domingo, 9 de agosto de 2026

ENCUENTROS IMAGINARIOS

 

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ENCUENTROS IMAGINARIOS

 

 

La utopía del tiempo en los encuentros imaginarios con la memoria,

sal como la neblina hasta el cuello,

seco mis ojos para que no se hunda el agua en otro absurdo

como las fotografías a media asta del subconsciente.

Ante el variado despojo, el silencio por razones de seguridad.

Nunca son diáfanos los pensamientos en medio de la noche

ni en la ebriedad que emerge del viento

ni en la palabra luciérnaga tan antigua como mis abuelos,

o ese incendio de aldabas tras la lluvia

ni en el cielo falso del sollozo donde seguramente reposa el grito

y la mecha del candil al otro lado de la mañana.

Y la fatiga en la escarcha fría de las zanjas.

 

(Me he quedado a oscuras entre los matorrales de la nostalgia

y los chiriviscos que quedan alrededor de la boca.

Estoy, sin embargo, custodiado por olvidos y encuentros imaginarios,

huertos oxidados de la que fue la hoguera,

nuestra juventud fugitiva, la sed sin saciarse desde su raíz.

Es terrible, ahora, pensar en todos los juegos de la infancia.

Son terribles, los juegos alrededor del ombligo.

Acordarme de los peces es un acto supremo de memoria,

aunque ya nada sea, aunque aquella aurora ahora se vea frágil.

El cardo de sangre muerde los cuerpos.

No he dormido desde que la taza de luz entró en la carne.

Muchos imaginarios merodean alrededor de reflectores

de hojarasca y lecciones excavadas;

a cada quinqué le deshago el nudo de hollín que hizo el abandono).

 

Ante tantas distancias, ya no sé de qué costado dormir,

ni qué noche se hace más vieja que la polilla ni qué fruta despierta

en ventanas sin cortinas ni qué límites hay al cerrar los ojos.

De a poco se van conociendo las costillas del país y su anemia.

Y su ruiseñor en las yemas de la indiferencia.

De a poco, en medio de la noche, imagino encuentros contigo.

Mis ojos no se cansan de sentir la espesura de tus besos,

tampoco la piel en su empeño ilusorio.

 

—Vos, maduraste muy luego ante el ojo de agua del cántaro,

luctuosa te hundes frente a mis empeños, esquiva, ahora,

con tu cuerpo adolescente, con tu abatimiento silencioso.

—Yo leí la primera crónica de viajes de nuestras andadas

sobre los huecos que me producía el ansia.

Ahora lo sé. Aquí el aprendizaje te hace voraz;

la soledad es también un acto de valentía.

 

(Hay faroles oscilantes en los ecos largo desfile de ataúdes convertidos en íntimos mástiles dentro del puerto de la madera sin embargo descansan las campanas acodadas sobre la flauta muda de la lengua en lo profundo del estremecimiento el cuerpo sólo anhela la túnica ceñida al cuerpo: atrás la hierbabuena y el cilantro la pimienta errátil del aliento atrás la posdata del ala el libro de las urgencias o el río al límite de lo oscuro —hoy es mi turno para sosegar los peces de la locura y vivir la noche adentro y que acabe el cansancio del minuto (entre la niebla y la lluvia se despeñan las húmedas cornisas el desuello del espíritu) quedan atrás las callosidades del calendario los ojos que una vez acumularon cuerpos las manos que limpiaron la miseria (aquí sin embargo fluye lo inmóvil) ¿puedo esperar otra luz cuando la tierra es definitiva? ¿puedo sentarme a la diestra sin apagar los candelabros sin dejar de saber del final ciego? ante el cuerpo sabe el pulso de la libertad).

 

Del libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 2018, 2019, 2020

©André Cruchaga

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Barataria 


domingo, 2 de agosto de 2026

NOSTALGIA

 

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NOSTALGIA

 

Allá afuera, en el mundo, está tú.

Comiendo tú sin mi

Tu hambre, tu pan, tu vino y tu mañana.

ANTONIO GALA

 

 

Ella solía caminar, —me lo dijo una vez—, caminar, caminar

sobre los viejos pólipos de los andenes y la hojarasca:

nada extraño soportar los miedos en una ciudad desconocida

con semáforos fríos y zonas peatonales sucias.

Yo sé que toda la nostalgia es una telaraña que rompe el pedazo

de tempestad de alguna guitarra sobre las vísceras de la eternidad.

