lunes, 4 de julio de 2022

 

Obra pictórica Joan Miró




TURBIEDAD

 

 

Y mi silencio no ha sido una crueldad que se perdía oculta entre mis ropas

Yo no sé predecir

La luz únicamente más allá de mi mismo

Todo lo conocía

Conocía el mar y esos cuerpos desnudos

pero me devoraba la sangre entre las manos

Pedir perdón sería recordar un poema

y si yo escribo es únicamente porque no sé si he muerto

Emilio Prados

 

 

(«¿No sería mejor que nos arrojáramos del puente al rió, que abandonáramos el juego, que declaráramos que la vida humana, en su integridad, es un error, y en consecuencia nos la quitáramos?»)  después de todo me sumerjo en mi propia creación paraísos ensueños vírgenes dudas agonías siempre hay que dudar del evangelio de los números de las polémicas de la duda he olvidado la neutralidad de las abejas la carne prenatal del grito te invoco compasión frente a mis acrecentados forcejos («Caminé por la calle, pero no estaban a la vista. Y ahí estaba yo, sin sombrero, como si también estuviera loco. Como uno pensaría naturalmente, uno de ellos está loco y el otro se ahogó y la otra fue echada a la calle por su propio esposo, por qué es que los demás no están locos también.») vaya —me he dicho— en la unanimidad de mis ojos cuánta pobreza desfila como una amada aterida descalzo me gusta dejar las huellas del tedio sobre las aceras ¿quién me habla de conciencia? yo la tengo de mí ¿quién la engendra? detesto desacralizar aunque a veces es necesario ante la realidad objetiva que llamamos mundo claro cada quien es un mundo dentro y fuera de lo oscuro dentro de la vigilia la placenta soy indistintamente de mi individualidad ya he pensado por largo rato en los objetos aparentemente inanimados: el trencito el caballito de madera esta mi tos de perro jiotoso la carreta donde se desplaza el espíritu hay tanta turbiedad y no da tregua los baches el salto al vacío la mercadería de los partos los huérfanos el gorro frigio de nuestra nacionalidad espero al taxista en la otra esquina de la hostilidad luego camino susceptible tratando de justificar todas las caricaturas tempranito hago mis aritméticas abro el ojo y lo miro en el vaso de agua froto el dolor con altamisa en mis manos me ahogo con la leche de pecho intensa como la ruda a lo largo de filosas calles hago caso omiso de los semáforos nada me da la seguridad que necesito ni siquiera el absoluto ni los talleres con aroma a madera debo hacer memoria de repente me desahogo en la película encristalada en el sinfín de parabrisas polarizados es el tercer mes de mi eterna ingenuidad: busco un puerto del tamaño de mi almohada allí no puede ser inasible la luz ni la clandestinidad de los ahogos uno debe estar loco para leer todas las páginas del horizonte desamarrar el nudo ciego de la tinta lamer el cántaro de los pezones sin ningún pudor quiero abandonar este juego duro en el pecho: alargar mi risa en una cucharada de miel morder los jocotes corona ahuyentar al chucho con pulgas de mi albur la verdad es que tampoco recuerdo mucho ni un ápice de todos los momentos reflejados en mi conciencia es más a menudo ahuyento los recuerdos para que mi entrecejo no desvaríe bueno en realidad no importa nada ni siquiera un antro inevitable y momentáneo los días se forjan con golpes en los párpados sobre el adobe del lenguaje todo mi rostro es un instante (usted) que habita mis escombros ah la carcajada de los lavatorios la hoja de la oscuridad con gusanos es un error la ropa el pájaro de mi pecho la comunión con los pilares que sostienen la casa es un error el espejo que se quiebra sordo en mi garganta es un error el encaje del aguacero en la ventana tremendo error para mi resuello doméstico…

Barataria, 19.II.2015


domingo, 3 de julio de 2022

SUBURBIO

 

Pintura de Joan Miró


SUBURBIO

 

 

He aquí la totalidad de los siglos pasados por las armas

cabeza de madera en la cual el ojo izquierdo sólo parpadea para

salvar al otro de la miseria

lo único creíble en el seno vaporoso de las geografías venenosas

son las fugas imprecisas de rostros encadenados por horribles palideces

es la obra simbólica de sabios microbios en el fondo de las

apasionantes cavernas de la materia

Gui Rosey

 

