domingo, 1 de noviembre de 2026

TESTIGO PENITENTE

 

El autor de esta pintura es el artista digital y pintor Wrohme

TESTIGO PENITENTE

 

 

Desde las más lejanas aguas de la marea, la piedra en el sueño.

La destrucción que nos acompaña cada día de manera galopante

convierte los costados en un viernes de dolores;

en poco tiempo la casa sin ventanas, carcomidas las habitaciones,

el techo destruido en el silencio diario, vaciadas las palabras.

Ahora entiendo toda la oscuridad apareada a los huesos,

esa que parece un dardo en la boca y hace luto de la herida,

la morbidez de los zambullidos, el calostro procedente del perro

que vela el hueso en un aroma de penumbra, 

la danza hostil de las confusiones desde el antaño de la protesta,

hasta digerir los fragmentos de realidad revelada.

En cierto modo todos somos sospechosos, un paseo macabro

en otro mundo, el mismo mundo a menudo ignorado.

En realidad, no hay nada diferente a la risa sustituida por el llanto

ni al rumbo de la nada, cuando la nada es turbia combustión.

Cada día es difícil y más si nos pisan la libertad de manera frívola,

si uno baila sobre el escombro de baldosas.

Yo no quiero un destino con pruritos de oscuridad y caos,

no con demonios, salvo los de Baudelaire, Lautreámont o Rimbaud.

Hablar hoy se ha convertido en un acto suicida: hay un deseo

por desarticular la lucidez, con resonancia de agonía y tragedia.

De niño era testigo de nada, mientras mi madre le daba abrazos

a la vida: el amor no había muerto. La casa era buen refugio.

De todo solo tenemos el alma destruida de la infancia.

 

 

Del libro: Los que resistimos a la penumbra, 2026

André Cruchaga

 


martes, 20 de octubre de 2026

ENTRE ALAMBRADAS CRUZÁBAMOS EL ATAJO

 

André Cruchaga, El Salvador


ENTRE ALAMBRADAS CRUZÁBAMOS EL ATAJO

 

 

 

 

Entre alambradas feroces cruzábamos el atajo: queríamos hacer un solo cuerpo.

Bajo nuestra quimera se fundaban los cimientos y ventanas de una casa

que nunca fue, una casa lejos de la ciudad y la noche. Una casa solamente para

la alegría. «En medio de la sangre me persigue ese rostro,

su pie1 por la que corre el agua», su pecho, labios y cabellos: un susurro brota

de todo su silencio, sus muslos envolviéndome con su aroma de pino.

Cuando cruzas el atajo —pienso— ya no te reconozco, una hoguera de silencios

y olvidos me envuelve, un estanque de silbidos acribilla mi memoria.

Algo se va muriendo en mi alma, aunque juegue al trapecio.

Es como si ya no existiéramos ni los niños que un día fuimos.

El País ha cambiado, lo que antes dábamos por sentado, ahora es lejanía:

no hay tiempo para soñar, el desencanto ha ido destruyendo paulatinamente

la vida ciudadana: la muerte nos enseña que somos mercancía y la pobreza,

UN RUBRO MÁS DE DONDE SE ALIMENTA EL PODER.

A esta hora si regresaras, sería para apostarme en tu pecho de funeral,

en tu pecho que ayer me cantaba y llenaba los vacíos.

 

 

Del libro: Los que resistimos a la penumbra, 2026

André Cruchaga


jueves, 1 de octubre de 2026

LUCIÉRNAGA DEL DEGÜELLO

El autor de esta pintura es la artista salvadoreña Rosa Mena Valenzuela


LUCIÉRNAGA DEL DEGÜELLO

 

 

 

Hacia el destello, el tambor de luz de los embarcaderos del degüello:

usted, y la vela abierta de sus brazos, la incandescencia rota

alrededor de los árboles que la tarde dolorida trenza.

Los caballos alegres, arrojados del costado y el casco del aliento

como cuartilla de viento imprecando las zancadas de nadie.

Todo se descalza de párpados de esta roca de amor que nos pesa.

Es la sed del páramo en los pensamientos con sus coágulos.

Desde la ebriedad hasta el recuerdo del fuego en el cuerpo.

Avanza todo lo extraño en almas extrañas, sin extirpar las dudas.

Desde el íntimo fósforo del cielo, hasta las inclemencias

del césped habremos de librar muchas batallas. Muchas, muchas.

Gira la luz en torno a la campana ciega del cuerpo.

En ese mundo de quemantes techos, el corazón arrasa los límites

del filo, para hacer una historia de zapatos deshabitados.

Ante la necesidad de manar fuego, las esquinas encendidas

de la caverna, o el ronquido inextinguible del sinfín.

 

(Entiendo que todo es relativo, el dedo índice sobre el trozo

de firmamento; los sorbos de luz que relampaguean en los laterales

de la boca, o el ala invisible que se extiende en forma de paraguas

sobre la madre que llora a sus hijos muertos o encarcelados.

