en sangrar sobre algunos senderos irreconocibles frente a las adversidades los niños crecen a la orilla de la esperanza en los linderos enfermizos de los retretes o bajo el chorrito de sombra de la tarde o en la otra cara de los imposibles el polvo hunde sus manos en la cara: incómoda la piedra nunca sepultada del todo de  la pared brotan aguas perdurables ante una caligrafía perversa o pusilánime ahí en todo caso nos araña el calor del sexo los ojos enteros del delirio y claro los meses antes de hacerse noche nos desvanecemos en las sustancias de engrudo de la fiebre y mojamos las heridas desmemoriadas del ala

(Nos aturde el estiércol podrido como una especie de alfombra nos intimida el hollín roto del quinqué y la cama indecorosa de los ardores al final acabo por arroparme con osamentas inútil final de mis atajos es una desfachatez pensar en el cántaro de ausencias: tengo mi aliento sobre tus muslos)…

En la destrucción del tiempo amortiguamos las horas calcadas del espejo luego nos escabullimos por hondos precipicios no queda ningún paisaje erguido salvo el envejecimiento del frío y esos rincones que se callan mientras transcurre el tiempo…
Barataria, 2017

lunes, 12 de junio de 2017

MONOTONÍAS INMUTABLES

Imagen cogida de la red





MONOTONÍAS INMUTABLES




A menudo, uno solo quiere sumar olvidos ante el paladar de la pesadumbre.
Me son familiares los suspiros de los sarcófagos, el prójimo que camina
con la lluvia hasta el cuello. La sombra de sed que incendia la vergüenza.

Uno se acobarda cuando ya ha sido tronchado el surco de las manos,
y el tiempo se llora en senderos sin ventanas.

Bastan los campanarios sordos para rezar el rasgueo de los ruidos:
pasa gritando un viento de sombras y brumas de éter y salmueras de metal.
Pasa, es cierto, un ropero de llaves encendidas de herrumbre,
sobre la voz ronca del granito.

Me embriaga el vértigo de cuantas hojas caen al vacío.

De cuanto se borra en el silencio y en las monotonías inmutables.

Hay herraduras que muerden las sienes y heridas tenaces al filo de la espesura.
Bajo la calle de sed, el ojo ebrio del contrapecho de los horcones,
la gota circular del espejo, el cardo de los viejos monólogos.

Siempre es así cuando uno quiere escapar de los tropezones, de la sombra
gris de las telarañas, de los tantos escapistas de sueños.

Todo el galope del hambre muerde las sienes, muerde al pájaro tendido
de la tarde, enrosca los aleros y las esquinas del aliento.

Por si acaso, me sobrecojo sujetando la lengua de asfalto del tedio.
Ignoro, —si después de todo—, me encontraré con la vehemencia o deberé
estrangular junto al desatino, el último cirio abisal del sollozo.
Barataria, 2017

domingo, 11 de junio de 2017

ARCO DE PIEDRA

Imagen cogida de la red




ARCO DE PIEDRA




Sobre el arco de la piedra, la escarcha de luz del sollozo.
Frente al ojo galopa el entretiempo del dolmen adánico del relámpago.
Es tal la avidez que la boca consume todos los parajes, las monedas
redondas de las horas, los senderos mudos y sin respuestas a mis palabras.

Pinto largos trenes con estatuas degolladas, se desmoronan las alas,
un día, indeclinables: queda la memoria lacerada de pájaros
y dura de aberturas, igual a la carcoma de una boca desterrada.

El cordel de la respiración se unifica en el espejo hasta el absoluto.

En la fulguración del vértigo arde el enredo de los ojos y la quema del sueño,
aquellas aguas de chasquidos y murmullos.

Aquellas ráfagas de fiebres y pupilas coaguladas en máscaras,
aquellas fauces de distancias ciegas, ciegas y ahogadas en la sangre.
Descienden a su matriz todos los engendros respirados: la viscosidad múltiple
del solo nombre de una mirada,
las palabras siniestras que cuelgan de las solapas de las ojeras,
la forma única en extremo de la respiración y su día de caducidad.

No miro sino el tacto que guarda la sombra de sal sumergida en el pecho.
No toco sino el latido de todas las poluciones concentradas en las ingles.

Sobre esta desrazón del granito, la furia del hambre y sus desamparos,
la garganta y sus entrañas náufragas.

(Caminamos doloridos de fe sobre la cruz o el llanto de los desgarramientos;
todavía los mártires están por definirse en medio del ardid y la desesperanza,
entre el breve sueño de la vida y el largo camino de la muerte.
No hay elevación sino en las almas abatidas)…

En la transparente oscuridad del deseo, el lugar de donde deviene el cierzo,
vívido como el espacio que ocupa tu cuerpo en mis ojos.
Barataria, 2017