jueves, 1 de octubre de 2026

LUCIÉRNAGA DEL DEGÜELLO

El autor de esta pintura es la artista salvadoreña Rosa Mena Valenzuela


LUCIÉRNAGA DEL DEGÜELLO

 

 

 

Hacia el destello, el tambor de luz de los embarcaderos del degüello:

usted, y la vela abierta de sus brazos, la incandescencia rota

alrededor de los árboles que la tarde dolorida trenza.

Los caballos alegres, arrojados del costado y el casco del aliento

como cuartilla de viento imprecando las zancadas de nadie.

Todo se descalza de párpados de esta roca de amor que nos pesa.

Es la sed del páramo en los pensamientos con sus coágulos.

Desde la ebriedad hasta el recuerdo del fuego en el cuerpo.

Avanza todo lo extraño en almas extrañas, sin extirpar las dudas.

Desde el íntimo fósforo del cielo, hasta las inclemencias

del césped habremos de librar muchas batallas. Muchas, muchas.

Gira la luz en torno a la campana ciega del cuerpo.

En ese mundo de quemantes techos, el corazón arrasa los límites

del filo, para hacer una historia de zapatos deshabitados.

Ante la necesidad de manar fuego, las esquinas encendidas

de la caverna, o el ronquido inextinguible del sinfín.

 

(Entiendo que todo es relativo, el dedo índice sobre el trozo

de firmamento; los sorbos de luz que relampaguean en los laterales

de la boca, o el ala invisible que se extiende en forma de paraguas

sobre la madre que llora a sus hijos muertos o encarcelados.

También entiendo esta voz cautiva en mi País, la sartén sin comida.

De los confines del tiempo, el fuego insaciable, purpúreo,

creciendo libérrimo sobre los sostenes de la sombra.

En el rocío del cuerpo, la lectura del cielo invernal sobre lo hirsuto.

De par en par, la puerta se abre a un mundo de enigmas).

 

El tintineo de la gota de semen suena en el litoral del oleaje

o chapalea. Muerde su aliento y apresura lo agraz del fruto.

Resuella, aunque no se vea, el tiempo que nos viene.

Vaciado el júbilo, ¿cuánta luz nos queda para beberla en sorbos?

¿Cuánta luz, para iluminar los ataúdes del día y del futuro?...

 

—En la gruta, usted, y el poderío de mis congojas.

Y ese poder casi omnímodo que hará trizas la República.

La medianoche se muestra en el tragaluz como una bandera

atravesando el horizonte; cerca estoy del absoluto olvido,

quiero reemplazar la nostalgia y el hambre, los bolsillos

y el barniz del goteo de tantos ídolos a riesgo del abismo,

el agua sin aplomo en el desfiladero.

Hacia lo interminable de las aguas, el deletreo del sinfín con sus mazmorras. Siempre supuse que el oleaje cierra los párpados y que se avanza cuando se abren las alas. Uno es acaso, lo inminente en calles petrificadas: en el filo del fuego, el cuerpo ciego de los asedios, y lo absorto que culmina quemando los ojos.

 En la cintura de los sueños, la yugular de las raíces líquidas del pecho, o el abismo que arde pútrido en la memoria.

 Siempre busco deshacer el tumulto de huesos que deja la tormenta. Sólo queda en el bosque un sendero de sombras, no menos cierto que la neblina madurada en la piel. No más oscuro que la piedra del desarraigo. No más agrietado que la flauta de un relámpago. Cada rostro es un nombre esculpido en el granito. Siempre duelen el deletreo de los horarios y las carnicerías; en los parques y plazas, trato de ser cuerdo para no desbocarme en cada uno de los bostezos del mundo.

 Al final sé que es sólo un pájaro de sangre el que se desvanece en el fondo abisal de mis venas.

 

Del libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 2018, 2019, 2020

©André Cruchaga

El autor de esta pintura es la artista salvadoreña Rosa Mena Valenzuela

Barataria