viernes, 1 de marzo de 2024

LIBERTAD SOBRE LOSA DE COLILLAS

 

©Fotografía André Cruchaga


LIBERTAD SOBRE LOSA DE COLILLAS

 

En el fogón del antro que se revela a través de la ventana, el agua ciega

de piedras como alegre acorde de sombras, efervescente música del rapto, 

dilatadas insinuaciones, abominable fonógrafo de hormas en los brazos,

—temblor de mar, quizás en la ola incendiada de la noche—

esta música apretada que nace de la sangre y desvive en vigilia y escinde

los días, entre el destello de manos curtidas de colillas, roídas melodías

y la maleza de caverna en el inconsciente endurecido.

Hecha coágulos la losa se desploma la muerte en huesos de libertad.

 

Y aunque los peces del zodíaco cumplen su designio, atónito me quedo

respirando en las tumbas, de esta paciencia mayor que me da el pretérito

de la música, junto al piano derretido de la lluvia.

Anónimos bisturíes devoran los sueños, sofismas dominicales, lagartijas

leporinas, musitan desnudas escalinatas, extraviadas orquídeas humean

empapadas de calles abriéndose en el pecho.

 

Y claro, resulta que, en la superstición del sexo arrastrado, hay inevitables 

gargantas que andan techos derretidos, abecedarios de esperma

con cadenas, como una hoja de otoño tatuada en el pecho.

Extraños infiernos se yerguen como anfiteatro de campos de concentración

sobre la locura de unos hongos en clave de Morse.

En el recuento de mis pasos póstumos, —estarás, estaremos, ciegos

o mudos cuchillos—: pues en la ceniza, también descansa el fuego,

el ojo mayor del alba en el crepúsculo, la danza de los fósforos y el humo

de tabaco en manos de coleccionistas insaciables.

Alguien sobre estrellas ecuatoriales piensa vertiginosamente en un sótano,

en los números de la vorágine y ata con engrudo el espíritu.

 

Barataria, 2012

 

Del libro: «Insane Asylum y otros poemas para Koko Taylor», 2012

©Fotografía André Cruchaga

©André Cruchaga


martes, 20 de febrero de 2024

MUERDE EL MOHO [Insane Asylum]

©Pintura de Franz Kline


MUERDE EL MOHO [Insane Asylum]

 

Aún el alba es un pájaro perdido.

JORGE LUIS BORGES

 

 

Muerde el moho como los días grises de manicomio y la nostalgia,

me muerde el papel celofán de las aguas extenuantes de los jeroglíficos

sobre el Dios (al que acudimos atribulados) y que tritura al pájaro

confuso y estéril en sus alas demolidas por el grito y la herejía,

—me socava la pared desértica del día y la noche, el espectáculo de águilas

muertas, las esquirlas esparcidas de lo lóbrego de la inutilidad,

el crepúsculo aturdido de la piedra rimbombante de relámpagos

sobre la mesa fría, hermética e impetuosa

de este dolor de la flor fugaz que me arrodilla.

 

Detrás del abandono, también los caminos del éxodo, la codicia que deslee

epigramas detrás de los relojes saqueados por una humanidad acobardada,

la genealogía del tizne y su maldita penitencia de flor negra,

el afán apenas de una rendija a través de la cual enloquece la hoja

de culantro, el otro reino petrificado de los anhelos,

la lluvia obsoleta que empacó su vestimenta y se fue de este reino,

los días caducos de los brazos caídos en la mudez de los féretros:

eco el hambre dispersa

en la trenza hermética del libro desgarrado.

 

Es duro el camino frente a los candiles que muerden la herida de siempre.

Hay tantas pezuñas que trizan las gaviotas, tantos trenes y cruces

en los brazos milenarios del pescado, en el cuenco del duelo de los espejos.

Todo se vuelve silencio en el cielo de las ventanas.

Todo es cementerio y debo aceptarlo.