 

En la periferia de las palabras ladran los perros hay tormentas de meses sin luz y casas sin nombrarse derrumbados horizontes y epitafios que uno nunca sabe a quién emplazan en la erosión de los catálogos las notas suicidas y el polvo lacerante en la carne la desesperación insiste y no me deja pensar no hay abrigo solo este dolor en los brazos gritando sus puños oxidados entre el cartón de los años mis palabras imprecisas de mar pintado en el bahareque de la tarde: fumo este pálido abismo de ojeras ninguna estética es tan fiable como los caracoles pintados por los niños siempre hago y deshago la fecha de las gaviotas el poyetón indefinido de mis ojos el tabanco de la tarde rodeado de recuerdos y las mismas tempestades de siempre y las mismas alas de siempre y los mismos ofrecimientos de expulsarnos del paraíso (no sé si haya profundidades incomprensibles sólidas arquitecturas acordes con el Todopoderoso) al parecer la saliva nos anega hasta los tobillos siempre el maldito amor nada paradisíaco hay cierta inanición heredada del dolor hijo del abandono y los temores maloliente de zapatos de ropa de sueños nada tiene razón cuando la razón se echa al cesto del embuste nada es siempre lo mismo cuando el pájaro carece de voz y la penumbra se torna venerable en los bolsillos nunca dejo de pensar en este dolor adscrito a las costillas ni en las láminas imposibles de la alegría aquí me acostumbro a la sobremesa del patriotismo a la política permanente de las osamentas y a sus hijos de preceptos radicales siempre hay obstáculos para saciar mi libertad: el quehacer diario es un absurdo como las habitaciones oscuras de los prostíbulos en el traspatio del alambique pululan famélicos mis pensamientos la conquista de otro mundo menos asfixiante (de pronto quiero olvidarme de los métodos cívicos de la coerción del disfraz absoluto de ciertos apellidos todo orden es una estrategia enceguecedora creo que el desprecio hace su labor desigual de subir y bajar escaleras ¿Cuándo podremos darle título universitario u honorario a la bondad?) siempre estoy expuesto a los muros de los desahuciados siempre me ha gustado el enorme trabajo de las sábanas y sus balcones posibles siempre los mismos escarabajos debajo del escombro esta suerte de andrajo sin dones ni bendiciones siempre resulta extraña esta hazaña de renunciar diariamente al mundo renunciar a (usted) al pie de la letra del mendrugo —consabido es el baúl de tantos epitafios las aceras abigarradas y caducas el no ser que nunca descansa es imposible el azúcar que no se atreve a la mesa sí aunque posibles los servicios secretos y desayunar la desigualdad en momentos de crisis vamos —me digo— con los sueños sobre la almohada pensando en los extraños taburetes del aliento en la mesita de noche de las premoniciones siempre lo sombrío hace ruido en las aldabas es entonces cuando las aguas saltan de la herida es entonces cuando se le hace reverencia a la purulencia y a sus atrevidas manos en el grito de la garganta un río rozando las pupilas…

Barataria, 26.X.2014

 


sábado, 2 de julio de 2022

TRINCHERA DEL POEMA

 

Mary Bell Díaz Castillo
   


TRINCHERA DEL POEMA

 

A Mary Bell Díaz, poeta.

 

 

Ésa es toda la tierra del suspiro, la sangre de la rosa que parpadea en la hoja, el brote redondo de tus dedos en la sombra del quinqué, el mar aprisionado en la las ingles, el eco del viento en la arena calcinada de las palpitaciones.

 (Todo es extraño cuando la madera se dilata en el tintero de la página donde escribimos el poema. Ahí se extiende el estertor de la vida. Después uno forcejea con los párpados para que la acritud no llegue hasta las ingles. Todo momento es único, aunque después nos envuelva la nostalgia. O la voz única de las culpas.)

 Siempre una trinchera está hecha de brasas y sombras. De destellos que se afanan en ahogar los resuellos.

 Existimos en el instante que quiere la memoria. Y ahí se eriza el alfabeto de la embriaguez posible. La hebra del galope que perdura en el pecho.

