lunes, 31 de enero de 2011

MADERA


Carne yerta en la banca de mis fantasías: ahora no es verde
la sombra, sino confundida sombra del sepia, —hecha también,
para el luto sin tregua, monótonos comejenes en la indiferencia
del sueño; algún pensamiento queda en las astillas,
el tiempo del cuerpo y la brisa leve,
la sábana hirsuta en el cuerpo, la vereda sin copos ni piyama,
Fotografía: Jon Sullivan



MADERA





De eternidad sedientos siempre vamos.
Obcecados vivimos y creemos.
Muere la fe al instante en que morimos…
FRANCISCO ANDRÉS ESCOBAR




Carne yerta en la banca de mis fantasías: ahora no es verde
la sombra, sino confundida sombra del sepia, —hecha también,
para el luto sin tregua, monótonos comejenes en la indiferencia
del sueño; algún pensamiento queda en las astillas,
el tiempo del cuerpo y la brisa leve,
la sábana hirsuta en el cuerpo, la vereda sin copos ni piyama,
el frío de la luna que baja, como un tafetán negro.
Hacia adentro, las puertas pierden su propio alfabeto: los pies
sumergidos en la polilla,
el grafiti como telón de la maleza, la rama oscura de las lámparas
o los cirios en derruidos candelabros;
no veo por ningún lado la trementina de los sueños, sino
las variaciones oscuras de la hojarasca, en medio de tanto sigilo;
(desde siempre aprendí en el rocío del bosque, el amanecer íntimo
de la llama, gocé ciertas sustancias indelebles;
ahora es la pesadez rota de la madera, sosteniendo la casa del pecho
sin horcones, sin reglas ni cuartones,
sin el tapiz de los meses en el mimbre.)
El tiempo termina confundiendo cualquier señal de certidumbre:
no es el pétalo, sino la madera orillada de la vigilia,
la garlopa tenaz que va irrumpiendo en la superficie como una lengua
de singular maquinación.
Hay fiebres en el aliento de las horas: en la cáscara infame
de los báculos, en el rechinar continuo de las ramas de la historia;
la piedra obceca las raíces de los labios
en su franquicia de dados,
confines de la materia angular de los poros.
La sed es la verdad absoluta para los descalzos: los monumentos
a la saliva, —intentamos subir a través de la escalera del guarumo,
las grandes noches cerradas de ceguera;
mordemos la carne del País a través de la sospecha: esquirlas
en las fisuras del tiempo, corvos de ferocidad hambre,
aserraderos incubados como albergues de la noche, panaderías
del grito, verjas de súbitos destellos.
Nos enviste la sierra de las pulsaciones, ahí donde los sentidos
se bañan en salmuera, ahí donde la sonrisa se desdice en medio
de la arboleda derribada: la misma leche vestida de noche.

Barataria, 30.I.2011

viernes, 28 de enero de 2011

BOCAS ANOCHECIDAS

 Los amigos que yo supuse, no eran amigos. Cambiaron la alegría
por sórdidas banderas; ahora comparten sus bocas anochecidas,
el mundo oscuro del cine mudo; se han vuelto espuma de grises
sobre el mantel del alma. Ahora los veo desde lejos,
desde la duplicada instransparencia de los despojos, desde esa
otra dimensión de la vida: la condición humana de lo abyecto.
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BOCAS ANOCHECIDAS




como una estrella al mediodía,
—pasión mayor del frío olvido—,
jalones de la vida…
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ




