ÁRBOL DE LA
DEMENCIA
Al lado de la noche nos persiguen las sombras, la
escarcha fugaz
del tiempo, hosco y perenne en el pecho, la tierra
donde cabalga
el viento sobre el pinar, nos turban y amedrentan los
sueños,
los nombres que borra el silencio, muda historia
perdida en la sed,
pedregal y abrojo, la casa de adobe con sus murmullos
de teja
llovida, lluvia entre ramajes que se abre en el
cuerpo, mientras
caminamos solitarios y descorre la duda sus
fragancias.
Tras la oruga disuelta en los ojos, todo el rebaño
nocturno del aire.
Lluvia frenética en crisantemos de ceniza sostenida en
agujeros
de plástico, el pueblo entre grietas, apedreado en su
designio
de jaula, jaula perpetua disfrazada de país.
(Allí, entrelazados los dientes del matapalo, el
subibaja del ojo
como guante entre la goma que hace gemir a la madera).
Rotos los zapatos, se ahoga el césped en los pies,
viene el desvelo:
todos los cementerios acechan cargados de pájaros
muertos,
¿quién mastica las raíces del crepúsculo y clama al
Papa y a Dios
y quita de sus costillas los gusanos, la gota de
multitud machacada
en las costillas? —Por cierto, que ahora cultivamos
heridas,
y hacemos con la ruda invocaciones frenéticas, hasta
el punto
de quedarnos desnudos en el llanto, obedientemente
inconsolables.
Por si fuera poco, unas cuantas monedas no lavan al
cordero.
Del libro:
«Sintaxis de la fuga», Barataria, 2014
©André Cruchaga
Imagen André
Cruchaga.