ANTESALA A MIRÓ
En la antesala de las
apostasías presentes fragmentado,
las ojeras frente a
la hoja del crepúsculo.
Por tu mirada, pasa el
juego de colores disparados a la noche:
lunas, peces, caballos
desarticulados por el puño, estrellas negras
presintiendo los
matorrales de la penumbra,
los ijares
acribillados de la claridad.
En el cobertizo del
aliento, las estatuas consumadas del quinqué.
Los desaparecidos y
no enlistados en los cuadernos del azor.
Todo parece una
constelación de fábulas nada luminosas.
(Hay zonas sumamente frías en los cementerios y
miradas en vilo
frente al tiempo y a los lupanares. Sé de los mundos
proscritos
de las palabras, y de los vendavales que uno aprende a
digerir
como dietario. Siempre es raro ver los desiertos rotos
o la destrucción manchada de respiración
o la barricada en el ardor de la desnudez.
A la liturgia de las manos, el incienso del reverbero
de las entrepiernas).
En los zapatos
viejos, sólo el baile del carnaval de los arlequines,
o el sol rojo o lunas
grises de las manos de cínicos y criminales.
Signos hay, signos de
luz y mamposterías.
Se nos avecinan
aluviones y estallidos.
—Usted y el vagón de
los caballos rojos volando sobre el pájaro
luna de las paredes.
Dentro de las partituras del desasosiego,
la escritura desordenada
de los metales, o la colisión del badajo
en las aguas
misteriosas del tapiz de porcelana.
Vivo en los dominios
de tu ombligo, metamorfosis íntima
cuando la espiga
madura y vacía la esperma plural del insomnio.
Todavía hay un camino
de mojones que debemos transitar
en la noche, gallos
amarillos sobrevivientes de la lluvia,
un Cristo amargo,
entre vendedores de flores marchitas.
—Usted, sí, antesala
viviente del fuego a dos manos.
Ese bocado en medio
de todas las señales previas a la lluvia.
Una flor donde se
extravía mi rostro y las mariposas.
Luego la sombra de
los clavos, al filo de las horas abandonadas;
luego la vida
cotidiana y sus tiliches y su estercolero y sus presagios.
Amo en el odio esta
hambre de la fugacidad, el sordo invierno
de dos cuerpos,
enrollados en el pedernal de las luciérnagas.
Odio el filo del
escondrijo.
Odio los espejos
doblados en la lampara de kerosén.
Amo esa forma devastada de las ojeras y su amargo fragor de demasías.
Las estatuas y su febril inmovilidad cercenan los vapores de mi lengua, ahí
donde el tiempo se hace trocitos de rostros decolorados. A veces me hundo en el
buzón de los escaparates y en el hilo menstrual de los mordiscos que vomita el
asco de una alondra. Desde la construcción de las humedades, los amuletos de la
noche en el peñasco de arcilla de las perturbaciones. (La boca al unísono muerde aquella embriaguez de las poluciones como un
dardo expulsado de sobremesa).
En la ropa del asco, la agitación de los pulmones y su natural griterío de axilas.
En el litoral devastado de la flor de sal, las aureolas repletas de mundo: el agua dura de las miradas y el aullido de la sombra múltiple de la hojarasca.
Amo el recipiente de las resacas y la huella de piedra del fracaso: dondequiera el País pedregoso del hambre.
Del
libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 2018, 2019, 2020
©André
Cruchaga
Esta
pintura pertenece al artista Joan Miró
Barataria
