COSAS COTIDIANAS
ya no leo los periódicos,
leer la prensa cada día,
es abrir una pequeña tumba de papel.
JULIA
OTXOA
Cuando quieras reprender a alguien, no uses los
proverbios,
sino un crisantemo, un pájaro, aunque sea de papel o
madera.
Ante un semáforo en rojo también los transeúntes
se paran para dar vía al otro que lo embiste.
En política no se habla de muertos porque todos son
cadáveres.
A menudo invocamos a Dios para certificar nuestras
maldades.
Dudo de la bondad inusitada, no de la maldad
cotidiana.
En la claridad no se necesitan palabras, las palabras
son claridad, por eso hay que dejarlas para la noche.
Cuando el amor naufraga es necesario un centro de
acopio
o de beneficencia, caminar sobre hortensias.
Las migajas, aunque sean de azúcar, siguen siendo
migajas.
Quizá el poeta no va a misa porque no le gusta
golpearse
el pecho cuando la pobreza también sangra en el
lenguaje.
Un día seremos libres con nuestro cadáver enfrente.
La paz, de pronto, es un papel blanco en nuestro
cerebro.
El sol alumbra para que cada quien se mire a los ojos
a través del espejo prestado a los muertos.
El crepúsculo arde en su sombra cuando el fuego se
apaga.
En los callejones del pensamiento las neuronas se
arman
de puñales y en una monarquía de presidios.
Un beso siempre quema como el rocío en los párpados.
El ojo en el libro es como el arado en el surco.
Ninguna certeza vale más que una cama con sábanas.
Si los pensamientos galopan es porque hay dentro un
caballo
queriendo ganarles la desnudez a los vendavales.
A los enemigos siempre hay que buscarlos entre los
amigos.
Cuando se conspira contra el aire, uno se queda sin
respiración.
Los peces gordos siempre andan un botín en sus
bolsillos.
Siempre que deseo hablar de cosas íntimas, acudo a las
bragas
húmedas de tantos besos.
A menudo Satanás anda en medio de nuestra propia
sombra.
El espíritu de Dios está en la luz, de ahí la
abundancia
de candiles y velas. Eso dicen los enamorados del
Evangelio.
Cuando los gritos son de alegría, los alelíes se
vuelven azules.
El amor para que oxigene hay que andarlo en bicicleta;
de otro modo sería un sueño entumecido.
No hay brasero más devastador que el de la propia
lujuria.
Eso lo aprendí al percibir «el gemido en la noche».
Para encontrar la noche, es necesario caminar descalzo
entre las sombras o descender al vientre con un papito
de golondrinas en le pecho.
El odio da miedo y es devastador como el moho y la
oscuridad.
Me conforta el cierzo de las espigas: es como el
aceite
para ungir el cuerpo en aletazos de papiros.
Un prólogo, a menudo, es una lágrima que atraviesa
la garganta semejante a un minotauro de licor.
Callar, digamos que es traspasar el umbral de los
coloquios.
He renunciado al corazón para encontrar el camino
de las distancias, solo así el puñal dentro del pez se
vuelve
inmemorial tanto como un resplandor de cuero.
Doble herencia o anhelo: que los pájaros coman
alrededor
de mis manos, sin blasfemias ni sigilos ni carcomas.
Este día prefiero la delgadez del alfiler a la viga
del vecino.
En el pórtico del crepúsculo, una armónica canta
oscuras
Amapolas y largas trenza de leche para cachorros.
Alrededor, la noche: la siega de los recuerdos.
Del
libro: «Penumbra de la llama»,
©André
Cruchaga
Imagen
tomada de Pinterest,
Barataria.




