CONSTELACIÓN DE LA INFAMIA
Mi inocencia me da ganas de llorar. La vida es la
farsa en la que todos figuramos.
ARTHUR RIMBAUD
Vileza y maldad, son
herramientas que usan los malhechores
de la infamia; ellos
no solo maúllan, sino que tuercen
la realidad. Son los
que se tapan la cara frente a la historia.
Ahora se ha vuelto
una cábala
para desafiar los
mediodías,
es el nuevo orden
donde hay zonas de penumbra.
Todo está así,
violento y destruido,
tomado por el óxido;
palpable la saña,
duele su lacerante
óxido,
el peso sombrío sobre
la esperanza,
los ataúdes que
emergen
deliberadamente de
esta conjunción oscura de voluntades.
Los seres en penumbra
desfilan en medio de la noche:
muerden su propio
rictus,
lamebotas de un
tiempo absurdo,
heladas piedras
dentro de ciertos escaparates,
tierra donde
sólo es posible, el
abrojo y las lechuzas.
Me río cuando los veo
con su desvelo permanente:
me conmueven,
ciertamente,
sus gotas de veneno y
su infelicidad;
esta constelación de
buitres
siempre halla el
camino a oscuras,
jamás apuntan de
frente, jamás dejan su guarida y escombros,
ante la verdad
desaparecen
y se esconden como
ratas o serpientes;
la misma insania
los extravía,
parecen seres
grotescos cuando el rayo los desvela.
—Andan entre la noche
y el día y no desperdician
la muerte para seguir
muriendo en su propia ciénaga;
la transparencia los
aterra,
los enardece la
palabra diáfana,
el aire conocido,
pero jamás los salva
la inclemencia de sus huesos,
la mente ruina de su
masturbación nocturna.
Son seres espectrales
en la animosidad del moho,
Flautas de descomunal
escoria,
crisálidas sordas de
la tierra.
Debo confesar que me
conmueve su perseverancia,
su acopio de sed virulenta, su sabiduría para
el mal,
su mente de ardorosa
ceniza.
Viven el día a día
con las pestañas colgadas de las esquinas;
mientras caminan
escupen los demonios
que llevan dentro,
ellos por desgracia
están condenados a esta ficción infame,
a la ilegible montaña
azul de la felicidad.
No pueden ser
felices.
La felicidad es su
propio martirio,
viven librando el
destino dentro de la ceniza,
ahorcados por la
blancura de la luz,
crecidos de cadenas
donde se devalúa la libertad,
purificados por su
naturaleza de vampiros.
Son frutos que están
ahí en su negación de humanidad y patria.
Ellos permanecen en
la noche como mercenarios, extraños,
desplazándose entre
los muertos.
Ellos tronchan o
asesinan vidas; no les importa en Evangelio.
Me río cuando los
derrite la desesperación,
cuando juegan a la
oración
y deshacen los
crepúsculos del escapulario
de tanto transpirar,
de tanto ver al
prójimo como enemigo,
de tanto desvanecerse
en su orina y excrementos.
Me río, claro, de
todo este drama de oscuridades:
nunca la verdad ha
sido losa fría,
sino una vívida
fragancia de espejos,
que de pronto, pone
sobre la mesa,
zarza y vuelo y
pañuelos.
Sé que un día los
veré con algo de rabia y, tal vez, consuelo,
escuchando el
veredicto:
la maldad, a fin de
cuentas, no encuentra
puerta segura para
guarecerse.
Del
libro: «Relectura», 2012
©André
Cruchaga
Imagen
tomada de Pinterest,
Barataria
