martes, 16 de junio de 2026

CONSTELACIÓN DE LA INFAMIA

 

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CONSTELACIÓN DE LA INFAMIA

 

 

Mi inocencia me da ganas de llorar. La vida es la farsa en la que todos figuramos.

ARTHUR RIMBAUD

 

 

Vileza y maldad, son herramientas que usan los malhechores

de la infamia; ellos no solo maúllan, sino que tuercen

la realidad. Son los que se tapan la cara frente a la historia.

Ahora se ha vuelto una cábala

para desafiar los mediodías,

es el nuevo orden donde hay zonas de penumbra.

Todo está así, violento y destruido,

tomado por el óxido;

palpable la saña,

duele su lacerante óxido,

el peso sombrío sobre la esperanza,

los ataúdes que emergen

deliberadamente de esta conjunción oscura de voluntades.

Los seres en penumbra desfilan en medio de la noche:

muerden su propio rictus,

lamebotas de un tiempo absurdo,

heladas piedras dentro de ciertos escaparates,

tierra donde

sólo es posible, el abrojo y las lechuzas.

 

Me río cuando los veo con su desvelo permanente:

me conmueven,

ciertamente,

sus gotas de veneno y su infelicidad;

esta constelación de buitres

siempre halla el camino a oscuras,

jamás apuntan de frente, jamás dejan su guarida y escombros,

ante la verdad desaparecen

y se esconden como ratas o serpientes;

la misma insania

los extravía,

parecen seres grotescos cuando el rayo los desvela.

 

—Andan entre la noche y el día y no desperdician

la muerte para seguir muriendo en su propia ciénaga;

la transparencia los aterra,

los enardece la palabra diáfana,

el aire conocido,

pero jamás los salva la inclemencia de sus huesos,

la mente ruina de su masturbación nocturna.

Son seres espectrales en la animosidad del moho,

Flautas de descomunal escoria,

crisálidas sordas de la tierra.

Debo confesar que me conmueve su perseverancia,

 su acopio de sed virulenta, su sabiduría para el mal,

su mente de ardorosa ceniza.

 

Viven el día a día con las pestañas colgadas de las esquinas;

mientras caminan

escupen los demonios que llevan dentro,

ellos por desgracia están condenados a esta ficción infame,

a la ilegible montaña azul de la felicidad.

No pueden ser felices.

La felicidad es su propio martirio,

viven librando el destino dentro de la ceniza,

ahorcados por la blancura de la luz,

crecidos de cadenas donde se devalúa la libertad,

purificados por su naturaleza de vampiros.

Son frutos que están ahí en su negación de humanidad y patria.

Ellos permanecen en la noche como mercenarios, extraños,

desplazándose entre los muertos.

Ellos tronchan o asesinan vidas; no les importa en Evangelio.

 

Me río cuando los derrite la desesperación,

cuando juegan a la oración

y deshacen los crepúsculos del escapulario

de tanto transpirar,

de tanto ver al prójimo como enemigo,

de tanto desvanecerse en su orina y excrementos.

Me río, claro, de todo este drama de oscuridades:

nunca la verdad ha sido losa fría,

sino una vívida fragancia de espejos,

que de pronto, pone sobre la mesa,

zarza y vuelo y pañuelos.

Sé que un día los veré con algo de rabia y, tal vez, consuelo,

escuchando el veredicto:

la maldad, a fin de cuentas, no encuentra

puerta segura para guarecerse.


Del libro: «Relectura», 2012

©André Cruchaga

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Barataria


martes, 5 de mayo de 2026

REESCRITURA EN LA GARGANTA

 

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REESCRITURA EN LA GARGANTA

 

Hay una fuerza oscura

que nos llama.

ÁNGELES MORA

 

Quiero que sol, fuego y sombra, sean hogueras permanentes,

raíces blandas crepitando en la garganta de multitudes reales,

cielos puros para comprender los nombres:

la rosa de luz inmunizada hasta el punto de fusión total.

Esa reescritura de brazos que no desaparece ni se sepulta;

sobre el infinito quiero la almohada temprana del día.

 

Digan lo que digan, hay tantos miedos derramados, sinuosos

en las calles, cobijas rotas, presentes del sufrimiento que nunca

envejecen, bacinicas en la boca de la noche, al punto de subir como hormigas por los aleros de la brisa.

Digan lo que digan hay necesidad de tocar, ahora, la conciencia del hombre y deshacer los témpanos del relato oficial.

 

¿Cuántos días he tenido amarga mi boca, amarga también

tu boca, años agridulces de sillas, literas donde nadie duerme

ni discurre, días cruzando la calle de arrayanes y limones,

la estulticia a través de la garganta hasta el punto de agonizar

en el cemento, gotas adhesivas de locura en medio de nombres

que no pueden nombrarse ni habitarse porque la oscuridad

de los relojes los desordena y los ciega,

los habilita para que sólo anden en la solapa del viento,

casi invisibles como la habitación gastada en las uñas?