También entiendo esta voz cautiva en mi País, la sartén sin comida.

De los confines del tiempo, el fuego insaciable, purpúreo,

creciendo libérrimo sobre los sostenes de la sombra.

En el rocío del cuerpo, la lectura del cielo invernal sobre lo hirsuto.

De par en par, la puerta se abre a un mundo de enigmas).

 

El tintineo de la gota de semen suena en el litoral del oleaje

o chapalea. Muerde su aliento y apresura lo agraz del fruto.

Resuella, aunque no se vea, el tiempo que nos viene.

Vaciado el júbilo, ¿cuánta luz nos queda para beberla en sorbos?

¿Cuánta luz, para iluminar los ataúdes del día y del futuro?...

 

—En la gruta, usted, y el poderío de mis congojas.

Y ese poder casi omnímodo que hará trizas la República.

La medianoche se muestra en el tragaluz como una bandera

atravesando el horizonte; cerca estoy del absoluto olvido,

quiero reemplazar la nostalgia y el hambre, los bolsillos

y el barniz del goteo de tantos ídolos a riesgo del abismo,

el agua sin aplomo en el desfiladero.

Hacia lo interminable de las aguas, el deletreo del sinfín con sus mazmorras. Siempre supuse que el oleaje cierra los párpados y que se avanza cuando se abren las alas. Uno es acaso, lo inminente en calles petrificadas: en el filo del fuego, el cuerpo ciego de los asedios, y lo absorto que culmina quemando los ojos.

 En la cintura de los sueños, la yugular de las raíces líquidas del pecho, o el abismo que arde pútrido en la memoria.

 Siempre busco deshacer el tumulto de huesos que deja la tormenta. Sólo queda en el bosque un sendero de sombras, no menos cierto que la neblina madurada en la piel. No más oscuro que la piedra del desarraigo. No más agrietado que la flauta de un relámpago. Cada rostro es un nombre esculpido en el granito. Siempre duelen el deletreo de los horarios y las carnicerías; en los parques y plazas, trato de ser cuerdo para no desbocarme en cada uno de los bostezos del mundo.

 Al final sé que es sólo un pájaro de sangre el que se desvanece en el fondo abisal de mis venas.

 

Del libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 2018, 2019, 2020

©André Cruchaga

El autor de esta pintura es la artista salvadoreña Rosa Mena Valenzuela

Barataria


 

martes, 1 de septiembre de 2026

ANTESALA A MIRÓ

 

Pintura de Joan Miró

ANTESALA A MIRÓ

 

En la antesala de las apostasías presentes fragmentado,

las ojeras frente a la hoja del crepúsculo.

Por tu mirada, pasa el juego de colores disparados a la noche:

lunas, peces, caballos desarticulados por el puño, estrellas negras

presintiendo los matorrales de la penumbra,

los ijares acribillados de la claridad.

En el cobertizo del aliento, las estatuas consumadas del quinqué.

Los desaparecidos y no enlistados en los cuadernos del azor.

Todo parece una constelación de fábulas nada luminosas.

(Hay zonas sumamente frías en los cementerios y miradas en vilo

frente al tiempo y a los lupanares. Sé de los mundos proscritos

de las palabras, y de los vendavales que uno aprende a digerir

como dietario. Siempre es raro ver los desiertos rotos

o la destrucción manchada de respiración

o la barricada en el ardor de la desnudez.

A la liturgia de las manos, el incienso del reverbero

de las entrepiernas).

 

En los zapatos viejos, sólo el baile del carnaval de los arlequines,

o el sol rojo o lunas grises de las manos de cínicos y criminales.

Signos hay, signos de luz y mamposterías.

Se nos avecinan aluviones y estallidos.

—Usted y el vagón de los caballos rojos volando sobre el pájaro

luna de las paredes. Dentro de las partituras del desasosiego,

la escritura desordenada de los metales, o la colisión del badajo

en las aguas misteriosas del tapiz de porcelana.

Vivo en los dominios de tu ombligo, metamorfosis íntima

cuando la espiga madura y vacía la esperma plural del insomnio.

Todavía hay un camino de mojones que debemos transitar

en la noche, gallos amarillos sobrevivientes de la lluvia,

un Cristo amargo, entre vendedores de flores marchitas.

—Usted, sí, antesala viviente del fuego a dos manos.

Ese bocado en medio de todas las señales previas a la lluvia.

Una flor donde se extravía mi rostro y las mariposas.

 

Luego la sombra de los clavos, al filo de las horas abandonadas;

luego la vida cotidiana y sus tiliches y su estercolero y sus presagios.

Amo en el odio esta hambre de la fugacidad, el sordo invierno

de dos cuerpos, enrollados en el pedernal de las luciérnagas.

Odio el filo del escondrijo.

Odio los espejos doblados en la lampara de kerosén.