Los amigos que yo supuse, no eran amigos. Cambiaron la alegría
por sórdidas banderas; ahora comparten sus bocas anochecidas,
el mundo oscuro del cine mudo; se han vuelto espuma de grises
sobre el mantel del alma. Ahora los veo desde lejos,
desde la duplicada instransparencia de los despojos, desde esa
otra dimensión de la vida: la condición humana de lo abyecto.
Desde el balcón de los extravíos, el viento que despierta al cierzo;
los espejos descuajados de lo lóbrego,
el mundo sórdido de la pesadez,
los frutos de la noche sobre el granito, en su centro, penumbra
del tiempo sobre el tejado del horizonte.
Los amigos que yo supuse, no eran amigos: era el espejismo
de la última cena, lo quebradizo de lo ignoto, las aguas mutiladas
de las agujas, el pensamiento avieso de los agujeros:
—ahora, la luz desveló todas las sombras; las sombras son eso:
explosiones que estuvieron sumergidas en los sueños,
imanes de ceniza en el pensamiento,
inexistentes rostros en el surtidor del cielo.
Fueron árboles que fingieron la costumbre del éter, elementales
ramas de la orografía de Dios,
obedientes bocas de otras bocas sin sexo,
piedra estacionaria en la alquimia de los pétalos:
estuvieron a mi lado y nunca pude descubrir su universo virtual;
multiplicaron los cardúmenes pero nunca nacieron parábolas,
me tuvieron sitiado y nunca descubrí ese otro Evangelio, su antiguo
rito de conspirar contra las ventanas.
Ahora sé, que aquéllas personas, jamás fueron mis amigos:
me entretuvo la atalaya de la lluvia,
el aposento de las campánulas, el hálito de los girasoles,
pero nunca sospeché en las trampas del escombro.
Nunca tuve tiempo para medir la acción de las axilas al mediodía,
el polvo como un hilo de mil ojos;
sólo pensé en los balcones del rocío, en el cuaderno de la piedad;
y sin embargo, —entre el bostezo descuajado de los brazos—,
descubro el cactus circular del calendario,
la conciencia constreñida de las semillas, el poyetón interior del hollín,
la capacidad para destrozar los jardines.
Ahora sé, tras el abrigo de la almohada, que las baldosas no tienen
alas: sólo sirven para gastar los zapatos, y la claridad
que no se encuentra en los bostezos.
Al filo de mi cuaderno interior, las luciérnagas: el chorrito de sabiduría
que me respira, aun en el escondrijo de los cangrejos.
Lo demás se lo dejo al tiempo y a la linterna filial de los pájaros…

Barataria, 25.I.2011

jueves, 27 de enero de 2011

ESCOMBROS


A diario servimos la neblina en la mesa: rezamos para alimentarnos
de fantasmas; en el ocaso, la luz se convierte en blasfemia;
en la oscuridad intensa, la boca respira las cruces del día.
Fotografía: Paolo Nero



ESCOMBROS




Matar a un enemigo no es difícil; matar
A un robot es matarse, bien pensado, a sí mismo.
GABRIEL CELAYA




Cada vez este País en menos cierto. El terror y la impunidad
no tienen nombre, tampoco son necesarios los milagros para salir
de estas aguas de alcantarilla.
Sólo la sal depredadora brilla en las axilas; aquí perdió
la dialéctica su propia placenta.
Arde la sangre con sus flechas fantasiosas, el magma del huracán,
el ventarrón mudo de la agonía, el disfraz alumbrando el subsuelo.
No hay lugar seguro para restañar los sueños, ni limpiar
la respiración en medio de oleajes sinuosos;
sólo hay tiempo y espacio para exaltar las Sumas tribulaciones
en este campo soterrado de huesos;
—no hay otro espejo, que el poyetón siniestro del hollín
con sus tapiales oscuros: aquí la cárcel es la ciudad o como si lo fuera,
en el misal de la ceniza, en las aguas del desorden.
(De pronto uno quiere renunciar a este País donde huyen
los pájaros, a esta naturaleza fúnebre del polvo; aquí arde
el aliento de la escoria en cada acera, en las calles desordenadas
de la bisutería, en la fiebre del engaño.
Cada cuchillo procrea lágrimas y futuro: tocamos el filo en cada
zapato; en cada conciencia, el miedo es otra ubre en sigilo.)
Vivimos encerrados en el resuello de las migajas: migajas de todo;
no puedo amar a un País que sólo deja desposarte con la miseria,
con la destrucción del ala,
con la expropiación de la propia conciencia.
A diario servimos la neblina en la mesa: rezamos para alimentarnos
de fantasmas; en el ocaso, la luz se convierte en blasfemia;
en la oscuridad intensa, la boca respira las cruces del día.
en la ley no caben los descalzos, ni el cadáver que construye
a diario el vejamen, ni el castillo pintado de arco iris por los niños,
ni el ojo que puede ver más lejos ciertos laberintos.
(Las falacias nos sirven de sombrilla y los aplausos, de piñata:
hemos caído en los tatuajes del disfraz,
en la pelota dominical de las diversiones. El oficio es sajar la Esperanza,
hasta que la extenuación sea la tierra contundente de la miseria.
No puedo amar a un País que hace del alfabeto un balbuceo,
un circo, una pocilga, un largo callejón de ruinas.)
Detrás de cada cuerpo hay músicas siniestras, entumecidos bosques,
Un País cercenado, entrañas putrefactas, costillas delirantes,
Amaneceres en pozos macabros, bartolinas donde el fuego
No da tregua, muertos cansados de morir en las pezuñas,
Aguas lentas mordidas por el semen de los perros, estiércol que invade
La memoria: todo está aquí en esta locura de País que tenemos,
Menos por supuesto, la alegría firme de la risa, menos la ventana,
Sino el escalofrío que repta por los poros…