Durante muchos años se gastaron las uñas en el asfalto del grito

del horizonte, en esa demasiada carga de los sueños

que nunca caben en los brazos ni en las costillas.

La guerra abonó a la fiebre del destierro.

Ella solía caminar, —me lo dijo una vez—, junto a la nieve

y a los rascacielos en un tiempo de marcadas contradicciones.

 

Allí la hirieron de muerte la falta de ternura y los depósitos 

sin afeites en los aparcaderos, la rutina del miedo y la ausencia,

en un paraíso de ratas y crepúsculos.

Solía ir y venir tras los golpes descuajados del aliento.

Siempre fueron agónicas las madrugadas en el vacío, irresuelta

la espera. Estéril el antifaz del páramo.

 

(En Des Monies aletean las cicatrices del frío,

duelen los desvelos blancos de toda la bruma.

Duele anclado el corazón en este hielo

de Seneca St., u Oneida St., hasta perderse uno en Wanatee Park).

Duelen las fisuras reales del país. Duele la casa inhabitada.

Duele saber que hemos vivido en medio de tantas disonancias

y que a ratos sucumbimos al abatimiento.

 

Al final de todos estos silencios, ¿quiénes somos en lo remoto

de la lejanía? ¿De qué olvidos hablamos al despertar del sueño?

Ignoro si es memorable este lento follaje que envuelve la memoria,

todas las estaciones imposibles, los fuegos grises de la hoguera,

los conjuros convocados, o las tantas noches de nieblas y remolinos.

Entre nieblas mordiéndote la cara, dormías y caminabas,

una joroba de soledad descendía de la luna,

y se adentraba en tu pecho,

mi pecho, miserable

e invernal.

 

Ella solía caminar, —me lo dijo una vez—, justo hasta perderse

en las gradas del espejismo de una hoguera de sonidos.

Y en ese crepúsculo enroscado en los goznes lechosos de la nieve.

Siempre el mismo personaje jugando con su sombra.

Siempre presente la infancia, tan lejana como el país gobernado

por sombras. En su lecho jamás hubo otra risa ni puertas.

Como Kafka, la piel rara del contrasepulcro.

Desde el interior el pecho azotado por un mar de relámpagos,

un mar, ELLA, el delirio del yo y el tú, gritándonos,

a veces inmutable, a veces el eco de lo cotidiano y el abandono

en su forma de negación, prostituido el caos de la creación.

ELLA solía caminar devorando la humanidad de la noche,

los piojos de la fatalidad, viscosos cuerpos en los aparcaderos,

lascivos peces sangrando sobre el bestiario incurable del silbo.

Dentro de las aguas de la nostalgia, esa violencia de los imaginarios,

que no desarticula los desastres, sino que los vuelve automatismos

de su propia mitología.

 

 

Del libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 2018, 2019, 2020

©André Cruchaga

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Barataria


lunes, 6 de julio de 2026

RELECTURA DE LA NOCHE

 

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RELECTURA DE LA NOCHE

 

La noche tiene ojos sin pupilas
y largas manos…

PHILIPPE SOUPAULT

 

Entre los dientes de la noche los pájaros picotean y duermen

largos recuerdos, los gritos del viento que no esperan a nadie;

con sus manos releo el cascajo que ha ido dejando

el último invierno,

los albañales decrépitos,

atornillados

a la turbulencia de los sueños.

Una fosa guarda aún zapatos y cabellos,

La noche taladra mis ojos

con la negrura del tiempo.

 

Largos sueños encima de las ramas de los árboles,

brazos de un reloj que agota su savia,

espacio donde la muerte parece ya una estrella.

Los suspiros impalpables lamen la noche

de principio a fin.

Una gota de sangre,

permanece,

en la pared.

 

La vida está expuesta al puñal del moho de viejos violines,

al granito de la vida entumecida,

a la tos de la mesa y a la mueca de una hoguera calcinada.

Ante tanta ruina solo pido piedad,

piedad por el niño que se asfixia,

piedad por el perro arrojado a la calle.

Las manos de la noche hacen sudar los ojos.

(Y vos permanecés allí con tu sed de peregrino, con tu sed

carbonizada transitas el instante,

con tu aullido de pánico

habitas el mundo).

 

Toda realidad empieza en el hambre como acto

de supervivencia;

luego realidad y hambre

nos embriagan

como las palabras.

 

Cada noche la plaza se queda sin noticias.

Igual que el silencio suspendido en el sueño.

