lunes, 5 de septiembre de 2011

RETORNO AL PULSO DEL VIENTO


Regreso al viento como se regresa a la casa de siempre:
vilano de siete horizontes en las manos del niño
que juega al anhelo, en los dedos urgentes del azahar;
abre los cristales el pájaro que anida en cada sorbo de la garganta,
nítido el ojo en la transparencia del paisaje.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





RETORNO AL PULSO DEL VIENTO




saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.
JORGE LUIS BORGES




Regreso al viento como se regresa a la casa de siempre:
vilano de siete horizontes en las manos del niño
que juega al anhelo, en los dedos urgentes del azahar;
abre los cristales el pájaro que anida en cada sorbo de la garganta,
nítido el ojo en la transparencia del paisaje. Yo y el viento,
inclinados en la danza del fuego, entre el vaho
y los días de invierno que repiten el ritmo de ciertos días:
la historia es la misma, sólo que con diferentes encajes,
igual las palabras en el reino del olvido, hasta donde las escaleras
lo permiten. Después de caminar sobre los andenes de la lluvia,
vuelvo a trenzar las aguas de la melancolía,
vuelvo a los equívocos de pecho y sentidos, al treno del ansia
en el rescoldo del poyetón que lacera el reloj en los eclipses ahuecados
de los párpados. Siempre el retorno suscita resuellos,
aposentos de bocas redondas, labores que la noche realiza
en sus brazos, terrenos con intensos crepúsculos:

juego a la querencia del ala y a las posibilidades de las cortinas,
a otro mundo sin lecciones aprendidas, reinventar el lavabo
para abrir los balcones para luego descifrar los granos prematuros
del ruido que amanece en el camino. El hipo a menudo se llena
de contradicciones. Hay territorios que apagan su prodigio:
siempre supe que la simplicidad es la mejor garantía para caminar
alrededor de la transparencia; ahora hay demasiadas palabras
peligrosas y fauces tristemente carcomidas por la sequía,
conciencias abatidas como en cansancio de la voz,
puertas con esparadrapos colgando del dintel del infierno.

Dentro de poco no habrá tiempo para las recaídas,
ni para sahumerios, ni para negar los oráculos; la tortura se ha elevado
como un musgo gigantesco de vinagre, como una cisterna sin párpados,
como un reloj de impuros anatemas.
Porque ya las sábanas se han vuelto eternidad del azufre,
regreso al viento, a la aurora del surco para empezar de nuevo el día
con paraguas diferentes. Entonces cambio de traje,
cambio el costal de las tardes por una alforja más liviana,
acaso la claridad del viento sobre los pinos, haciéndose equilibrio
en la trementina. En el pulso, los tatuajes lentos de la almohada,
los espejos doblados del insomnio, la virilidad rompiendo
las esquinas de la vigilia, el sol naciente del devaneo en las labores
del hambre. Así transcurre el sendero del aletazo,
la rama del fototropismo quemándose en la ebriedad del vértigo.
Así comprendo que retornar al pulso del viento,
es salpicar la memoria de meandros.

Barataria, septiembre de 2011

domingo, 4 de septiembre de 2011

ABANDONO/ABANDÓ/ABANDONUL


Ce ne rămâne, atunci, din acoperiş şi din zi? – Neajunsurile grăbite
Ale lacrimii, muşcătura stângace a vehemenţei, aerul stătut
Al mâinilor, calea incertă a presimţirii.
Uneori, cred, am băut din fraternitatea cuvintelor. Setea împreună
Imagen tomada de Miswallpapers.net



Abandonul
POEŢI DE LIMBA SPANIOLA - PREZENTARE SI TRADUCERE DE ELENA LILIANA POPESCU




– Nu mai locuieşte nimeni în casa mea – îmi spui;
toţi au plecat. Sufrageria, dormitorul, curtea, zac
pustii. N-a mai rămas nimeni, de vreme ce toţi au
plecat. CESAR VALLEJO




