domingo, 16 de junio de 2024

DUELO REVIVIDO

 

Imagen tomada de Pinterest

DUELO REVIVIDO

 

¿Quién yace aquí, caído en el grito de la arcilla? Sólo las atrocidades

de los imposibles, allí, congeladas las cicatrices, revivido el duelo.

¿De qué nos sirven los axiomas en un mundo de saliva?

Negra saliva de campanarios ahorcados, revividos en la oración

de los enfermos de sífilis o tuberculosis.

Negra la cantera de lo insólito, viejas bocinas de niebla almidonada,

cometa de huesos de un invernadero donde arden las ventanas.

Días de mortajas:

alrededor de la mesa la sal escarba en los ojos, retumba la garganta

sus rastrojos, consume las plegarias.

 

En la confusión del paisaje, el reloj en cuclillas de jeroglíficos.

En todas partes, el río trenzado del aliento, al punto de la extinción,

salvo por el duelo que se guarda a los deudos.

Obra es de los fumadores de tabaco mordiendo sus raíces.

De los trescientos años de imperio 1521-1821que impusieron

a sangre y fuego su idioma, religión, costumbres y sistema político,

las guerras civiles del siglo XIX entre las élites liberales

 y conservadores con sus respectivos muertos.

 

Ninguna mano se alza en mi mano para hundirse en el sol.

Desnudez total cuando el instante muele los pensamientos.

 

Siempre supe que la tormenta es más efímera que la eternidad

de las luciérnagas, que ese viaje agorero de los umbrales,

y la ráfaga cuya inmolación nos dura toda una vida.

 

Del libro: «Final de espantapájaros», 2013

©André Cruchaga

Imagen tomada de Pinterest


miércoles, 12 de junio de 2024

SALTO AL VACÍO

 

André Cruchaga

SALTO AL VACÍO

 

 

Y abajo el cuerpo flotando en sus miedos como otro mundo sitiado

por las aguas del más adusto aliento.

En la palpitación de la edad, los días inconclusos, los recuerdos

que vuelven al mar hasta vaciar las obsesiones del alma.

En derredor se «arremolina una gran hoja marchita en mis recuerdos

irremediables», caen al vacío ojeras y embarcaderos,

caminos de trauma zodiacal, descomunales traumas de una jornada

que se lleva adusta en la espalda.

 

¿Qué sed me empuja a dar este salto al vacío? ¿Qué calle imantada

baila en mis ojos, cáncer y estiércol de fonógrafo de juguete?

¿Qué conjuro hace sangrar mi aleteo, y atravesar repetidamente

lo siniestro de nacer ciego y de rodillas?

Me detengo frente a la hipnosis de los agujeros, al analfabetismo

de un pájaro, a los excrementos del fluir del universo.

 

—Me muerdes en tu laborioso sofoco, —digo, sin ningún reparo—,

me hartas al disolver mis entrañas de campesino incauto.

Uno descubre la audacia hasta que la luz se encarruja en los sentidos.

Hasta que la travesía urge de suturas.

 

Mañana, ante lo inminente, saltaré de nuevo como lo hace el zorzal.

La gravedad lo entiende, lo entiende el paraíso robado

y el escapulario sostenido en ambas manos.

Mientras tanto, toco fondo para ver si existo; hay despojos

en el sánscrito del desván.

 

Del libro: «Final de espantapájaros», 2013

©André Cruchaga

 


miércoles, 5 de junio de 2024

DESMESURA DEL APÁTRIDA

Imagan tomada de Pinterest

DESMESURA DEL APÁTRIDA

 

Siempre huye el ojo al compás del golpe de ataúdes. Siempre ciego

el confín negro de los témpanos,

la voz olvidada en el hueco de los grises.

«Mi tierra es hosca y tiene espinas que hilvanan con alambre

las desgracias; ella hace de uno estertores errantes.»

Sobre el polvo o el asfalto la ceniza heredada a los hijos.

 

(Nada era ya recuperable, lo sé ahora).

 

Todo fue desproporción y desmesura. Todo fue estallido de muerte.

A esta fecha no le encuentro misterio al suicidio, más allá del ijillo

que se adentra en los poros del vigía.

 

Mejor abrocho la camisa de los milagros, por si acaso.

Tuve que salir del patio de mis convulsiones, dura capa de granito

la curva del vértigo, la superficie desbocada de las trepidaciones.

 

Quizá un día

estemos frente a frente, sin postigos, abiertos a la semilla).

 

—En la plaza de la memoria, lo humano del viento

con su acostumbrada almohada, hace lo suyo.