 

El crédito, las vendedoras, las gargantas secas,

se van con el pueblo en sus bolsillos,

se van con las pupilas puestas en sus delantales,

con las palabras en los canastos,

con la mísera ganancia que no alcanza para comprar

algo de mayor valor

a la angustia o la tristeza.

 

Hoy he olvidado por completo el calendario,

he olvidado las homilías, y la noche santa de feligrés taciturno,

los sermones que nos pasan orinando las sienes,

las risas que los teléfonos transpiran con obscenos jadeos,

los años míos que ya no sirven para un tango

ni recitar poemas con públicos de dos, tres, cuatro displicentes

oyentes cuyo oficio es aplaudir.

O sobrevivir al desencanto del crepúsculo

que teje el paladar

en su jaula transformada

en tumba.

Cuando me empeño en los sueños,

el miedo avanza como la sangre del horizonte

manchando

los barquitos de papel

de ese otro mundo inocente.

Entrando al desvestidero de los grises,

los cirios, el azogue

inundan de golpe las estaciones

de autobuses.

 

A mis tantos años de poner los pies

sobre la bruma,

es difícil que el arco iris abra su vitral

como un pájaro.

Es difícil pensar la primavera

en esta tierra

de velas y deudas.

 

Es difícil que los ojos vean ríos de otros mundos.

Lo que miro son signos irreales

de un pedazo de tiempo,

herraduras que no se olvidan

con un par de cervezas,

muros con zaguanes oscuros,

sepultureros

a la altura del dintel

y gente que mercadea la pobreza.

El reloj se ha vuelto perro carnicero junto a la noche.

 

Junto a la nada. Junto al hueco del pecho.

 

Ahora me toca humedecer el pensamiento con sordomudos;

suspirar los fantasmas de la calle,

refugiarme, —si es posible—,

en el inocente ataúd de la alegría,

o sobrevivir,

a este espacio de pespuntes

y planos superpuestos.

 

La noche se harta todos los lugares visibles.

Un caballo de huesos arrastra

los pensamientos y la casa;

alrededor nuestro lo abyecto

cubierto de aguardiente y epifanía.

En mi pecho aletea la piedra

de esta carne rota.

Siempre fue extraño

un puñal de felicidad

en nuestros ojos.

 

Del libro: «Relectura», 2012

©André Cruchaga

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Barataria


miércoles, 1 de julio de 2026

ARDOR DE TIERRA

 

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ARDOR DE TIERRA

 

He recorrido kilómetros de ventanas, de brisa y cobijas,

Puertas cuarteadas por sepultureros,

palabras fugaces como el fuego del sinfín,

leyendas de piedras que muerden el horizonte, 

de la última eternidad que habito.

Desciendo sobre ojivas de puñales con los pies carcomidos:

arde el último cementerio oxidado

de la noche.

 

Cada ser humano no deja de ser racha de nostalgias:

siempre el rostro húmedo

al recorrer otros rostros fugaces;

la belleza está en la habitación de los amantes,

perforar el lecho destejiendo el oráculo,

donde se esconde la respiración y el tiempo,

bocas galopantes,

en la almohada.

 

Desde los ascensores, escaleras, desde los mares de ultramar,

nos desgastamos al descubrir que el fuego o la luz,

delata las rigurosidades del confeti,

los apetitos insondables del sueño,

agonizamos en el símbolo

del minotauro, agonizamos,

en la leche pasteurizada de corbatas,

agonizamos

con una oscuridad irrevocable,

ahí alcanza su mayor esplendor el sacrificio:

quedamos impávidos dentro de esta jaula amenazante,

pero somos Teseo en el Laberinto,

revelaciones punzantes

del universo que a menudo nos niega sus propias lámparas.

No. Somos Nadie

con un cenzontle de carbón

entre las manos.

En qué tierra estamos,

la voz es un jardín

de cruces en el espejo.

 

Recordamos la claridad cuando estamos invadidos

por sombras; lo sabemos, ahora, que buscamos el fuego,

incluso, en el pajar del tabanco,

en la sangre del precio que pagamos

por vivir en medio de rachas

de herrumbre,

junto al hongo que oscurece el libreto

que debemos representar con agonía:

la comedia, la simple tragedia

de pertenecer a la trastienda de la muerte, buscando

el hambre sin hollín,

la mordida en el espejo.

 

Morimos cuando nacemos ensimismados en la sábana

del fuego, así de simple y natural,

como las palabras del juicio infinito,

del cual somos extraños delantales,

aire difícil de sorber

en la chimenea de la salmuera.