Ce ne rămâne, atunci, din acoperiş şi din zi? – Neajunsurile grăbite
Ale lacrimii, muşcătura stângace a vehemenţei, aerul stătut
Al mâinilor, calea incertă a presimţirii.
Uneori, cred, am băut din fraternitatea cuvintelor. Setea împreună
Bălăcind în apele focului, între rotunjimea peretelui
Fagurelui de miere, claritatea ascultătoare a mâinilor, promisiunile
De a nu pleca vreodată. Nu trăieşte aripa. Nici universul degetelor.
Nu trăieşte inelul mării în ferestre, nici arborele plantat la picioarele
Speranţei. Nici pagina goală a lămpilor.
Am fost dintotdeauna făcuţi pentru înstrăinare,
Nu pentru a fi piatra atârnând în suspinul uşii. Viaţa înseamnă schimbarea
de fiecare dată a pantofilor. A trăi înseamnă a arde în vânt.
Tot ce este vizibil se dovedeşte a fi efemer. Fiecare gură se satură de vânt.
Timpul negru sărută zidurile memoriei.
În felul acesta rămâne doar eroismul pernei în gol.
– Cine ne-a dat aripi de naufragiat, nopţi de saramură?
– Am văzut plecând fiecare flaut. Fiecare ţiglă. Fiecare ramură
Frenetică fără a se opri pe terasa pleoapelor.
Am văzut cum pleacă atâţia, încât mi-am uitat singurătatea spumoasă
A şosetelor. – Fantomele sunt singurul lucru care rămâne în memoria mea.
Totul pleacă din faţa ochilor, din porii mei, din osteneala mea.
–Dacă ai fi aici, tot nu ar avea sens ceea ce durează:
Piciorul de cerb din măruntaie, ujushte păstos, putred,
Al cuvintelor, acest craniu de durere al ruginii care subminează
Caii fulgerelor şi prezicerea neclară a virnanţului pe timp de noapte.
Şi este adevărat, atunci, că nimeni nu mai trăieşte această singurătate, doar închisoarea
Surdă a fricii, burniţa în curtea tâmplelor,
Care de fiecare dată capătă puterea diamantului
Şi este adevărat, atunci, că limba vidului sărbătoreşte
Pentru a umple întregul volum al ochiului, al gurii şi al urechilor.
–Plecăm. Ne abandonăm. Nu ştiu cum trebuie să trăim în umbră,
Scaunele obosite de praf, mănuşile de pânzele de păianjen
Pe faţă, pumnalul lunii argintii care ne răneşte, vulturul
Care râde mereu la momentul nepotrivit, băltoaca de güishtes în călcâie.
Şi este adevărat, atunci: plecăm. Ne abandonăm…





ABANDÓ
poema d'André Cruchaga traduït al català per Pere Bessó




—No vive ya nadie en mi casa —me dices—; todos se han ido.
La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados.
Nadie ya queda, pues, que todos han partido.
CÉSAR VALLEJO




Què ens queda, doncs, del sostre i del dia? —L’urgent neguit
De la llàgrima, la feixuga mossegada de la vehemència, l’aire viciat
De les mans, el camí incert del batec.
Alguna vegada, terbe, beguérem la germanor de les paraules. La set junts
Chapotejant en les aigües del foc, entre la redonesa de la fulla
De la bresca, l’obedient claror de les mans, les promeses
De no partir mai. No viu l’ala. Ni l’univers dels dits.
No viu l’anell del mar en les finestres, ni l’arbre plantat al peu
De l’Esperança. Ni la pàgina en blanc de les llànties.
Sempre estiguérem fets per al desafecte,
No per a ser la roca penjada al sospir de la porta. Viure és canviar
A cada estona les sabates. Viure és cremar-se al vent.
Tot allò visible es torna efímer. Tota boca es cansa del vent.
El temps, negre, besa les parets de la memòria.
D’aquesta manera només resta l’heroïsme del coixí en el buit.
—Qui ens donà ales de nàufrag, nits de salmorra?
—He vist anar-se’n cada una de les flautes. Cada una de les telles. Cada branca
Frenètica sense aturar-se a la terrassa de les palpebres.
He vist partir a tants, que oblidí l’escumejant soledat
Dels calcetins. —Fantasmes són l’únic que resta en la meua memòria.
Tot se’n va dels meus ulls, dels porus, del meu afany.
—Si et trobares ací, tampoc no tindria sentit allò durader:
El peu de cèrvol de les entranyes, l’ujushte pastós, podrit,
De les paraules, aquest crani de dolor del rovell que soscava
Els cavalls del llampec i l’auguri gens clar de la ruda a la nit.
I és cert, aleshores, que ja ningú no habita aquesta soledat, llevat de la presó
Sorda de la por, l’erm al pati de les temples,
Que cada volta cobreix força de diamant.
I és cert, aleshores, que la llengua d’allò buit fa el seu festí,
Fins a ocupar tot el volum de l’ull i la boca i les oïdes.
—Partim. Ens abandonem. No sé com devem habitar les ombres,
Els tamborinets cansats de pols, els guants de les teranyines
En la cara, el punyal de la lluna argentada que ens fereix, el voltor
Que ens riu sempre a deshora, el safareig de güishtes als albellons.
I és cert, aleshores: partims. Ens abandonem…

