miércoles, 1 de julio de 2026

ARDOR DE TIERRA

 

La imagedn ha sido tomada de Pinterest

ARDOR DE TIERRA

 

He recorrido kilómetros de ventanas, de brisa y cobijas,

Puertas cuarteadas por sepultureros,

palabras fugaces como el fuego del sinfín,

leyendas de piedras que muerden el horizonte, 

de la última eternidad que habito.

Desciendo sobre ojivas de puñales con los pies carcomidos:

arde el último cementerio oxidado

de la noche.

 

Cada ser humano no deja de ser racha de nostalgias:

siempre el rostro húmedo

al recorrer otros rostros fugaces;

la belleza está en la habitación de los amantes,

perforar el lecho destejiendo el oráculo,

donde se esconde la respiración y el tiempo,

bocas galopantes,

en la almohada.

 

Desde los ascensores, escaleras, desde los mares de ultramar,

nos desgastamos al descubrir que el fuego o la luz,

delata las rigurosidades del confeti,

los apetitos insondables del sueño,

agonizamos en el símbolo

del minotauro, agonizamos,

en la leche pasteurizada de corbatas,

agonizamos

con una oscuridad irrevocable,

ahí alcanza su mayor esplendor el sacrificio:

quedamos impávidos dentro de esta jaula amenazante,

pero somos Teseo en el Laberinto,

revelaciones punzantes

del universo que a menudo nos niega sus propias lámparas.

No. Somos Nadie

con un cenzontle de carbón

entre las manos.

En qué tierra estamos,

la voz es un jardín

de cruces en el espejo.

 

Recordamos la claridad cuando estamos invadidos

por sombras; lo sabemos, ahora, que buscamos el fuego,

incluso, en el pajar del tabanco,

en la sangre del precio que pagamos

por vivir en medio de rachas

de herrumbre,

junto al hongo que oscurece el libreto

que debemos representar con agonía:

la comedia, la simple tragedia

de pertenecer a la trastienda de la muerte, buscando

el hambre sin hollín,

la mordida en el espejo.

 

Morimos cuando nacemos ensimismados en la sábana

del fuego, así de simple y natural,

como las palabras del juicio infinito,

del cual somos extraños delantales,

aire difícil de sorber

en la chimenea de la salmuera.

Viajeros somos en la cercanía del muro que se alza,

digamos, como un torvo fantasma amanecido,

perenne siempre la horda

del desasosiego,

en el cebo que nos mantiene en vilo.

Siempre estamos así mordiendo el hisopo de los meses:

¿descansaremos después de tantos años

de alfileres o habrá siempre

que resignarnos a ser peregrinos invisibles

en este tizón de sombras sobre nosotros?

Sin duda habrá un ovillo,

tal vez no como el de Ariadna, pero

ovillo al fin, que nos saque de esta fiebre de naipes,

donde nos deshagamos del despojo,

del escombro de asperezas

como un fuego indefinido.

Casi leyenda estos nudillos en la conciencia:

«te pudres lentamente, mientras todos yacen dormidos»,  

el ojo aletargado en la herida,

—el día con sus temblorosas bocas, la muchedumbre

como una sola boca ardiendo en la manada del vestuario,

sin pulimentos en la historia de la noche.


Del libro: «Relectura», 2012
©André Cruchaga
Imagen tomada de Pinterest,

Barataria