 

Toda brasa al final es inhóspita antítesis, así reza en el catecismo

de la ceniza, símbolo sombrío de la puerta…


Del libro: «Final de espantapájaros», 2013

©André Cruchaga


 

sábado, 1 de junio de 2024

ANOCHECER EN EL ESTANQUE

 



André Cruchaga


ANOCHECER EN EL ESTANQUE

 

Maniobra la noche en el viejo paraguas del estanque. Allí, callado

el brocal de las sombras, la neblina que deshojan las luciérnagas,

el viento metálico como una soga al cuello.

No hay nada y sin embargo oigo los cascos de caballos

deshaciéndose, una orqueta de agua y vacíos, el silencio mismo

que ronda mi cabeza, entre estatuas y litografías, las partituras

de nuestra historia patria y ciertos payasos alrededor del fango.

Junto a las orquídeas, anochece, todo se funde en una mitología

dentro de tiestos carbonizados.

 

Es casi sorda la hora al borde del horizonte que se amarra al polvo:

nada nuevo brota de las semillas de las certezas, salvo las mismas

conjeturas, salvo la ciudad que se desvanece con sus calles.

Pero no sólo anochece en la nostalgia, sino en el rostro que va

perdiendo habitantes, brazos, fluidez de palabras.

Ahora dudo hasta del agua que aún brota a borbollones;

Una luna de gabardina blanca cuelga de la pared de piedra de la casa.

 

—Tengo tantos recuerdos, como aquellos cuando andaba descalzo

sobre la arena, hundidos pies en la alacena del entusiasmo.

Ahora en las cunetas la orfebrería destruida.

 

(Todo lo humano se pierde en las mareas amargas del tiempo).

 

Debí saber que el presente es transitivo y no fuego encarnado

en los dientes; no sustancia de víveres inmutables.

 

 

el libro: «Final de espantapájaros», 2013

©Fotografía André Cruchaga

©André Cruchaga



jueves, 23 de mayo de 2024

CASA DONDE ANIDA EL PONIENTE

 

©Pintura -Oswaldo Guayasamín


CASA DONDE ANIDA EL PONIENTE

 

Hice sin saberlo mi propia casa, mi casa donde no hay dilemas

irreparables ni tristezas rotundas: el poema que cada día abre

la ventana y, entre las aldabas del aliento, hace resaltar el tiempo.

Cuanto se abre la vena del conjuro, el destello cotidiano

de las mochetas, la viga colmada de arcanos.

—Siempre tuve la suerte de leer entre las sombras, aquellas paredes

de monólogos fugitivos,

los días derribados por la noche, el vasto pájaro

de la razón con sus versos.

 

Alrededor de mí, los centímetros salpicados de madera y rocío,

la desnudez llovida de la eterna campana del césped.

(La casa mía en medio del caserío, hecha de adobe y habitada

por la melancolía y yerbas prendidas en los zapatos,

siempre en mis ojos como la imagen de un perro herido).

 

Igual que la respiración de la brasa, las corrientes del viento

en las sienes, el aleteo siempre tibio de lo inédito.

Cerradas las puertas es otro universo el que nos mira y retrata.

Recurrente la oscuridad, los periplos borrosos del país que tenemos,

Los topónimos eufemísticos de la inseguridad y manipulación.

 

Nunca muere la audacia si el aliento florece en el rocío;

nunca el poema deja de ser ascua, cuando éste es casa de vida

y alumbramientos.

 

 

Del libro: «Final de espantapájaros», 2013

©Pintura -Oswaldo Guayasamín

©André Cruchaga


jueves, 16 de mayo de 2024

HUELLAS DEL RASTROJO

 

©Pintura -Oswaldo Guayasamín


HUELLAS DEL RASTROJO

 

El horizonte a punto de ser mar. Sólo mar en la flor del aliento.

Al límite el ápice de la espuma sobre la piedra huye el infinito:

solo es cuestión de tiempo para que la duda se disuelva,

para que la sombra abra su cuaderno sordo de rastrojos perdurables.

Cada golpe ha endurecido los rieles de los trenes, arden

las concavidades de la neblina tras el barceo absurdo del desgarro.

 

(A veces solo recuperamos pedazos de historia, un hueso, una mano,

entrañas despedazadas, cráneos vaciados de memoria, negaciones

y soledades, destinos que se perpetúan en lo subterráneo).

 

¿Hasta cuándo se hace visible la desnudez de la sospecha?

Innumerables voces suenan a tragedia en este universo paralelo.