 

Es como la última gota que amanece clausurada de voces y de Eva

en el monólogo de los huesos por el escombro desconocido;

en la sartén atormentada del regazo nadie acaricia las manecillas del reloj,

la celda como realidad herética de noche sin valor como las palabras,

las muchas muertes que tienden su mecate y se quedan sin brújula

sobre la montaña del páramo.

Se hiela la boca en los capiteles de la espera:

se agazapa la torpe respiración, breve teogonía de mis pulsaciones

de estanque y emergen lápidas como juegos de aliento.

 

En el cántaro de la risa, no obstante, donde se guardan cadáveres de perros 

Asesinados, reptan los pájaros.

—Nunca olvides la sed con los peces de tu nombre escrito en una lápida,

el telar de la copa del cielo del cual proviene la lluvia y las sotanas,

las oscuras palabras del precipicio que nos persiguen como peste,

el relámpago que avanza en las horas del hambre.

No lo olvides.

 

No lo olvides, aunque tengamos disperso el viento y atravesada la cruz

entre nuestros dedos, dedos deformados por los pasadizos de las cloacas,

aunque la destrucción o el polvo sean nuestro tatuaje,

aunque el abismo nos visite cada día con sus pústulas frenéticas:

sólo hay que darle crédito, a este saqueo de lobotomías futuras.

Digamos no a la devastación póstuma de los enigmas y analfabetas

de guitarras, sí a ese tren con caballos alados de nuestra infancia ida

y que dialoga irrevocablemente con nosotros:

aun descalzos podemos sentir la prolongación del tiempo en las lombrices

de tierra, la música inexorable de la ráfaga familiar

de nuestras bocas.

 

Hay un lugar de candiles entre nosotros, la hoguera con su tabanco de ríos,

podemos oír las palabras debajo de nuestras sábanas, las palabras

profundas del amor de mamá y levantar el techo en el momento febril,

hasta el punto cero, urgido del vacío.

 

Sé que entre nosotros la levedad abre sus vértebras, criatura a menudo

fragmentada en una cuadricula de ecos, fatídica verdad del hospital

Que frena la libertad y me convierte en mercancía desechable.

En esta sed de moho, el moho lento en la redondez de relojes taciturnos.

Los ecos quebrados de la ceniza buscan la ternura.

El tedio es igual que las escenas del aire en un urinario público.

 Barataria, 2012

 ____________

Del libro: «Blues island, Insane Asylum y otros poemas para Koko Taylor», 2012

©Pintura de Franz Kline

©André Cruchaga


 

martes, 6 de febrero de 2024

DESIGNIOS PROVIDENCIALES

©Pintura de Yves Tanguy


DESIGNIOS PROVIDENCIALES

 

En la mesa postrera, la luz del filo y sus candiles encendidos.

En la gota de mar, el designio indemne de mis sueños:

la rosa suspirada de las palabras, o lo inexplicable que sustenta mi desnudez.

El espejo revela las ojeras silenciosas del tiempo, el quinqué generoso

de mi inocencia, las calles ceñidas en la garganta.

Sobre la carne, el dolor de los arrebatos, aquellas sombras engañosas

en la boca, o sólo esa eterna promesa del fuego.

Total, nunca nos libramos del hechizo incesante, ni de la comunión con la miseria.

(Siempre las depredaciones vienen en un diluvio de guijarros:

salvo el tren del cierzo, nada resulta propicio en este extraño país.)

Acabaremos buscándonos en los taladros, faquires palmípedos

en la huida, o carne descompuesta por las moscas en la boca

de un perro que se atreve a velar fotografías.

 

Ante las inclemencias del terror que se ha empezado a construir,

uno descree del paisaje y el día; da miedo la tierra con tantas cárceles,

los archivos postergados de la historia y la justicia relegada.

Más adelante el hambre será nuestro encuentro en mi pecho

de tantas ausencias acumulada.

 

Llevamos la indecencia del vuelo en medio de fosas execrables.

 

En aquel aliento suyo encontraba lo próximo y no una partida;

pero hoy, todo ha comenzado a ser saqueado y con ello languidece

nuestra democracia.

 

En la lejanía, y al pie de un muro, un caballo de ceniza.