Baratària, 07.VIII.2010





ABANDONO




—No vive ya nadie en mi casa —me dices—; todos se han ido.
La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados.
Nadie ya queda, pues, que todos han partido.
CÉSAR VALLEJO



¿Qué nos queda, pues, del techo y del día? —La urgida desazón
De la lágrima, la torpe mordida de la vehemencia, el aire viciado
De las manos, el camino incierto del pálpito.
Alguna vez, creo, bebimos la hermandad de las palabras. La sed juntos
Chapoteando en las aguas del fuego, entre la redondez de la hoja
Del panal, la obediente claridad de las manos, las promesas
De no partir nunca. No vive el ala. Ni el universo de los dedos.
No vive el anillo del mar en las ventanas, ni el árbol plantado al pie
De la Esperanza. Ni la página en blanco de las lámparas.
Siempre estuvimos hechos para el desapego,
No para ser la roca colgada en el suspiro de la puerta. Vivir es cambiar
A cada rato los zapatos. Vivir es quemarse en el viento.
Todo lo visible resulta efímero. Toda boca se cansa del viento.
El tiempo, negro, besa las paredes de la memoria.
De este modo sólo queda el heroísmo de la almohada en el vacío.
—¿Quién nos dio alas de náufrago, noches de salmuera?
—He visto irse cada una de las flautas. Cada una de las tejas. Cada rama
Frenética sin detenerse en la azotea de los párpados.
He visto partir a tantos, que olvidé la espumeante soledad
De los calcetines. —Fantasmas son lo único que queda en mi memoria.
Todo se va de mis ojos, de los poros, de mi afán.
—Si estuvieras aquí, tampoco tendría sentido lo duradero:
El pie de venado de las entrañas, el ujushte pastoso, podrido,
De las palabras, este cráneo de dolor de la herrumbre que socava
Los caballos del relámpago y el augurio poco claro de la ruda en la noche.
Y es cierto, entonces, que ya nadie habita esta soledad, salvo la prisión
Sorda del miedo, el páramo en el patio de las sienes,
Que cada vez cobre fuerza de diamante.
Y es cierto, entonces, que la lengua de lo vacío hace su festín,
Hasta ocupar todo el volumen del ojo y la boca y los oídos.
—Partimos. Nos abandonamos. No sé cómo debemos habitar las sombras,
Los taburetes cansados de polvo, los guantes de las telarañas
En la cara, el puñal de la luna plateada que nos hiere, el buitre
Que nos ríe siempre a deshora, el charco de güishtes en los calcañales.
Y es cierto, entonces: partimos. Nos abandonamos…

Barataria, 07.VIII.2010

sábado, 3 de septiembre de 2011

ESTIGMA DEL DESASOSIEGO


Camino, marcado por los estigmas de este tiempo, los desasosiegos
que producen las pústulas en el alma, insectos, arácnidos
en la piel del hálito: converge en secreto la zarza del silencio,
las semillas en el abrojo como signos del murmullo y la ruda faena.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





ESTIGMA DEL DESASOSIEGO




Escribo en el olvido
en cada fuego de la noche…
JUAN GELMAN




Camino, marcado por los estigmas de este tiempo, los desasosiegos
que producen las pústulas en el alma, insectos, arácnidos
en la piel del hálito: converge en secreto la zarza del silencio,
las semillas en el abrojo como signos del murmullo y la ruda faena.
Entre la rama de espinas he ido sorteando el camino
de lo que fue y es: el mar de alacranes muerde el pensamiento,
los santos fieles que respiran a la deshora de esta lengua
confiada en las estrellas. Ahora dudo de todo.