Amo esa forma devastada de las ojeras y su amargo fragor de demasías. Las estatuas y su febril inmovilidad cercenan los vapores de mi lengua, ahí donde el tiempo se hace trocitos de rostros decolorados. A veces me hundo en el buzón de los escaparates y en el hilo menstrual de los mordiscos que vomita el asco de una alondra. Desde la construcción de las humedades, los amuletos de la noche en el peñasco de arcilla de las perturbaciones. (La boca al unísono muerde aquella embriaguez de las poluciones como un dardo expulsado de sobremesa).

 En la ropa del asco, la agitación de los pulmones y su natural griterío de axilas.

 En el litoral devastado de la flor de sal, las aureolas repletas de mundo: el agua dura de las miradas y el aullido de la sombra múltiple de la hojarasca.

 Amo el recipiente de las resacas y la huella de piedra del fracaso: dondequiera el País pedregoso del hambre.

 

 

Del libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 2018, 2019, 2020

©André Cruchaga

Esta pintura pertenece al artista Joan Miró

Barataria


viernes, 28 de agosto de 2026

APRENDIZ DE AGONÍAS

 

El autor de esta pintura es el artista lituano Konstantin Kacev


APRENDIZ DE AGONÍAS

 

                 Para Javier Landaverde

 

 

No entiendo este territorio de rincones y miedos, de rosas aplastadas

en una litera, muelas devastadas por olvidos,

lienzos de azul detrás de las miradas, el martirio y sus dolores,

la soledad humana que se abre en pechos ennegrecidos,

respirando en lo oscuro.

Es acaso recordar la infancia, la iglesia, las imágenes que flotan

bajo la sombra de un árbol, el corredor de la casa con carritos

de madera, arrastrando claramente el tiempo.

Es acaso, acariciar la cabeza del pez atrapado en la atarraya,

ahogar los sueños bajo la almohada. No lo sé. No lo sé.

(Me reclino en la verja de la memoria, por si acaso.

Después de tanto, ya no es inocente la puerta o la ventana,

el murmullo de la olla, las calles todas que dejaron de ser seguras:

ahora las desmorona el luto,

el eco ahogado del aullido o el escalofrío, la sombra atávica,

no la inocencia. No la alcantarilla de perro anónimo.

En algún sitio, ahora, saltan de su lugar, sombrillas y paraguas,

alguna puerta secreta en donde desboca el aliento su medianoche.

Uno camina con vestimentas de vaga esperanza y tiznados cuellos:

¿quién les da prioridad a las pelucas?

¿Quién escribe una carta, de pronto, antes de cerrar la boca?

¿Quién asume los errores de las promesas

incumplidas? ¿Quién le devuelve al horizonte su aroma?

Un simple movimiento de cabeza puede cambiar el rumbo

de los colores, esa latitud que enciende el quinqué de los sueños.

¿Quién cultiva con fervor, la claridad de conciencia,

o se adelante mordaz a las esquinas donde cabalgan con arrojo,

los hacedores del oprobio?).

Seguro que soy solo un aprendiz de agonías.

Penden del calendario los sedimentos anónimos de la ceniza.

¿Hay quórum para superar la vena rota de las raíces?

¿Hacia qué costado del humo nos arrimamos?

En la cercanía del ojo,

a mansalva los espectros, y esa figura sin convicciones del arlequín,

y esta espina en los calcañales que parece eterna.

Sí, —me digo con un dejo endemoniado—, la boca del miedo,

nos entrega a ese desconcierto que durará muchos años.

«El sueño navega las mareas del tiempo; el áspero sargazo

de la tumba entrega a sus muertos en este mar tan laborioso;

y el sueño mudo rueda por los lechos»

Hay una verdad insoslayable en todo esto: somos aprendices

de agonías en un País de trinos oscuros y ventanas sucias.

Es demasiado mundo para mis dilapidados recuerdos: espigas como lanzas agonizan en mi pecho, muros de alfileres centellean en mi garganta. Sobre las ramas del árbol el resto de los pájaros, apenas bultos quemados en mi risa de galope precipitado. Otra vez me hace falta la luz o, algún espejo para ver si las palabras no son otro artificio de la noche. Hoy estás aquí en la instantánea de mis ojos con los estragos clavados de las ojeras y un rímel con indicios de infancia. En medio del follaje urbano se abren campo los cuerpos acostumbrados al insomnio.

Nada parece cierto cuando los trenes atraviesan el pecho y el día y la noche se juntan en un cántaro de distancias. Nada es cierto cuando carecemos de nombre y domicilio y la intemperie nos mira con gemidos de sangre.

A veces sólo escucho al alfabeto que repta con tinta de piedra sobre la sien de la noche. Lo sé —dices desde el insomnio— mientras la boca soporta la destrucción del mundo.

En pleno tránsito, nunca concluye la sal que cierra los ojos.

 

Del libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 

©André Cruchaga

El autor de esta pintura es el artista lituano Konstantin Kacev

Barataria