Viajeros somos en la cercanía del muro que se alza,

digamos, como un torvo fantasma amanecido,

perenne siempre la horda

del desasosiego,

en el cebo que nos mantiene en vilo.

Siempre estamos así mordiendo el hisopo de los meses:

¿descansaremos después de tantos años

de alfileres o habrá siempre

que resignarnos a ser peregrinos invisibles

en este tizón de sombras sobre nosotros?

Sin duda habrá un ovillo,

tal vez no como el de Ariadna, pero

ovillo al fin, que nos saque de esta fiebre de naipes,

donde nos deshagamos del despojo,

del escombro de asperezas

como un fuego indefinido.

Casi leyenda estos nudillos en la conciencia:

«te pudres lentamente, mientras todos yacen dormidos»,  

el ojo aletargado en la herida,

—el día con sus temblorosas bocas, la muchedumbre

como una sola boca ardiendo en la manada del vestuario,

sin pulimentos en la historia de la noche.


Del libro: «Relectura», 2012
©André Cruchaga
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Barataria


martes, 16 de junio de 2026

CONSTELACIÓN DE LA INFAMIA

 

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CONSTELACIÓN DE LA INFAMIA

 

 

Mi inocencia me da ganas de llorar. La vida es la farsa en la que todos figuramos.

ARTHUR RIMBAUD

 

 

Vileza y maldad, son herramientas que usan los malhechores

de la infamia; ellos no solo maúllan, sino que tuercen

la realidad. Son los que se tapan la cara frente a la historia.

Ahora se ha vuelto una cábala

para desafiar los mediodías,

es el nuevo orden donde hay zonas de penumbra.

Todo está así, violento y destruido,

tomado por el óxido;

palpable la saña,

duele su lacerante óxido,

el peso sombrío sobre la esperanza,

los ataúdes que emergen

deliberadamente de esta conjunción oscura de voluntades.

Los seres en penumbra desfilan en medio de la noche:

muerden su propio rictus,

lamebotas de un tiempo absurdo,

heladas piedras dentro de ciertos escaparates,

tierra donde

sólo es posible, el abrojo y las lechuzas.

 

Me río cuando los veo con su desvelo permanente:

me conmueven,

ciertamente,

sus gotas de veneno y su infelicidad;

esta constelación de buitres

siempre halla el camino a oscuras,

jamás apuntan de frente, jamás dejan su guarida y escombros,

ante la verdad desaparecen

y se esconden como ratas o serpientes;

la misma insania

los extravía,

parecen seres grotescos cuando el rayo los desvela.

 

—Andan entre la noche y el día y no desperdician

la muerte para seguir muriendo en su propia ciénaga;

la transparencia los aterra,

los enardece la palabra diáfana,

el aire conocido,

pero jamás los salva la inclemencia de sus huesos,

la mente ruina de su masturbación nocturna.

Son seres espectrales en la animosidad del moho,

Flautas de descomunal escoria,

crisálidas sordas de la tierra.

Debo confesar que me conmueve su perseverancia,

 su acopio de sed virulenta, su sabiduría para el mal,

su mente de ardorosa ceniza.

 

Viven el día a día con las pestañas colgadas de las esquinas;

mientras caminan

escupen los demonios que llevan dentro,

ellos por desgracia están condenados a esta ficción infame,

a la ilegible montaña azul de la felicidad.

No pueden ser felices.

La felicidad es su propio martirio,

viven librando el destino dentro de la ceniza,

ahorcados por la blancura de la luz,

crecidos de cadenas donde se devalúa la libertad,

purificados por su naturaleza de vampiros.

Son frutos que están ahí en su negación de humanidad y patria.

Ellos permanecen en la noche como mercenarios, extraños,

desplazándose entre los muertos.

Ellos tronchan o asesinan vidas; no les importa en Evangelio.

 

Me río cuando los derrite la desesperación,

cuando juegan a la oración

y deshacen los crepúsculos del escapulario

de tanto transpirar,

de tanto ver al prójimo como enemigo,

de tanto desvanecerse en su orina y excrementos.

Me río, claro, de todo este drama de oscuridades:

nunca la verdad ha sido losa fría,

sino una vívida fragancia de espejos,

que de pronto, pone sobre la mesa,

zarza y vuelo y pañuelos.

Sé que un día los veré con algo de rabia y, tal vez, consuelo,

escuchando el veredicto:

la maldad, a fin de cuentas, no encuentra

puerta segura para guarecerse.


Del libro: «Relectura», 2012

©André Cruchaga

Imagen tomada de Pinterest,

Barataria