—Siempre la terca manía de caminar sobre pantanos,

casi al borde de las bocanas del infierno, entre alas de avejentados

crepúsculos, entre ruidos errantes y vespertinos.

En los cuerpos clausurados, sólo la huella de los rastrojos, el cielo

descalzo de las aguas y el luto como pálida campana sujeta a la piel

de las calles, calles, calles donde uno huele la tristeza.

 

En el tiempo venidero estaremos atados a otro lenguaje siniestro,

caerán persianas y baldosas para instaurar un nuevo pódium,

el país estará bajo las botas, cara sobre pared, masticando hambre.

 

Del libro: «Final de espantapájaros», 2013

©Pintura -Oswaldo Guayasamín

©André Cruchaga


jueves, 9 de mayo de 2024

THE STUMBLE OF THE LAMB

 

© Painting - Oswaldo Guayasamin


THE STUMBLE OF THE LAMB

 

 

Between the fog and the sidewalks, stumbling on fasting, angel's arcan

and their battle, esoteric basins of sacrifice. The purple breath

of dreams, some oblivion that passes scratching the wind.

When walking, however, the white rose of dew, touches the border

from my pupils, without tissues the carpentry presented.

But yea, martyrdom, death, though it be not upon mount Zion,

but in a small country that gets muddy when it goes to the slaughterhouse.

Each one, in his own way, reinvents the impatience of distress,

round evocation of longings, the moth in the eyewalls of a mutilated innocence 

and those vigils of clumsy pages horribly whipping

inexorable way sadness.

At the feet of Christ descends the despair of last night.

 

—Even in the sweat there is dignity when one stands upright:

life is only a second of wind or light.

 

On the shore of the forging of my memories, the petrified lamb

on the ember of sacrifice, the clichés black of time,

the calendar with its junk film, museums

for nostalgia, and taciturnal and stoic collectors fixation.

Nevertheless, let the seahorse of the present go away

of the broken moan of the scapulars:

it's better this way, to a perpetuity of deadly fears and darkness.

 

From the book: Scarecrow End, 2013

© Painting - Oswaldo Guayasamin

© André Cruchaga


miércoles, 1 de mayo de 2024

ENRAMADA INDISOLUBLE

 

©Pintura -Oswaldo Guayasamín


ENRAMADA INDISOLUBLE

 

Cegado el polen, el aire, la luz, disueltas las palabras, ahogadas

las esquinas del vértigo, volvemos a la irrealidad del horizonte:

el cobertizo y la chamiza acumulan sombras petrificadas,

los troncos de nuestra materia enmohecida, los días idénticos

a los azacuanes o zopilotes, los días con un crucifijo en el corazón.

¿Podemos, acaso, anunciar el desfallecimiento, el humo amargo

de la memoria, todas las noches juntas que ardieron en el desierto?

—Debajo de mis venas sostengo la pústula nocturna que mordió

el aliento, la piedra que deshizo mis zapatos, las ramas entrelazadas

con una trompeta de batallas fenecidas.

 

Cuando el día es lo suficiente claro, no se necesita de árboles

dispersos ni de candiles para que acompañen la soledad.

En los días venideros descubriremos el Ave Fénix con cuerpo

y rostro sin las cenizas de la noche.

 

Hablo con mi sombra, —claro— indisoluble en el follaje.

Mi sombra epicentro de olivos de antepasados,

desbordamientos como ceniza de tormentas acumuladas abriendo

la boca, hermosas muchachas de ensoñación, desesperada mi égloga

anciana, plumas de pájaros en las horas del día, luego la lengua

de mi prehistoria, fija, perenne, perdurable,

soportando todas las devastaciones, soportando al cuerpo que anida

aves de rapiña, dientes de humo, movedizos sonidos que hacen

del tiempo una desnudez insoportable, descendida a un campo

de fantasmas colosales, la pobreza.

 

 

Del libro: «Final de espantapájaros», 2013

©Pintura -Oswaldo Guayasamín

©André Cruchaga


martes, 30 de abril de 2024

ARGILE DU RUDIMENT

 

©Peinture -Oswaldo Guayasamín


ARGILE DU RUDIMENT

 

Hydratée la profondeur du trafic des copretérites du banc

Je reste éclaboussé de vignettes dans une bouche de solitude.

J'enfonce mon hurlement dans les chaussures du zodiaque, j'arbole la guérison

de mes genoux, l'accordéon de boue de ma névrose.

