lunes, 22 de enero de 2018

LUGAR DEL FUEGO

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LUGAR DEL FUEGO




Esta es la misma estación que descubrimos juntos,
a pesar de su rostro frente al fuego,
y de nuestras sombras movidas por la llamas.
Jorge Teillier



Por Jason way o Richland Avenue camino sin traje
y sin prendas fastuosas;
me gustan las sombras de ciertas araucarias.
Y el agua que brilla en el asfalto.
Las autopistas se abren a mi parpadeo de visitante.
—Sombreros de neblina cubren las sienes mías
y las de ella, acostumbrada
ya a ese trajín de las grandes urbes.
(Claro, aquí no es igual al paisaje agreste de Lake Oswego,
Eugene o Salem:
La saliva de la niebla ondea en Rose Garden;
en Jason way el calor quema la cara
y cuesta leer sin sombrilla.)
Caminamos sobre andenes de nostalgia;
soñamos la desnudez que nos desvela.

Nuestro afán es de viajeros sin un itinerario preciso:
carecemos de agenda,
tampoco nos interesa el desplome de la bolsa de valores,
ni los litigios geopolíticos de las grandes naciones.
Preferimos hablar
de cosas más sencillas:
de nuestras caricias,
de las ventanas
que en sosiego nos permiten ver el horizonte…

(En sus manos dejo de ser errante.
En sus manos, digo, la orfandad mía
no triunfa
y la sangre en el pecho avanza ágil.)
Caminamos llenos de sol viendo balcones celestes
—nos miramos alejados
de la presencia del reloj perdidos en la porfía de cierta locura;
recordamos la celebración de la aurora
en Catherine Everett Park o el Garrison Park:
da igual para nuestras sienes llenas de luz;
(con sus ojos en los míos me bastan sólo dos.)

Ahora no nos importan las fronteras si tenemos el deseo,
si la voz viene
sin herrajes por la calle prolongando nuestras puertas hasta el pecho.
En su boca puedo encontrar un cielo jugoso de ventanas.
—Ese nido
donde mueren las ausencias
el navío de la sed limpia los ojos.
Caminamos por los alrededores de la University Avenue.
Recuerdo las mañanas y noches de nieve en las calles de Beaverton:
un frío intenso en la estación del ferrocarril o en los aparcaderos.
Parecía una eternidad el ardor en la piel.
Un miserable tiempo en el pecho.
Bajo las ardillas fumaba y fumaba casi con desesperación;
entre Marlboro
y nieve transcurrían las lecciones diarias de artes liberales.
Ahora hemos vuelto a recuperar las palpitaciones,
los cuerpos dados,
a ese sueño que nos vuelve sutil esfera,
en medio de vulnerables
combustiones.
Con todo eso la capacidad de los latidos aumenta.
Caminar juntos nos permite no sentir el tiempo:
—Un día lo haremos
por las calles de La Habana y junto a las olas del mar Caribe
pondremos nuestros pies desnudos
tal como fueron siempre sin zapatos.

Otro día lo haremos sobre la arena de Valparaíso,
teniendo por espejo
esa legión de barcos amarrados al Océano Pacífico…
Quizá regresemos a los pájaros con nuestra piel ligera,
sin que la fatiga
en los ojos se haga evidente.
Quizá aquélla luz, hoy sea luz abierta.

Por Jason way o Richland Avenue caminamos sin más destino
que esas calzadas de nuestro aliento.
Storm lake quedó en el recuerdo,
la calle Séneca
o el rail road estation lamiendo rieles petrificados,
con su trompa helada, con su impaciente nieve en las ventanas:
 —ahora la vida nuevamente nos enciende de pinos
y nos besamos
con las hojas verdes del cuerpo,
con el fuego vívido de nuestra propia tierra.

Barataria, 23.XI.2008
Del libro “CUERPO DE POSTRIMERÍAS”, 2008 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

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