martes, 1 de septiembre de 2026

ANTESALA A MIRÓ

 

Pintura de Joan Miró

ANTESALA A MIRÓ

 

En la antesala de las apostasías presentes fragmentado,

las ojeras frente a la hoja del crepúsculo.

Por tu mirada, pasa el juego de colores disparados a la noche:

lunas, peces, caballos desarticulados por el puño, estrellas negras

presintiendo los matorrales de la penumbra,

los ijares acribillados de la claridad.

En el cobertizo del aliento, las estatuas consumadas del quinqué.

Los desaparecidos y no enlistados en los cuadernos del azor.

Todo parece una constelación de fábulas nada luminosas.

(Hay zonas sumamente frías en los cementerios y miradas en vilo

frente al tiempo y a los lupanares. Sé de los mundos proscritos

de las palabras, y de los vendavales que uno aprende a digerir

como dietario. Siempre es raro ver los desiertos rotos

o la destrucción manchada de respiración

o la barricada en el ardor de la desnudez.

A la liturgia de las manos, el incienso del reverbero

de las entrepiernas).

 

En los zapatos viejos, sólo el baile del carnaval de los arlequines,

o el sol rojo o lunas grises de las manos de cínicos y criminales.

Signos hay, signos de luz y mamposterías.

Se nos avecinan aluviones y estallidos.

—Usted y el vagón de los caballos rojos volando sobre el pájaro

luna de las paredes. Dentro de las partituras del desasosiego,

la escritura desordenada de los metales, o la colisión del badajo

en las aguas misteriosas del tapiz de porcelana.

Vivo en los dominios de tu ombligo, metamorfosis íntima

cuando la espiga madura y vacía la esperma plural del insomnio.

Todavía hay un camino de mojones que debemos transitar

en la noche, gallos amarillos sobrevivientes de la lluvia,

un Cristo amargo, entre vendedores de flores marchitas.

—Usted, sí, antesala viviente del fuego a dos manos.

Ese bocado en medio de todas las señales previas a la lluvia.

Una flor donde se extravía mi rostro y las mariposas.

 

Luego la sombra de los clavos, al filo de las horas abandonadas;

luego la vida cotidiana y sus tiliches y su estercolero y sus presagios.

Amo en el odio esta hambre de la fugacidad, el sordo invierno

de dos cuerpos, enrollados en el pedernal de las luciérnagas.

Odio el filo del escondrijo.

Odio los espejos doblados en la lampara de kerosén.

Amo esa forma devastada de las ojeras y su amargo fragor de demasías. Las estatuas y su febril inmovilidad cercenan los vapores de mi lengua, ahí donde el tiempo se hace trocitos de rostros decolorados. A veces me hundo en el buzón de los escaparates y en el hilo menstrual de los mordiscos que vomita el asco de una alondra. Desde la construcción de las humedades, los amuletos de la noche en el peñasco de arcilla de las perturbaciones. (La boca al unísono muerde aquella embriaguez de las poluciones como un dardo expulsado de sobremesa).

 En la ropa del asco, la agitación de los pulmones y su natural griterío de axilas.

 En el litoral devastado de la flor de sal, las aureolas repletas de mundo: el agua dura de las miradas y el aullido de la sombra múltiple de la hojarasca.

 Amo el recipiente de las resacas y la huella de piedra del fracaso: dondequiera el País pedregoso del hambre.

 

 

Del libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 2018, 2019, 2020

©André Cruchaga

Esta pintura pertenece al artista Joan Miró

Barataria