RELECTURA DE LA NOCHE
La noche tiene ojos sin pupilas
y largas manos…
PHILIPPE SOUPAULT
Entre los dientes de la noche los pájaros picotean y duermen
largos recuerdos, los gritos del viento que no esperan a nadie;
con sus manos releo el cascajo que ha ido dejando
el último invierno,
los albañales decrépitos,
atornillados
a la turbulencia de los sueños.
Una fosa guarda aún zapatos y cabellos,
La noche taladra mis ojos
con la negrura del tiempo.
Largos sueños encima de las ramas de los árboles,
brazos de un reloj que agota su savia,
espacio donde la muerte parece ya una estrella.
Los suspiros impalpables lamen la noche
de principio a fin.
Una gota de sangre,
permanece,
en la pared.
La vida está expuesta al puñal del moho de viejos violines,
al granito de la vida entumecida,
a la tos de la mesa y a la mueca de una hoguera calcinada.
Ante tanta ruina solo pido piedad,
piedad por el niño que se asfixia,
piedad por el perro arrojado a la calle.
Las manos de la noche hacen sudar los ojos.
(Y vos permanecés allí con
tu sed de peregrino, con tu sed
carbonizada transitas el
instante,
con tu aullido de pánico
habitas el mundo).
Toda realidad empieza en el hambre como acto
de supervivencia;
luego realidad y hambre
nos embriagan
como las palabras.
Cada noche la plaza se queda sin noticias.
Igual que el silencio suspendido en el sueño.
El crédito, las vendedoras, las gargantas secas,
se van con el pueblo en sus bolsillos,
se van con las pupilas puestas en sus delantales,
con las palabras en los canastos,
con la mísera ganancia que no alcanza para comprar
algo de mayor valor
a la angustia o la tristeza.
Hoy he olvidado por completo el calendario,
he olvidado las homilías, y la noche santa de feligrés taciturno,
los sermones que nos pasan orinando las sienes,
las risas que los teléfonos transpiran con obscenos jadeos,
los años míos que ya no sirven para un tango
ni recitar poemas con públicos de dos, tres, cuatro displicentes
oyentes cuyo oficio es aplaudir.
O sobrevivir al desencanto del crepúsculo
que teje el paladar
en su jaula transformada
en tumba.
Cuando me empeño en los sueños,
el miedo avanza como la sangre del horizonte
manchando
los barquitos de papel
de ese otro mundo inocente.
Entrando al desvestidero de los grises,
los cirios, el azogue
inundan de golpe las estaciones
de autobuses.
A mis tantos años de poner los pies
sobre la bruma,
es difícil que el arco iris abra su vitral
como un pájaro.
Es difícil pensar la primavera
en esta tierra
de velas y deudas.
Es difícil que los ojos vean ríos de otros mundos.
Lo que miro son signos irreales
de un pedazo de tiempo,
herraduras que no se olvidan
con un par de cervezas,
muros con zaguanes oscuros,
sepultureros
a la altura del dintel
y gente que mercadea la pobreza.
El reloj se ha vuelto perro carnicero junto a la noche.
Junto a la nada. Junto al hueco del pecho.
Ahora me toca humedecer el pensamiento con sordomudos;
suspirar los fantasmas de la calle,
refugiarme, —si es posible—,
en el inocente ataúd de la alegría,
o sobrevivir,
a este espacio de pespuntes
y planos superpuestos.
La noche se harta todos los lugares visibles.
Un caballo de huesos arrastra
los pensamientos y la casa;
alrededor nuestro lo abyecto
cubierto de aguardiente y epifanía.
En mi pecho aletea la piedra
de esta carne rota.
Siempre fue extraño
un puñal de felicidad
en nuestros ojos.
Del
libro: «Relectura», 2012
©André
Cruchaga
Imagen
tomada de Pinterest,
Barataria

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