TESTIGO PENITENTE
Desde las más lejanas aguas de la marea, la piedra en
el sueño.
La destrucción que nos acompaña cada día de manera
galopante
convierte los costados en un viernes de dolores;
en poco tiempo la casa sin ventanas, carcomidas las
habitaciones,
el techo destruido en el silencio diario, vaciadas las
palabras.
Ahora entiendo toda la oscuridad apareada a los
huesos,
esa que parece un dardo en la boca y hace luto de la
herida,
la morbidez de los zambullidos, el calostro procedente
del perro
que vela el hueso en un aroma de penumbra,
la danza hostil de las confusiones desde el antaño de
la protesta,
hasta digerir los fragmentos de realidad revelada.
En cierto modo todos somos sospechosos, un paseo macabro
en otro mundo, el mismo mundo a menudo ignorado.
En realidad, no hay nada diferente a la risa
sustituida por el llanto
ni al rumbo de la nada, cuando la nada es turbia
combustión.
Cada día es difícil y más si nos pisan la libertad de
manera frívola,
si uno baila sobre el escombro de baldosas.
Yo no quiero un destino con pruritos de oscuridad y
caos,
no con demonios, salvo los de Baudelaire,
Lautreámont o Rimbaud.
Hablar hoy se ha convertido en un acto suicida: hay un
deseo
por desarticular la lucidez, con resonancia de agonía
y tragedia.
De niño era testigo de nada, mientras mi madre le daba
abrazos
a la vida: el amor no había muerto. La casa era buen
refugio.
De todo solo tenemos el alma destruida de la infancia.
Del
libro: Los que resistimos a la penumbra, 2026
André
Cruchaga
