domingo, 9 de septiembre de 2012

AHOGOS

Imagen tomada del blog de Andrei Langa





AHOGOS




Arrancas a la altura réplicas ardientes.
La luz de cuello de vidrio se parte
en dos y tu negra armadura se constela de frialdades intactas.
OCTAVIO PAZ




Respiro en el oasis de cada poro, en la cripta de los ijares,
en los asedios confesos de la ropa. He aquí los ahogos
con su equipaje en desbandada,
multiplicados en la balanza del desequilibrio,
resueltos a la imposible blancura del pavimento,
siempre en declive los meses sin olvido,
el jarro de las especies de la melancolía, la colilla quebradiza
a desnivel del humo
descarrilado del aliento, zumbido de moscas en la piel,
al punto de horadar
los párpados del tiempo fraguado en el óxido de la memoria.

(Nos devora la sed sinuosa de la esperanza, el deseo desbordado
e infatigable, las doctrinas que examinan la lógica y la conciencia,
el actus purus de nuestra existencia humana:
¿dudamos incesantemente de nuestros deseos,
o nos reafirmamos en la summa de nuestra essentia,
cada vez que queremos
edificar nuestro propio lenguaje ontológico?
Parte del conjuro es trasegar nuestros respiros,
disolver el sofoco en el regazo,
bracear en el embeleso de la sed abierta al sitio donde la memoria renace.)

Somos y no somos, pero ¿cuántas veces somos y dejamos de ser?
En la hostilidad del desorden, yace el contenido orgásmico del lenguaje,
la eyaculación a priori de las recurrencias del fruto testamentario
del espíritu.
Desgarrada la libertad, viene el martirio inclinado sobre los cuerpos,
vienen los relojes acelerando sus pulmones,
todo el clamor cambiado del paisaje,
las ruedas de la anemia en su monotonía carcomida por las huestes
de las poleas de la ebullición.
—Hoy, acaso, cambiemos de piel, arreciemos el semen del alambique,
y mordamos los pliegues de la ardilla de la impaciencia
como siempre sucede
cuando el cielo se disfraza,
cuando el uno y el otro se cobijan con las mismas telarañas
y el sentido y la forma, sin anular la esencia del acto y la potencia
de la fantasía. Hemos sorbido las paredes del mediodía
amparados en el atril de las sombras
junto a la estirpe viscosa de los médanos,
cerca del magma de los lavaderos, olvidados del comercio,
dentro del turbio hojerío del planeta, a borbollones el temblor
de las palabras.

Debo pensar en los cuerpos que la noche envuelve,
en las calles sin pupilas,
en los pretéritos habitados por el espejismo,
quizás en el trasiego del agua cuando hierve a más de lo normal,
cuando toda la historia está marcada por el miedo, por el tímido claroscuro del bosque.
Hasta hoy, no sé si los barcos pueden atravesar
las regiones heridas del sueño,
o la transparencia de unas bragas imposibles,
o el torrente almidonado de los pájaros en su rendija de alas.
Es posible que nuestros cuerpos se acumulen en el espacio
y luego se liberen
en un siglo de gaviotas, heterogéneas en si mismas.
Cuando volvamos a la espiga, el sudor acumulado
en el corazón del ombligo,
el ahogo aquietado entre los encajes desvelados del misterio.
—vos, en la postura de siempre: viendo la fotografía en la ventana,
las pestañas casi inmóviles del sombrero, la soledad resuelta en el espejo,
todos los nombres irremediables en el taller del relojero…

Barataria, 08.IX.2012


viernes, 7 de septiembre de 2012

ECOS CALCINADOS

Imagen tomada de anaevenegaseducadorasocial.blogspot.com




ECOS CALCINADOS




Los tristes carbones, los vírgenes leños ahora profanados
perecían lentamente entre las garras sádicas
de las altas y verdes arañas…
ANTONIO SAURA




