viernes, 13 de enero de 2012

MANANTIAL TERRESTRE


Después de todo, la realidad es tan fiera como el falo del perro
apareado en las aceras, sin ningún estupor hasta que la puerta
de la ficción se abre al soluble paladar de la aurora.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





MANANTIAL TERRESTRE




Esto de no ser más que tiempo espanta.
CARLOS MURCIANO




Y en la propia destrucción de la piel, habitamos el manantial
terrestre de la vida como dos grandes fuegos abatidos
por el crepúsculo, la aurora en el declive de las estatuas.
En cada servilleta del desplome de los relámpagos, atisbo
los horcones de las trompetas, la floración del pájaro
en la edad del incendio, el párpado avizor de la demencia
de los espejos, —ataúdes con cicatrices en las baldosas donde
todos los días los transeúntes dejan un pedazo de sus poros.

Vivimos en este hueco de gastados intérpretes, entre el vaho
que arrojan las axilas, atrapado en la sobremesa del olfato;
las almohadas giran como panes disecados alrededor
de múltiples sobresaltos, duermo sobre la tumba de los bolsillos,
algunas veces desestimo la costumbre de caminar en el abismo,
de limpiar el espejo de los lobos con sollozos,
de lamer la jaula del nudo ciego de la boca,
de sentarme al trasluz del taburete de la noche que siempre finge
días con estrellas y me habla de bosques alentadores,
de umbrales donde se puede contener la respiración adusta.
(De hecho, cómo saber si en la noche no vendrán los cuervos
a cobrar su cuota de carroña, aun con cerrojo el sudario,
el matorral descorre su propia noche: tumbas de frío tengo
cada vez que busco respuestas en el absurdo.

¿Quién puede borrar el pozo del grito en la garganta, y llamar
y ser oído y salvarse del espejo de sangre que acecha?
Alrededor de mi las escaleras enloquecidas de los ojos…)
Hay días que necesito olvidar las largas noches de desvelos:
necesito olvidar mis equivocaciones, el papel y el lápiz
y adentrarme en el ombligo del paraguas, el fuego cegado
del azúcar, en el ojo sin dardo de las flechas.

Siempre es cruel la aguja sobre el dedal que sostienen las ventanas;
un día más, un día menos, la declaración de principios del jardín
que rodea los párpados en el vaivén del péndulo.
Encerrado en esta rueda de luciérnagas fugaces, la brújula
en la leche del nido, las postdata de los dientes, la sartén
apretada en el aceite, aquella mujer de mirada estacionaria,
tendida en el tapiz de la emboscada.

Después de todo, la realidad es tan fiera como el falo del perro
apareado en las aceras, sin ningún estupor hasta que la puerta
de la ficción se abre al soluble paladar de la aurora.
En el vértigo del manantial, alcanzamos la pizarra flotadora
del velamen, y las almas, —nuestras almas, alcanzan el libro
ilustrado del instinto, la hojarasca que sin duda sirve, entera,
de festín para cubrir nuestra herida…

Barataria, 06.I.2012