—Hemos vivido tanto en esta irrealidad de ausencias y ocasos

que un aforismo pudiera despertarnos.

 

En la miel de abejas se pierden las nubes de una lágrima,

todos los hígados rotos del olvido,

el camino del cuerpo que quemaron los cigarrillos en la sábana

hecha por las ovejas que se cuentan en el desvelo,

insomnio perpetuo del agua fermentada,

agonizante del armario cargado en el tejado de los párpados;

un día, después de todo, la tortura sube a la garganta

como la marea del litoral olvidado, césped gastado de la bruma,

y sin embargo aquí, piedra de horizontes, abierto pájaro

en este mantel blanco que anhelo como hostia en los brazos.

 

La garganta también es un navío de recuerdos: años despiertos

en el pecho sin que se puedan restaurar los sueños,

a punto de hervir en el calendario cóncavo de los cambios

de estación, propios del camino de los litorales de mar ciego,

cerca del violín filial de nuestras manos, mudez y ausencia,

enjambre del reloj en la boca, tabaco giratorio del horóscopo,

aquel cojín de párpados que atravesó sigilosamente el poro,

convertido luego en moho, moho del grillo

y sus argumentaciones en voz vacía de cerradura, en sombra

de podrida fruta, planeta de batallas campales,

al punto de ya no ser, sin dejar de ser noche gastada, celda,

cementerio al borde del plato con sobornables cucharas.

 

Con todo, quiero ganarle un lugar sin tortura a la garganta,

después de peregrinar entre la breña de las criptas y el insulto

y tanto nombre, nombres después de caminar con duras alas,

después de ser la sal mi única trinchera, el amor con plazo

de caducidad entre la murmuración de respiraciones fallidas,

después de vivir hasta el cuello con lámparas amargas,

con caramelos de espinas, palabras de salobre garganta,

ceniza traída de la afonía.

Nombres y nombres escritos en las vigas de un burdel,

Nombres que llaman.

Nombres que recordamos.

Nombres que se fueron.

Sombras.

 

Con todo, debo darle vida al organillo de los espejos,

quitar las credenciales a la fatiga, buscar el ojo de los puntos cardinales,

morder de un tajo las estrellas desafinadas

del crepúsculo, solo así es posible el santo rosario de los trenes

en la garganta y todo aquello que tiene que ver con la desnudez y la misericordia.

 

Del libro: «Anatomía de la intemperie», 2011

©André Cruchaga

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Barataria

 


viernes, 17 de abril de 2026

DÍAS ENTRE PINOS Y LADERAS

 

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DÍAS ENTRE PINOS Y LADERAS

 

Aquí el latido de los días entre pinos y laderas, el oído sobre la piedra para escuchar su crepitación. La ciudad y las culpas, distantes, esa otra historia que no se desea contar. Duelen, sin embargo, soledad y monotonía: el zinc del bostezo apremia junto al gris de la ternura. Nunca falta el cierzo para embriagar mis ojos, la epidermis de las semanas y el mundo ciego que estalla en mi tacto. Supongo que un día se agotarán las sombras, pero no las vigas para sostener los días felices, no el manantial que me da la embriaguez, no el colibrí verde de tus pezones que me sobrevive en el paladar. (Mi alma yace en tus ojos; muérdeme como una noche estrellada, pon tu vientre en mi tórax, aletea como un pez alrededor de mi boca).

 

Del libro: «Penumbra de la llama»,

©André Cruchaga

Imagen tomada de Pinterest,

Barataria.


domingo, 5 de abril de 2026

COSAS COTIDIANAS

 

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COSAS COTIDIANAS

 

 

ya no leo los periódicos,
leer la prensa cada día,
es abrir una pequeña tumba de papel.

JULIA OTXOA

 

Cuando quieras reprender a alguien, no uses los proverbios,

sino un crisantemo, un pájaro, aunque sea de papel o madera.

Ante un semáforo en rojo también los transeúntes

se paran para dar vía al otro que lo embiste.

En política no se habla de muertos porque todos son cadáveres.

A menudo invocamos a Dios para certificar nuestras maldades.

Dudo de la bondad inusitada, no de la maldad cotidiana.

En la claridad no se necesitan palabras, las palabras

son claridad, por eso hay que dejarlas para la noche.

Cuando el amor naufraga es necesario un centro de acopio

o de beneficencia, caminar sobre hortensias.

Las migajas, aunque sean de azúcar, siguen siendo migajas.

Quizá el poeta no va a misa porque no le gusta golpearse

el pecho cuando la pobreza también sangra en el lenguaje.

Un día seremos libres con nuestro cadáver enfrente.

 

La paz, de pronto, es un papel blanco en nuestro cerebro.

El sol alumbra para que cada quien se mire a los ojos

a través del espejo prestado a los muertos.

