ENTRE
ALAMBRADAS CRUZÁBAMOS EL ATAJO
Entre alambradas feroces cruzábamos el atajo:
queríamos hacer un solo cuerpo.
Bajo nuestra quimera se fundaban los cimientos y
ventanas de una casa
que nunca fue, una casa lejos de la ciudad y la noche.
Una casa solamente para
la alegría. «En medio de la sangre me persigue ese rostro,
su pie1 por la que corre el agua», su pecho, labios y
cabellos: un susurro brota
de todo su silencio, sus muslos envolviéndome con su
aroma de pino.
Cuando cruzas el atajo —pienso— ya no te reconozco,
una hoguera de silencios
y olvidos me envuelve, un estanque de silbidos
acribilla mi memoria.
Algo se va muriendo en mi alma, aunque juegue al
trapecio.
Es como si ya no existiéramos ni los niños que un día
fuimos.
El País ha cambiado, lo que antes dábamos por sentado,
ahora es lejanía:
no hay tiempo para soñar, el desencanto ha ido
destruyendo paulatinamente
la vida ciudadana: la muerte nos enseña que somos
mercancía y la pobreza,
UN RUBRO MÁS DE DONDE SE ALIMENTA EL PODER.
A esta hora si regresaras, sería para apostarme en tu
pecho de funeral,
en tu pecho que ayer me cantaba y llenaba los vacíos.
Del
libro: Los que resistimos a la penumbra, 2026
André
Cruchaga

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