Miro las armaduras y los focos de la noche, los castillos demenciales
de los espejos, y la hojarasca oxidada del tiempo. ¿Cómo pervive el ala
fría en la armadura de la salmuera, los vientos sin provisiones, salvo
la fatiga del deambular del hollín, el tizne y aún el desequilibrio
de los trenes? —Vengo de lo inhóspito aunque nieguen mi existencia:
Vengo de navegar entre mausoleos y estatuas, en medio del patriotismo
de la semana, del galope violento del mar en los litorales: nada es fortuito.
Bajo a todos los objetos que iluminan las centellas, sin medida ni tapices;
vuelvo a la sábana incierta del fango, al azote carnívoro de los ecos,
sin que existan posibilidades de salida a esta demencia suntuosa
de la saliva que adquiere ciudadanía en el tintero del pulso.
A la altura de las sienes, están las ganzúas sosteniendo
las paredes del aliento, el altillo del desagüe de las aglomeraciones,
los encajes de los paraguas con su margen de torrente tardío.

(En la catacumba de la respiración, la humareda y la escoria, los hirvientes
oráculos de lo indecible, esa otra dimensión de la corrosión devorante.
¿Hasta qué punto la obscuridad se obstina en lo suyo y lo ajeno,
y muerde el ya sordo césped de los andenes?
—De pronto, la hojarasca calcinada es mi trofeo: me aproximo
inevitablemente al despojo, a lo progresivo de los esqueletos de la noche
con sus búhos, a este mal del destrozo de los relámpagos.)

Otros serán los que descifren, adentrándose en mis precipicios,
el escalofrío y las razones del vómito, la gripe de los murciélagos,
la porcelana del crepúsculo, todo cuanto se volvió desequilibrio
y sospecha, vigilias permanentes.
En cada letargo que produjeron los magullones de este tránsito sin tregua,
todo el tizne acumulado de los ahogos, las moscas velando el suicidio,
las manos con su árbol de cansancio.
Por más infatigable que sea la devoción por las begonias,
la hostilidad aró su cauce, con todos los objetos de labranza
de la alevosía. Con todos los aperos de la memoria.
Luego, ¿por qué tanto odio en golpe dentro de la sonrisa,
a la hora del desayuno, durante la danza de los vitrales,
en la alegría del alma, cuando el albor murmura en su oleaje matutino,
cuando la respiración quiere dejar de lado el agobio y los armarios
de la noche en su embriaguez de ceniza? No adivino los vitrales
entre tantos fantasmas, dentro de mi propio paisaje a veces inútil.
Disgrego las sombras con mi parpadeo: ningún tiempo es inocente
a las telarañas, ni a esta tortura que produce el desafío del vértigo.
Los rigores del sin embargo son audibles ahora que el vilano
del eco atraviesa los travesaños del eco calcinado.

Barataria, 06.IX.2012

miércoles, 5 de septiembre de 2012

PERSIANA LÁCTEA

Imagen tomada de la red




PERSIANA LÁCTEA




Blanco el poro de la madera, el resorte de la duda, la lujuria crecida de los tornillos: se abre de par en par el azúcar de la lluvia, el cazador de ríos ciegos abajo del aposento oscuro, cielo lascivo del cuerpo. Ante cada respiración me azuza la sed, allí sobre la yedra inclinada de los labios mayores de la arcilla, donde la tormenta descendida se vuelve innumerable, insomnes manos de melódica curtida en la habitación del humo, en el epitafio del mapa de los trenes escrito a dos voces de la brea. Nos muerden los charcos pisoteados de la leche, después de enfriar las paredes del precipicio, bisagras con el agujero fijo del escalofrío. En mi oficio de inventariar nostalgias, me vienen las persianas como un espejo ahogado llorando en la arqueología de los trenes, en ese retrato al carbón de los relojes tirados sobre las baldosas hambrientas del pedernal. Todo de pronto es incierto sobre la espuma negra del asfalto: columnas de zapatos como lenguas furibundas, largos trenes con ganzúas, desvencijadas puertas en la madera de la lengua, toneles de imágenes en desagüe de esta locura próxima a la esquizofrenia. (Pero me quedo aquí, de todos modos, aruñando el tardío cauce de las aguas, el tranvía lácteo de los vestigios, esta terrestre furia del otoño, cuando todo parece una hecatombe, superior a un tsunami. Por cierto, estoy próximo a la oscuridad después de haber colmado el bosque y masticado los insectos circundantes a la entrepierna de las tapicerías. Estoy cerca de accidentarme, otra vez, en los alfileres, en esa violenta humedad de la desnudez.)