Aquí fluye la herrumbre de mis poros,; todo esplendor sólo
es reflejo de la luz y no luz cierta. En los horcones espera el invierno
los relámpagos, las pupilas tardan en descifrar lo ignoto.
Sé que me hace falta el diccionario de la claridad para que mis ojos
hablen de caudales, del pulso que se yergue en las estatuas.
En cada estigma de mi cuerpo descubro sábanas empapadas de sudor,
días de ojos vaciados por la salmuera.
Vivo a ciegas la ola del viento, pero no el puñal que saje la breña
de los intestinos, los demonios que me amanecen en el alfabeto.
En este tiempo anclo mi ropa y recuerdos en el armario del aire:
todo el filo de los recuerdos en mi cofre de caoba, las tejas infinitas
enarbolando sus aristas, las añoranzas amarillas del ombligo,
casi sepia los nombres a cuestas de la harina, el perfil del prófugo
purificando sus evocaciones a la hora de subir a la luna blanca
de la hostia en su plenitud noctámbula. Confieso que pongo a hervir
mis pústulas, y en la cesura del garbanzo, viven como mi corazón,
desviviéndose hasta desbordar el dique de su propio mundo.

Para mientras llego, devuelvo mis miedos a la flama,
a todos aquellos muertos que saltan del espejo y transitan en las ascuas del cuerpo.
Me he quedado en el muro de esta sombra,
aguas con cirios que no faltan en las venas, caras quemándose
que nunca entiendo porque el estrépito deja caer mis lentes,
las manos también que remiendan el vacío. Hay momentos
que todo es total desvarío: la puerta que se abre a los cipreses,
las ventanas distorsionadas por el sepia de la espuma,
el plato roto cruzando el mapa del aceite. He acumulado pócimas
sin ningún resultado. Todo es espera o vertiginosidad en las grandes
 ciudades que apenas hay tiempo para el afecto,
tiempo para masticar el arcoíris, tiempo sin embudos para la esperanza.
Cubro mis llagas con el ungüento de la brisa,
pero siempre migra lo estable, el soplo que de firmeza a los días.

Dudo de todo: quizá mi enajenación no tenga cura mientras
no encuentre el pleno olvido de los pétalos.

Barataria, septiembre de 2011

viernes, 2 de septiembre de 2011

SIMBOLISMO DEL CAPULLO


Tal vez un día, dure la luz de ciertos simbolismos: la virginidad
de los desarmes, los mínimos timbales en las enredaderas,
encontrarnos en el mismo barco del tiempo, sin las tapias
de las persianas en las pupilas; hemos callado, sí, pero también
horadado los zaguanes, no sólo las puertas;...





SIMBOLISMO DEL CAPULLO




Y alguna de mis fibras se desata y encuentra un lugar en determinados casilleros.
A ella regreso como a mi fuente,
allí siento el lugar y la disposición de mi espíritu.
ANTONIN ARTAUD




Tal vez un día, dure la luz de ciertos simbolismos: la virginidad
de los desarmes, los mínimos timbales en las enredaderas,
encontrarnos en el mismo barco del tiempo, sin las tapias
de las persianas en las pupilas; hemos callado, sí, pero también
horadado los zaguanes, no sólo las puertas;
aprendí en la intimidad del capullo que todo ahogo viene de ciertos conjuros
y que nada, además, es fortuito.
Hubo aroma en cada pétalo del timbal, escribimos sobre el papiro
de los poros, diversas sombras de tinta, páginas de alucinantes campanarios:
ahora parece sólo un recuerdo el tragaluz
de la memoria, la fragancia perdió sus coordenadas,
la sombra porfía desprendida de las sábanas, porque al final
nada fue en el metal del día: cada pálpito se hizo sal y no semilla,
la historia casi siempre rompe el poderío de la fantasía,
la geografía de los sueños para volverlos adustas espinas,
hirvientes premoniciones del desarraigo.
Siempre el dique será un refugio para la vocación de los orgasmos,
aunque discurra ciego el hálito y el filo transitivo
de las tormentas, sitie todo sin primeros auxilios.
Con todo y las distorsiones naturales del invierno,
el vuelo empieza ahí, en el designio que no da esa lámpara
del insomnio, pócima del capullo en la fogata de la entraña.
—Me desvivo, así, con este extraño universo, oscuro espejo
de claridades inciertas, vitral del júbilo, mapa de mis extravíos;
en la proximidad, el hermoso capullo de tu sexo en mi memoria,
el hilo colgante de los rieles, y todo lo innombrable
como un velero en las sienes. Con el tiempo,
me he dedicado a ver en el espejo las lunas derretidas del zodíaco,
tatuarme con ciertos fetiches, volver de vez en cuando,
al asombro del pañuelo: un día, amarrados los cuerpos
desconcertaron las aguas, lamieron la impaciencia y el delirio,
invadieron los cuerpos de caballos y tinajas. Luego vienen,
como ciertos pájaros, la migración irreparable de la espuma,
los himnos de la marcha al compás del reloj roto
de los cuerpos brindados; luego la evocación de la sombra
de la llovizna en el cuenco de los ojos.
Con todo, hay una voz deambulando en la caligrafía,
rincones de cristales respirando en la cotidianeidad de la ínsula
oscura de mi memoria…