 Todo el fuego sabe a la audacia de las pulsaciones: las sombras nos parecen torrenciales en el tragaluz de respiro que atraviesa el río. Ellas se arquean en los sueños de lo que uno quiere multiplicar después del séptimo día.

 Ahora el poema del cuerpo es el agua rotunda clamor de lo inefable.

  

De “Oficio del descreimiento”, 2018.

© André Cruchaga 


 






viernes, 1 de julio de 2022

EPÍSTOLA PARA PERE BESSÓ

 

Pere Bessó, Valencia, España.



EPÍSTOLA PARA PERE BESSÓ

 

 

 

 

Se desmadeja el ovillo de pinzas espléndidas

de los ciervos volantes hacia el horizonte de la duda.

Pere Bessó

 

 

 

En la ranura del cierzo, el himen del infinito. Tal el corazón secreto

de los días mutilados. En la tinta del árbol, acude en devoción

el pájaro para morder las secretas raíces del alfabeto.

En los exteriores del paraíso, el invierno de yesca del tiempo

de Bachelard, o Thomas de Quincy el hormiguero kantiano

del desvarío. Algo así como «la novedad de la vida nueva».

Siempre crecen los pájaros a manera de añoranza de las Églogas

del relámpago capturado por la ojera anterior a las ventanas.

Dentro del juego del paraguas desaliñado del alfabeto,

caben los días imposibles de los barquitos de papel,

la garganta demoledora de las sombras, los corales ultramarinos

de la lengua sobre el picacho horaciano de las perdices.

Un día en la diversidad de los ombligos,

el desvelo dentro de la parcela del sótano en que vivimos.

Sedimentado el mito del zapato inexorable del que ara,

—voz posesa de cierta arqueología: arador de los destellos

en pupila de fuego.  Todo cabe en la novedad del tiempo incipiente.

La imagen del pétalo siempre nos evoca el dardo del génesis

en los ijares. Aquel olor a recuerdos sin equívocos

del que da fe Caballero Bonald en su libro de «Las horas muertas.»

A diferencia de los vestíbulos, el poema es una criatura despejada,

en las manos de André Gide, que no es hijo de Santa Teresa,

ni del último delirio íntimo en la salvación del hombre.

Dilucidada la virginidad del musgo, se puede transparentar

lo inescrutable de la consumación teológica del tiempo.

Eso diría el yo profundo cuando bullen las carpinterías.

—El yo de Bob Dylan o Jimi Hendrix, en la redención del poema,

mientras la punta del alba pincha el muelle del pecho.

O se disuelven vigorosamente las cosas, como diría San Pedro.

 

 

Del libro: «Objetos para armar», 2005

© André Cruchaga


miércoles, 1 de junio de 2022

 

© Obra pictórica de Jackson Pollock


SIN NINGÚN REPARO

 

 

tú cerrabas puertas, te asustabas del viento,

repetías palabras embotadas,

Johanna Venho

 

 

Entre la maleza de lo cotidiano, esos quebrantos de los jardines de la memoria, los días de nulidades en los estanques del tiempo: uno no resbala en la ceniza sino en el calendario, en el aliento de los relojes, en la polilla que muerde sin demora las ansias. Hoy o ayer, es igual. ¿Existes?—Le pregunto a la ceniza. Sí, en el absoluto de la voz que juega a los tiempos del pluscuamperfecto. Por cierto, todo tiene dientes y lunas de cansancio y manchas redondas en los trenes de la conciencia. En los ijares se va amalgamando un viento de lunas embotadas, el hueso manando de la risa, los explosivos consuetudinarios de la ira, los andamios de saliva dilatados en la memoria tardía de la ternura. Un poema después de todo es una fogata de sueños y pasmos; (Usted, sin reparo, —si así lo desea— escríbale al amor, al ajo, a la cebolla, a los zapatos, al vinagre, a los suicidas, a la miopía, al atardecer de los ojales, a las ojeras cinematográficas del día, al alambique que bracea como un pez en ciertas profundidades, al invierno, a todo lo humano que tienen los desvelos, a la sinuosidad de los paisajes. Usted escríbale a la palidez, a las pupilas vaciadas del enjambre. Escríbale a las gigantescas heces de la avaricia.)

 

Del libro: “Ahora es de noche y tú no tienes nombre”, 2022.

©André Cruchaga