Barataria, 04.IX.2012

lunes, 3 de septiembre de 2012

VENTANA AL MAR

Imagen tomada de tusimagenesmagicas.blogspot.com



VENTANA AL MAR



a Juan Francisco González-Díaz



El mar está allí: huele el mar, sus orillas, el hilo enhiesto de la espuma y de las olas. En su voz, el oculto pálpito de los acordeones, el lápiz dilatado a lo largo de la sal, y la noche de corales que abonan la memoria y la espera justa que reclama el flujo de sus aguas. En el día los ojos superponen el temblor agitado que asciende a la fiebre de la brisa y las gaviotas. El mar desde la ventana, libre en su fuerza de salmuera, ilimitado para la usura, plural y cuantitativo en sus pliegues, loco en el lomo de la arena, áspero en sus rincones de luna. Hasta aquí, llega encuadernado de sol, con adjetivos insaciables, invulnerable en sus neumáticos cósmicos; va y viene como el badajo encajado en la campana del arrebato, como un ojo en la ventana, entra nervioso al aliento. Y sin embargo, (“su ímpetu es amargo, su canto es estruendo. Estalla el agua en la piedra y se abren por vez primera sus infinitos ojos.”) Hondo mar de sílabas y ceniza, tambor en medio de las sombras, lengua de los testamentos más insólitos. Alrededor del mar, la furia de la sal, la densidad heroica del cardumen, los arqueados caballos del pulso, los minutos hechos estatuas de sal: en mi asomo al mar, la anatomía de los poros y el mantel desnudo de la arena en los párpados. El mar tenso, feroz, arquero del movimiento, diáfano y oscilante en su caligrafía. El mar de pronto, obsceno envés de los sueños, designio al cabo, de las aguas sobre la yegua del oráculo.

Barataria, 02.IX.2012

sábado, 1 de septiembre de 2012

CORRIENTE DE AGUA

Imagen tomada de mundofotos.net



CORRIENTE DE AGUA




Lluvia de laberintos y espejos
en el estertor de las palabras.
PERE BESSÓ




En el cuenco vacío de mis manos, cabe la corriente de agua que baja de la tiza del sombrero del respiro; no hacen falta, ni tiestos, ni dientes, ni mantas para detener la prisa de los pájaros cuando buscan su guarida en la fábula del bosque. No hacen falta paraguas cuando lo que se quiere es sentir sin vacilaciones la brasa subyugante del ensueño, y ese badajo en espiral del remanso. Tampoco hacen falta las palabras en esta travesía de gratuidad de flechas, la imagen del lienzo del desvarío, el regazo eléctrico de la tinta como un océano del movimiento de la garganta. A veces llego al punto medio del abanico de las aguas, al almidón que queda inmóvil en la boca después de alambrarme en la tinta y ahogar mis pupilas hasta el punto de quedar ciego: ciego de tanto ver llover, el afrecho en la boca como un caracol redondeado con las manos del oleaje de la vivencia. Sin duda en la corriente de agua, hay estrépitos: salta el cuaderno para convertirse en ave; resbala la luz clara de las posibilidades, el polvillo en el ojo de agua, aquella fantasía difusa del fango cuando se han conjugado las corrientes abisales del ahogo. Cuelga el cuerpo bajo el viento; en el patio de los naipes, los ojos borran el camino de las aguas. Hay que comenzar de nuevo…Hay que olvidar de nuevo, las monedas enhebradas en las ramas donde la desnudez amplió su horizonte.

Barataria, 31.VIII.2012