Je rassemble les morceaux d'argile et je les accroche dans la presse de délire

des courants d'air de la cachette, rudiments que les yeux

dévorent avec un appétit de feu et des branches de brouillard crépues.

Ensuite, je lisse les cheveux noirs du quotidien, trouble et cruel.

Quand je m'enfonce dans ma propre ombre, l'eau perme l'armure de tous les oiseaux 

qui me soutiennent et de ceux qui cherchent un feutre.

Malgré l'argile néfaste du paradis, je marche sans crainte de la nuit.

Sans crainte de la nuit je monte des pierres comme des ascenseurs,

le toucher a souvent guidé mes yeux pour traverser des lunes de mésaventure.

Le temps n'est pas vain : chaque fois il devient ductile, définitif et sévère,

le corps respire circulaire autour des sédiments.

—Voyez-vous mes bras et mes pieds enfoncés dans l'humidité croissante

de la boue près du mur planté de mes jours ?

Tout se construit avec avidité : l'encre qui rejette les barreaux,

le galop dans les éventails de grottes avec des chauves-souris marécageuses.

Sans plus tarder, je réarme mes propres rudiments, l'âme sort du noir,

l'haleine grandit depuis les râles de l'air.

Au début organique de mes mots de sang, le son circule,

l'existence que l'on brûle dans le port de tant de rêves.

 

 

Tiré du livre «Finale de l'épouvantail», 2013

©Peinture -Oswaldo Guayasamín

©André Cruchaga

Traducción al francés de Dumitru Ichim


lunes, 29 de abril de 2024

CALLES DE ABSURDAS BISUTERÍAS

André Cruchaga

CALLES DE ABSURDAS BISUTERÍAS

 

 

Para aquella voz irrestañable que perdí, insoluble y bípeda,

—hoy, sólo calles de delirio—, quizás la vigilia afilada

sobre el asfalto, las aguas monocordes de los adioses y la duda

que volvió miseria los jardines.

C a l l e s de apariencia y espejismo, sofocos con eructos y bostezos,

calles con partitura de náusea, resonantemente pobres en un país

de alas achicadas y cansadas de bisutería.

 

A oscuras la última flama de kerosene, los papeles sucios y mojados

en las cunetas, la fragilidad pulsante de lo efímero en la punta

de la lengua, engusanados paréntesis de penumbra.

C a l l l e s     c a l l e s donde de verdad se agota la vida ciudadana;

la única certidumbre es desaparecer enteros o pedacitos,

el azar abre braguetas y escotes,

nada es absurdo ante el cinismo y sarcasmo del poder.

 

—Todo se repite con los espasmos y quebrantos:

las horas en las aguas sucias del reloj, el aliento de las baratijas

con sus escamas, el canto oscuro de los desheredados de la tierra.

C a l l e s   y   c a l l e s hijas de la miseria.

 

Vivo blasfemando en medio de la mendicidad, entre lo absurdo

y grotesco, junto a la nada cuya orgía duele.

Así, entre los zapatos obscenos de la noche que embiste.

 

 

Del libro: «Final de espantapájaros», 2013

©Fotografía André Cruchaga

©André Cruchaga


 

sábado, 20 de abril de 2024

HORIZONTE DE DEFUNCIONES

 

©Pintura -Oswaldo Guayasamín


HORIZONTE DE DEFUNCIONES

 

En la línea del horizonte tiembla la defunción de mis ojos

con su iris tocando los relámpagos que trastornan mis sentidos.

El orden de las cosas es el desorden de los ojos: alfileres por doquier,

las siete cabritas del sonambulismo,

la imprenta de los pájaros tras la herida huracanada de cohetes.

En el sombrero de los claveles, amarra el sol su hamaca de destellos.

Arde el relieve de los zapatos cuando busca el horizonte,

la sola imagen de los epitafios en el poniente.

Llevamos el «lastre de un fósil loto amóvil entre remansos»,

de bostezos y muertes estancadas en la modorra de la obscenidad.

Todo resulta trivial y deficitario cuyo horizonte está hecho

de redundancias hazañas que nos cuentan historias apócrifas,

bisagras en perífrasis sin engrase, poca aproximación a la empatía,

falsos mundos que deforman la memoria.

En detrimento de los derechos civiles, la rancia apostema del empeño

vano de ser solo conjetura, rostros sin destino social,

no para la oligarquía que contrala a su antojo los negocios

del hambre y propicia el control del pensamiento.

Mientras arrullan su fastuosa riqueza, otros su propio fósil.

