martes, 28 de noviembre de 2017

ENTRECEJO

Fotografía: Pinterest





ENTRECEJO




Nadie podría interrumpir el reposo de la bóveda terrestre
aquí el silencio ha juntado sus labios para nunca pronunciar palabra
que pudiera profanar la ostensible flor que cae
como un junco en la ribera de los sueños.
Teófilo Cid




En la frente, los malogrados surcos de la esfera,
el vértice de lo inexorable, (universos de singulares bodegas)
las ficciones a menudo cerca de la ternura.
(Los amarillos cantos de la piel y su lenguaje calcáreo.)

Me toca caminar entre urgencias y negaciones:

andar el camino con el plumaje de las palabras,
mundo adentro, la sal sudada de los pensamientos,
cavar en los rieles de los trenes, ahogar la piedra
entumecida en el pecho,  apretar la sombra de la desesperanza
sin pasar al siguiente plato de la mesa,
vacía de manteles y cierta de ausencias.

Cuelgo los días en la pared del calendario,
por si la sed me vuelve olvidadizo, juego de confusiones
y de hambre: a mitad del entrecejo, el río del sudor,
las costuras del desfiladero, el traje del cortejo
arrugado de grises y sombras de razones
ya gastadas por el filo del vértigo.

Todo me vuelve profano y adusto como el aserrín
condensado de las puertas cerradas, como la desnudez calcinada
de las cáscaras en los abrojos.

Nadie me ve cuando grito junto al agua de la muerte.

Sobrevivo a las mareas. Rechazo ser ciervo o dardo.
(Sólo me aseguro ser inmune a la maldad y no sangrar de estridencias.)

Rechazo ser siervo en el violento filo de la ceniza:
prefiero escribir epitafios y deshacer los nudos del disfraz.

—Las distorsiones son deseos malogrados, heridas empaquetadas
en secretas telarañas, miserias del remedo.

En la oscuridad cuesta subir las escaleras del futuro:
resultan grotescos los relojes
en el cuarto de la paciencia, en la incandescencia de la garganta,
a menudo decadente en el charco del abucheo.

El silencio no es suficiente para bracear entre la salmuera:
afuera hay depredadores más siniestros que los roedores,
y los felinos adheridos a los dientes.

Convengo en sacudirme
el polvo todos los días, quitar el moho de las cerraduras,
usar cinta adhesiva en el cielo falso de las imprecaciones,
fingir que sueño con ventanas,
con cuerpos de canela o begonias o alelíes,
encender el fósforo para ver la concavidad de tantas revelaciones,
masticar el gusano de los sonidos poco grato al oído,
sostener el alambique de la respiración hasta que la saliva encuentra
su cauce, amar mi propio silencio
abajo del dintel de los ojos, en el bajorrelieve de la dentadura.

Y por si fuera poco, estremecer el escalofrío, hurtarle a las arterias
el río giratorio de lo humano. Lo demás es sombra y grito.
Es abandono en la sombra del tiempo.

Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

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