ARDOR DE TIERRA
He recorrido kilómetros de ventanas, de brisa y
cobijas,
Puertas cuarteadas por sepultureros,
palabras fugaces como el fuego del sinfín,
leyendas de piedras que muerden el horizonte,
de la última eternidad que habito.
Desciendo sobre ojivas de puñales con los pies
carcomidos:
arde el último cementerio oxidado
de la noche.
Cada ser humano no deja de ser racha de nostalgias:
siempre el rostro húmedo
al recorrer otros rostros fugaces;
la belleza está en la habitación de los amantes,
perforar el lecho destejiendo el oráculo,
donde se esconde la respiración y el tiempo,
bocas galopantes,
en la almohada.
Desde los ascensores, escaleras, desde los mares de
ultramar,
nos desgastamos al descubrir que el fuego o la luz,
delata las rigurosidades del confeti,
los apetitos insondables del sueño,
agonizamos en el símbolo
del minotauro, agonizamos,
en la leche pasteurizada de corbatas,
agonizamos
con una oscuridad irrevocable,
ahí alcanza su mayor esplendor el sacrificio:
quedamos impávidos dentro de esta jaula amenazante,
pero somos Teseo en el Laberinto,
revelaciones punzantes
del universo que a menudo nos niega sus propias
lámparas.
No. Somos Nadie
con un cenzontle de carbón
entre las manos.
En qué tierra estamos,
la voz es un jardín
de cruces en el espejo.
Recordamos la claridad cuando estamos invadidos
por sombras; lo sabemos, ahora, que buscamos el fuego,
incluso, en el pajar del tabanco,
en la sangre del precio que pagamos
por vivir en medio de rachas
de herrumbre,
junto al hongo que oscurece el libreto
que debemos representar con agonía:
la comedia, la simple tragedia
de pertenecer a la trastienda de la muerte, buscando
el hambre sin hollín,
la mordida en el espejo.
Morimos cuando nacemos ensimismados en la sábana
del fuego, así de simple y natural,
como las palabras del juicio infinito,
del cual somos extraños delantales,
aire difícil de sorber
en la chimenea de la salmuera.
Viajeros somos en la cercanía del muro que se alza,
digamos, como un torvo fantasma amanecido,
perenne siempre la horda
del desasosiego,
en el cebo que nos mantiene en vilo.
Siempre estamos así mordiendo el hisopo de los meses:
¿descansaremos después de tantos años
de alfileres o habrá siempre
que resignarnos a ser peregrinos invisibles
en este tizón de sombras sobre nosotros?
Sin duda habrá un ovillo,
tal vez no como el de Ariadna, pero
ovillo al fin, que nos saque de esta fiebre de naipes,
donde nos deshagamos del despojo,
del escombro de asperezas
como un fuego indefinido.
Casi leyenda estos nudillos en la conciencia:
«te pudres lentamente, mientras todos yacen dormidos»,
el ojo aletargado en la herida,
—el día con sus temblorosas bocas, la muchedumbre
como una sola boca ardiendo en la manada del
vestuario,
sin pulimentos en la historia de la noche.
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