 

Del libro: «Final de espantapájaros», 2013

©Pintura -Oswaldo Guayasamín

©André Cruchaga



martes, 16 de abril de 2024

OFICIO MATUTINO

 

André Cruchaga


OFICIO MATUTINO

 

 

En la hora del rocío, el poema abre las puertas de mi pecho, abre

de par en par los onomásticos del invierno,

abre la hazaña a través del filón de multitudes, huellas de sombras

de cuando era niño, aperos que uno quiere reivindicar en el fuego

de las palabras, palabras que se acomodan en los zapatos.

Abre la contradicción presunta de la luz, hasta el desvelamiento.

Abre los mingitorios erráticos de la historia, la mirada abigarrada

del anciano, los escrutinios de la caverna en la que vivimos.

Abre la jaula terrosa del país, el orgullo nacional bañándose en tiesto

de ceniza, charco de heredades omnipotentes.

Abre este calvario de frac y burocracias, de pestañeos inmortales

en una tierra de marginados, sin casa, tierra, comida.

Es fácil advertirlo, mi oficio comienza desde la flecha que dispara

el sol luego limpio las manchas dejadas por la noche anterior,

los ojos frescos se empeñan en el ala del pájaro y en el amor crecido

de los perros que me acompañan,

de lo remoto de un mar que no conozco surge el poema a orillas

del petate de los muchos muertos que llevamos.

Nunca es trabajo este yunque lleno de sueños y acantilados.

 

Del libro: «Final de espantapájaros», 2013

©Fotografía André Cruchaga

©André Cruchaga


lunes, 8 de abril de 2024

DESNUDEZ DEL HOMBRE CENTINELA

 

©Pintura -Oswaldo Guayasamín


DESNUDEZ DEL HOMBRE CENTINELA

 

Escrito está en el poema, el infinito de los poros, el universo corporal

de las palabras: allá donde amanece el mar con sus fuegos líquidos.

(En medio de los días derramados, las ínsulas disueltas del vigía

en la habitación del vacío.)

Quizás los vértigos en exceso de alfabeto, quizás la piedra fría

de la muerte abrazando anticipadamente, los últimos trapos rotos

que el lenguaje muerde en su exorcismo.

—Por si acaso, me quedo ciego frente al conocimiento de los pinos.

Ciego de divagar en pastizales húmedos, erizo de rimas inútiles,

Al borde de la cerradura el hombre, los cronómetros de ceniza,

el deletreo de la mirada hacia esquinas de crines donde se enreda

el absoluto, el violín del ciego talado de su esperanza, un día

y otro día, la desnudez que arde de olvidos.

Un día y otro día mirar pájaros en verjas con candados oxidados,

un día y otro día el hombre ahí, centinela de sus propios demonios,

marcado por un tiempo que le gime en los hombros,

devorado por el alambre de sus propias ansias.

Un día y otro día bodega de horror penitente el hombre se entrega

a su propia herida y muere como rata sobre las aceras.

 

Del libro: «Final de espantapájaros», 2013

©Pintura -Oswaldo Guayasamín

©André Cruchaga


martes, 2 de abril de 2024

RELECTURA

 

Imagen ©Pintura -Oswaldo Guayasamín


RELECTURA

 

Después de tantos psicoanálisis, el complejo de Edipo cava abismos

en el laberinto matriarcal de las abejas.

Por suerte, las relecturas cambian el rumbo de las cárcavas históricas

nunca despreciables en el montepío de una sociedad capitalista.

Si me quedo en este mundo atropellado, muero arrastrado

por tentaciones, por eso prefiero abrirle el camino al viejo alquimista

que supera la tragedia humana, la inacción es una tragedia maléfica;

siempre pienso en Goethe tirado sobre el pasto de Wetzlar leyendo

a Homero, y a la sombra, Lota, extensión concedida del tiempo.

Entre tanto las pupilas se desfiguran en el lenguaje ensombrecido

de alguna elít que mama la leche del crepúsculo junto a los difuntos

del nuevo orden que vivimos.

Por convicción prefiero la lluvia para lavar todas las asperezas

del aborto decadente que soy, de la máquina-hombre y los mercados

embrionarios del futuro tan desiguales como el país en donde vivo.

En la aureola de algún santo seguro habitan comerciantes

de fármacos, boticarios del viejo orden para curar diarreas sin el uso

de plantas medicinales, claro que Virgilio se reiría de estas cosas.

Aquí por cierto no se construye otra Troya ni ha nacido otro Eneas.

 

Del libro: «Final de espantapájaros», 2013

© André Cruchaga

Imagen ©Pintura -Oswaldo Guayasamín