Barataria, 23.I.2011

martes, 25 de enero de 2011

NADIE EXISTE EN LA LUZ, SÓLO LA OSCURIDAD


Nadie existe en la luz, sólo la oscuridad asoma en el tizón de las pupilas.
He sido rostro en la noche, estrella en el agua: fugaz meteoro todo
llega a las manos: todo el invierno nacido de los ojos,
la boca, los utensilios del respiro, los pasos, la eterna conciencia
arrasada, engendrada en los guishtes de las sombras.
Fotografía: Jon Sullivan



NADIE EXISTE EN LA LUZ, SÓLO LA OSCURIDAD




Nadie existe en la luz, sólo la oscuridad asoma en el tizón de las pupilas.
He sido rostro en la noche, estrella en el agua: fugaz meteoro todo
llega a las manos: todo el invierno nacido de los ojos,
la boca, los utensilios del respiro, los pasos, la eterna conciencia
arrasada, engendrada en los guishtes de las sombras.
Hay días enteros de furia y ceños fruncidos: el harapo de la sombra
cubre los poros, el cuerpo, la boca, las manos;
las cicatrices palpitan en el alfabeto de la oscuridad; alrededor
de la puerta nos asfixian los días sin párpados: palpita la piedra
de la noche en los dientes, el coro de los taladros, la voluntad
de las estatuas, la claridad apagada de los girasoles en las verjas.
Muerdo la toalla de las telarañas cada vez que las persianas
no transpiran ventanas, cada vez que el espejo es elogio de la noche;
en cada candil de nubes, deben los insectos sus propios desechos,
el polvo de los armarios nos ahoga,
el falso gregarismo de los pétalos, la oscuridad profética
de los caballos: arrecia la oscuridad sus manos de escombros;
al pie de los rieles de las luciérnagas, la memoria socavada del tiempo,
con sus nudos de pañuelos, —espaldares de sillas con murciélagos,
limones de oscura acidez,
tabancos mayores que el desacierto,
aleros donde el hollín sigue siendo el mayor interlocutor del alfabeto.
No existe la luz, pues, en los sombreros del oscurantismo,
ni en la camisa del pulso manchada con aceites de rancias
mecedoras, ni en el tragaluz cargado de hormigas,
ni en el viento que derribó las llaves de los balcones: sólo es cierta
esta gota de metileno en los ojos, la grieta profunda del paisaje,
las gentes sin cuaderno buscando el horizonte.
Hay noches donde los olores se disfrazan de transparencia;
hay días donde la transparencia, conviene disfrazarse de realidad:
entre el desvelo y el instinto, nos salvan las dulzainas;
el pozo publicitario en las paredes, nos sirve de rocío, de juego
subterráneo o de simple pizarra
para beber los brebajes de la sal.
De seguro, jamás alcanzaremos la luz, mientras exista la crayola
oscura en las paredes del alma, en el guacal de las nubes,
donde lavamos los ojos, en la garganta con líquidas laringes,
en el comedor con tímidas tortillas, en la servilleta con manchas oscuras.
Cierto es que se acabaron los días domingos en las ventanas:
ahora cada uno finge su propia felicidad, el aullido doméstico
trasladado a las aceras, los durmientes mojados de impotencia,
la liquidez del sueño respirando aire puro.
Sólo nos es dada la claridad en analgésicos: lo demás, es la sombra
dilatada de las monturas, el ordeño del hollín…