 

Del libro: «Mesón Vallejo», 2020

© André Cruchaga


jueves, 1 de febrero de 2024

TERRITORIO DE SOMBRAS

 

©Pintura de Yves Tanguy


TERRITORIO DE SOMBRAS

 

Como una tipografía negra, el cuervo y su mundo atroz.

—El terror llega casi profético, la imagen cotidiana que me muerde,

minuciosa, como una lluvia de objetos derruidos en las axilas.

(Ya camino con un haz de versículos y epitafios).

Nunca ha sido fácil deshacerme del olor de las distancias,

ni de los espejos, ni de la decadente erección de mi ceguera,

tropo de sombras en la lengua de la tormenta.

Entre tantas contingencias cualquiera puede urdir sus alivios;

o al menos buscarle sentido al cortejo de proverbios.

Mañana, tal vez, deje de friccionar tanta conjetura.

La indiscreción es otra manera de subvertir el engendro de fluidos

vaginales en mi tortura de asedios suburbiales y efigies dilapidadas.

Mañana esta larga agonía como un país del tercer mundo en el fleco

de castraciones de un cuarto de psicoanálisis.

Mañana, siempre, los cuerpos fugaces, expandidos en el equívoco

de las parábolas, vahas en los jirones de espuma de la Bahía.

Mañana, el mismo día como una canción de brumas en la noche.

Mañana, un dardo suspendido en mi boca.

Mañana.

 

San Francisco, California, 2013

 

 

Del libro: «Bahía St. y otros poemas», 2013

© André Cruchaga


miércoles, 24 de enero de 2024

ESPEJOS LÍQUIDOS

 

©Pintura de Wassily Kandisnky


ESPEJOS LÍQUIDOS

 

Todas las aguas del río descendiendo a mis pantalones:

con mi humedad a cuestas cobijo la noche.

Corren las aguas sobre el espejo líquido que talla el cielo;

cada huella naufraga en los barquitos de papel que se deslizan

como pequeños ataúdes.

Usted aquí en las aguas rotas de mis manos.

(Ciega y traslúcida la fiebre

del alma mojada en el espejo; en el limbo, Dios, inventando

otras sombras, otros días con brazos de ternura;

otras brumas que no se disuelven de manera inocente.)

Hemos partido las aguas del incensario profético.

Desde el ojo, la sal derrumbada, el agua inventada del cordero.

Extraño Paraíso. Extraño movimiento recurrente de lo humano.

 

Desde el caudal sombrío de las aguas, el corazón árido del pájaro

en el desierto. Desde los viejos comensales de las parábolas,

el inútil cofre de la memoria,

el futuro absorto del mundo y sus huestes.

Por si acaso, lavo el ala y los zapatos, quemo la sordera

que atraviesa corazones; quemo la cárcel de los pensamientos

trasnochados, aunque siga siendo un proscrito de sollozos

deleznables.

 

—El espejo no termina de entender la sombra inasible

que nos aprieta el alma; sobre los interiores impávidos,

el sueño delata intemperies:

huimos de los desgarramientos que produce el precipicio,

descendemos hasta el océano,

la huella del inconsciente nos abrasa con su oleaje.

¿Nos salvará, después de todo, la poesía fugaz del horizonte?

(Nada importa cuando el vacío de las aguas,

es otro hueco de inclemencias.)

 

El espejo en pedazos nos impide ver con claridad el horizonte.

 

(En el cadáver de los techos las líneas diagonales de la tinta

las paredes enredadas en la luz como una silueta de ijares

desencajados: allá en los abanicos inmóviles del absoluto

cruza la noche con su feria de cántaros rotos y primaveras

degolladas como los veleros rotos de la espuma

a veces es lánguido el caballo de saliva que atraviesa la garganta

perros amarillos jugando a la infancia confusos trapos

en el despeñadero de la memoria a menudo me da por pensar

en las autopsias de los trenes y el dolor en los costados

acaba con la buena suerte.)

 

Del libro: Objetos para armar, 2015

© André Cruchaga