El crepúsculo arde en su sombra cuando el fuego se apaga.

En los callejones del pensamiento las neuronas se arman

de puñales y en una monarquía de presidios.

Un beso siempre quema como el rocío en los párpados.

El ojo en el libro es como el arado en el surco.

Ninguna certeza vale más que una cama con sábanas.

Si los pensamientos galopan es porque hay dentro un caballo

queriendo ganarles la desnudez a los vendavales.

 

A los enemigos siempre hay que buscarlos entre los amigos.

Cuando se conspira contra el aire, uno se queda sin respiración.

Los peces gordos siempre andan un botín en sus bolsillos.

Siempre que deseo hablar de cosas íntimas, acudo a las bragas

húmedas de tantos besos.

A menudo Satanás anda en medio de nuestra propia sombra.

El espíritu de Dios está en la luz, de ahí la abundancia

de candiles y velas. Eso dicen los enamorados del Evangelio.

Cuando los gritos son de alegría, los alelíes se vuelven azules.

El amor para que oxigene hay que andarlo en bicicleta;

de otro modo sería un sueño entumecido.

 

No hay brasero más devastador que el de la propia lujuria.

Eso lo aprendí al percibir «el gemido en la noche».

 

Para encontrar la noche, es necesario caminar descalzo

entre las sombras o descender al vientre con un papito

de golondrinas en le pecho.

El odio da miedo y es devastador como el moho y la oscuridad.

Me conforta el cierzo de las espigas: es como el aceite

para ungir el cuerpo en aletazos de papiros.

Un prólogo, a menudo, es una lágrima que atraviesa
la garganta semejante a un minotauro de licor.

Callar, digamos que es traspasar el umbral de los coloquios.

He renunciado al corazón para encontrar el camino

de las distancias, solo así el puñal dentro del pez se vuelve

inmemorial tanto como un resplandor de cuero.

Doble herencia o anhelo: que los pájaros coman alrededor
de mis manos, sin blasfemias ni sigilos ni carcomas.

Este día prefiero la delgadez del alfiler a la viga del vecino.

En el pórtico del crepúsculo, una armónica canta oscuras

Amapolas y largas trenza de leche para cachorros.

Alrededor, la noche: la siega de los recuerdos.

 

 

Del libro: «Penumbra de la llama»,

©André Cruchaga

Imagen tomada de Pinterest,

Barataria.


domingo, 22 de marzo de 2026

ESTAMPA DE CERRAJERO

 

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ESTAMPA DE CERRAJERO

 

 

Muerde a mansalva el azafrán de las hojas, el desvarío

del sudor, el ápice del tórax en la cerradura. El grano de abismo

o los párpados de la llave invertebrada de voces.

Muerde el caballo de anís, el invierno umbilical en el reino

del subsuelo, la mesa de césped donde hundo el reojo.

Titubeo alrededor de la almohada no de la humedad del sueño

en la respiración de todo cuanto devora el hierro.

Ciego de altar, me turban las miradas —ahí la gota ígnea

en las manos, el polen de las poluciones en caída libre,

el arpón lúdico en el rascacielos de la profundidad,

el décimo mandamiento a pie y sin paraguas que se vislumbre,

las sílabas en el cestillo de los ijares. Pestañeo de zancos

para sumergir los dedos,

saltar los ojos como una liebre entre aguas mortales.

 

La otra boca lame la totalidad de la puerta de los lóbulos.

—Después, ¿dónde te nombro?

Después, ¿dónde te muerdo, el cielo, el alma, el jadeo?

Después el poro del rocío. Hincada, absoluta, la semilla.

En todos los rincones, líquida, socavados los peces.

—Brilla la resina del cuaderno en la antorcha de los poros.

Ciempiés la saliva en los oídos, el fardo del pestañeo

en el ombligo, el jadeo sin agotar los relámpagos.

Mientras platicamos en la brevedad de las cobijas,

toda lejanía entierra sus huesos.

 

La noche se vuelve una alcancía soterrada en la madera.

Entre asedio y desorden, la abeja resbala en la ventana.

Entre el espejo el azúcar de tus senos,

la canela del ombligo,

el amaranto de los manotazos. El cuerpo entero sumergido.

Entre la esperma y el dátil, el otro cielo del párpado,

la luz que, oscilante llena los confines:

la medialuna de los caracoles, la lengua del apio en el cielo.

Un día no es suficiente para tender la lengua en el vértigo

absoluto, tampoco para revelar todo el Paraíso.

Son necesarios: días, meses, años,

para beber toda la fosforescencia, la sombra quedada

en las sienes, el incendio sin reloj.

 

Te siento interminable de muslos en la embestida.

(Visiblemente ciega la voracidad del cuerpo degollado).

 

 

Del libro: «Penumbra de la llama»,

©André Cruchaga

Imagen tomada de Pinterest,

Barataria.