Barataria, 21.I.2011

domingo, 23 de enero de 2011

EL RELOJ ALREDEDOR DEL HAMBRE DE LOS MINUTOS


Muerdo el hambre en la celosía de los minutos, en el reloj revuelto
de las aguas, en la otra oscuridad que ciñe el silencio.
Entre los dedos los murciélagos desnudos del polvo, los colmillos
de los segadores, la túnica crispada de los párpados.
En la guillotina del reloj, cuelgan su bastón los paraguas.
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EL RELOJ ALREDEDOR DEL HAMBRE DE LOS MINUTOS




Muerdo el hambre en la celosía de los minutos, en el reloj revuelto
de las aguas, en la otra oscuridad que ciñe el silencio.
Entre los dedos los murciélagos desnudos del polvo, los colmillos
de los segadores, la túnica crispada de los párpados.
En la guillotina del reloj, cuelgan su bastón los paraguas.
El regocijo, antes tuvo pañuelos ahorcados: —igual que las monedas,
las manos se vuelven sombrías,
en la colmena de los poros, en esos sudarios alrededor de ciertas
cicatrices, en las postales del ciempiés de las sombras.
Vivimos en medio de una ciénaga de cuervos: recogemos, apenas,
las migajas de las segunderas, la cosecha de los establos,
la rama dulzona de las diademas del agua en el guacal de la sed;
al pie de la noche desnudamos nuestras soledades: nos apresa
el pánico, la puerta tirada, los reptiles curvados de los zapatos,
los deseos hasta el cuello, hundidos en el tributo del sollozo.
Una cama de espinas golpea nuestra espalda, —no duerme el sueño
arraigado a la ceniza,
ni con fortísimas cerraduras, ni con promesas de enhiestas rocas;
nos come la hoguera del escombro,
el afilado telar de los minutos, las sombrillas irrestañables
de las sombrillas, la mesa sofocada del hambre.
—Somos, después de todo, el ojo medroso frente a los demonios;
el estrecho dominio de los dedos, la rala presencia de los cabellos
en la sombra del mundo.
Hay días que nos llueve la playa del asco en las pupilas, —nos llueve
lanza y espuma; extrañas escaleras, sumas de sorda contabilidad,
insomnes caricaturas de los labios.
Hoy por hoy, sólo nos queda arrimarnos al cuaderno de las luciérnagas,
aprender la lección de los gargajos, golpear los féretros,
quitar las escamas oscuras del terror.
No es fácil encontrar la salida compasiva a los sueños, en medio
de la truculencia, turbias aguas en el río de la sangre.
—Vivimos transcurridos en la ráfaga: nos desdibuja el estallido
del reloj, nos entumece cada bulto de aire aspirado, nos recorre
la ternura colgada de alambradas, —el calcetín recurrente de la noche.
Ya no puedo caminar con las pupilas gastadas:
los párpados cuelgan de los zapatos cansados de la almohada;
amanece el muerto frente a la ventana,
asoma su nariz la calle incierta, (contigo la redondez de los huesos
se hace evidente; las uñas, de prolongado granito;
los brazos, una cubeta de hielo. Contigo, tampoco me salgo de este
mundo de espuma: llueve el reloj todas las ramas del miedo;
vos, agolpada en el cabeceo del reloj; yo, abajo, sonriéndole al insomnio,
mordiendo la desazón del patetismo,
aullando sobre el muro de las enredaderas…)

Barataria, 19.I.2011