DURACIÓN DE LA ESPERA
Avanzo hacia ti - sombra
húmeda, (…) con los brazos abiertos.
TEO REVILLA BRAVO
Ya no sé si los meses sobrepasan las barreras del tiempo.
Las minucias de la tarde en el reloj de la espera.
Las palabras espontáneas.
En cada esquina hay cortinas de musgo enrarecido.
Las piedras rebasan las señales de costumbre.
La incertidumbre horada la piel.
La vigilia es la prueba terminal del equilibrio.
De pronto una fotografía es recuerdo y eco.
De otro modo no tendrían existencia los retornos
ni la vigencia que necesitan los fetiches.
No sé si este juego llegará a ser andrajo, polución
de más túneles o ciego telar. O noche de humo.
—El calendario guarda habitaciones confusas:
ahí la claridad se ha tornado herrumbre.
Ahí es posible la profanación.
Esta tierra ya no es de nadie ni albergue seguro. Este tiempo
ciego, —cripta donde yace la herida del cielo.
Me convertí en rehén de sueños: en canícula,
en el callado aldabón de cuadernos desasidos.
Lo cierto es que la rama del fuego va precipitándose hasta ser
ceniza. Hasta ser ese territorio de rodillas.
Le pregunto a los espejos, al desván, por la brasa en la espera.
Ninguna piel agoniza fuera de esta atalaya, de este escaparate
condenado a ráfaga. De este, —digo—, fragmento de piel.
Cumplo con la parte que me corresponde de la promesa:
renuevo el aliento página tras página, sin agotar la memoria.
Escribo entre los perros
muertos en predios baldíos
donde yacen sus
cadáveres y maleza acobardada.
—Un día seré libre en la travesía de las parábolas.
Un día volverá la hoja y el sonido a las estaciones de buses.
Un día quizás hablemos del olvido, del minuto en los poros,
de todo el tiempo en suspenso.
A veces abrimos el cuaderno de apuntes de la noche
y miramos el fondo infinito de la lluvia.
Después de todo, vivo para morir de tanta muerte.
O muero para vivir de tanto seguir vivo.
Un día alcanzaremos los afluentes: los cuerpos uno al otro,
sin llegar a la tarde. Tendremos una escalera de ramas,
y el reino que borre los débitos de la alegría.
Nosotros seguimos destrozados sin que la espera sea tránsito.
Aquí la edad y tu nombre empapados de cuerpo
con sus bocas cerradas.
Del
libro: «Penumbra de la llama»,
©André
Cruchaga
Imagen
fotografía de André Cruchaga,
Barataria.




