El autor de
esta pintura es la artista salvadoreña Rosa Mena Valenzuela
LUCIÉRNAGA DEL DEGÜELLO
Hacia el destello, el tambor de luz de los
embarcaderos del degüello:
usted, y la vela abierta de sus brazos, la
incandescencia rota
alrededor de los árboles que la tarde dolorida trenza.
Los caballos alegres, arrojados del costado y el casco
del aliento
como cuartilla de viento imprecando las zancadas de
nadie.
Todo se descalza de párpados de esta roca de amor que
nos pesa.
Es la sed del páramo en los pensamientos con sus
coágulos.
Desde la ebriedad hasta el recuerdo del fuego en el
cuerpo.
Avanza todo lo extraño en almas extrañas, sin extirpar
las dudas.
Desde el íntimo fósforo del cielo, hasta las
inclemencias
del césped habremos de librar muchas batallas. Muchas,
muchas.
Gira la luz en torno a la campana ciega del cuerpo.
En ese mundo de quemantes techos, el corazón arrasa los límites
del filo, para hacer una historia de zapatos
deshabitados.
Ante la necesidad de manar fuego, las esquinas
encendidas
de la caverna, o el ronquido inextinguible del sinfín.
(Entiendo que todo es
relativo, el dedo índice sobre el trozo
de firmamento; los sorbos de
luz que relampaguean en los laterales
de la boca, o el ala
invisible que se extiende en forma de paraguas
sobre la madre que llora a
sus hijos muertos o encarcelados.
También entiendo esta voz
cautiva en mi País, la sartén sin comida.
De los confines del tiempo,
el fuego insaciable, purpúreo,
creciendo libérrimo sobre los
sostenes de la sombra.
En el rocío del cuerpo, la
lectura del cielo invernal sobre lo hirsuto.
De par en par, la puerta se
abre a un mundo de enigmas).
El tintineo de la gota de semen suena en el litoral
del oleaje
o chapalea. Muerde su aliento y apresura lo agraz del
fruto.
Resuella, aunque no se vea, el tiempo que nos viene.
Vaciado el júbilo, ¿cuánta luz nos queda para beberla
en sorbos?
¿Cuánta luz, para iluminar los ataúdes del día y del
futuro?...
—En la gruta, usted, y el poderío de mis congojas.
Y ese poder casi omnímodo que hará trizas la República.
La medianoche se muestra en el tragaluz como una
bandera
atravesando el horizonte; cerca estoy del absoluto
olvido,
quiero reemplazar la nostalgia y el hambre, los
bolsillos
y el barniz del goteo de tantos ídolos a riesgo del
abismo,
el agua sin aplomo en el desfiladero.
Hacia lo interminable de las aguas,
el deletreo del sinfín con sus mazmorras. Siempre supuse que el oleaje cierra
los párpados y que se avanza cuando se abren las alas. Uno es acaso, lo
inminente en calles petrificadas: en el filo del fuego, el cuerpo ciego de los
asedios, y lo absorto que culmina quemando los ojos.
En la cintura de los sueños, la yugular de las raíces líquidas del pecho, o el abismo que arde pútrido en la memoria.
Siempre busco deshacer el tumulto de huesos que deja la tormenta. Sólo queda en el bosque un sendero de sombras, no menos cierto que la neblina madurada en la piel. No más oscuro que la piedra del desarraigo. No más agrietado que la flauta de un relámpago. Cada rostro es un nombre esculpido en el granito. Siempre duelen el deletreo de los horarios y las carnicerías; en los parques y plazas, trato de ser cuerdo para no desbocarme en cada uno de los bostezos del mundo.
Al final sé que es sólo un pájaro de sangre el que se desvanece en el fondo abisal de mis venas.
Del libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 2018, 2019, 2020
©André
Cruchaga
El autor de
esta pintura es la artista salvadoreña Rosa Mena Valenzuela
Barataria






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