Barataria, septiembre de 2011

jueves, 1 de septiembre de 2011

ÍNTIMA LUCIDEZ DE LA VENTANA


En la íntima lucidez de la ventana, la costumbre insobornable
de mirar hacia el horizonte; puede que no sea siempre,
pero sigo aquí, dejando que el ojo sea el testigo de cada momento
colgado del paraje. Aquí han transcurrido las semillas
de la noche, ciegos árboles con tedio, harapos polvorientos
en el alma, áureas reminiscencias del tiempo que abriga...
Imagen tomada de Miswallpapers.net





ÍNTIMA LUCIDEZ DE LA VENTANA




Tanta sorpresa se agita en su copa de bastos.
Tanta alegría y tanto dolor secreto.
NANCY MOREJÓN




En la íntima lucidez de la ventana, la costumbre insobornable
de mirar hacia el horizonte; puede que no sea siempre,
pero sigo aquí, dejando que el ojo sea el testigo de cada momento
colgado del paraje. Aquí han transcurrido las semillas
de la noche, ciegos árboles con tedio, harapos polvorientos
en el alma, áureas reminiscencias del tiempo que abriga
mi propia demencia: alguien inventó los sueños para andar
sobre los ríos, las diversas edades de la ceniza calan con su voracidad
crujiente, con esas telarañas propias del crepúsculo.

Como todo, mis razones abominan esta miseria que se cierne
como el alba: el humo horada la costumbre de ver a través
del espejo las esquinas del pañuelo. Sin duda es casi solemne,
—desde aquí— retroceder en el tiempo,
lavar ojos y pies en el lavabo de las jerarquías de la noche
o el día, devolver la ternura a la hora de la comida sin la estrechez
de los manteles. Debo pensar en la extraña flama de los féretros;
cada nombre en la voz, se ha ido haciendo tierra del tiempo,
distancias próximas a la barba, azogue de poros colgados
de las ventanas; y es que, todo esto pasa por mi mente
—de principio a fin—como el péndulo que oscila en la penumbra
y luego brota, testamentario, en el alba.

(Siempre esta intimidad ha estado hecha de huellas manuscritas
en el polvo, aún así, se ha profundizado en el pecho
esta honduras, frío ceñido en el hierro de las aldabas.)

De otro modo, cuando la meditación se abre al resplandor,
viene lo pétreo, despiertan las hojas amarillas de los sentidos,
el cuerpo abierto a la nostalgia, a los días segados
por los tejados que se ven desde la distancia.
Suele pasarme todo esto frente a la lucidez de las ventanas,
en el umbral, la demencia del firmamento, el almacén de las hojas
cayendo, la luz rasgando las pupilas, a veces la simplicidad
de mariposas que surcan las paredes de la demencia.

A la claridad breve que se cierne sobre mis sienes,
le siguen los caballos oscuros del pensamiento,
las monedas sin bolsillos, o los bolsillos sin monedas suficientes
para no ensordecer frente a mi rostro. Así que,
escribiendo el poema, miro todas las formas posibles de nube
y tierra e intemperie; siempre juego a los domingos,
aunque concluya en el galope de las esquinas, despojado
de transparencia: al final, ésta es más dolorosa que cargar
sobre los hombros, un ataúd de cansancios y recuerdos.

Barataria, septiemre de 2011