ENCUENTROS
IMAGINARIOS
La utopía del
tiempo en los encuentros imaginarios con la memoria,
sal como la
neblina hasta el cuello,
seco mis ojos para
que no se hunda el agua en otro absurdo
como las
fotografías a media asta del subconsciente.
Ante el variado
despojo, el silencio por razones de seguridad.
Nunca son diáfanos
los pensamientos en medio de la noche
ni en la ebriedad
que emerge del viento
ni en la palabra
luciérnaga tan antigua como mis abuelos,
o ese incendio de
aldabas tras la lluvia
ni en el cielo
falso del sollozo donde seguramente reposa el grito
y la mecha del
candil al otro lado de la mañana.
Y la fatiga en la
escarcha fría de las zanjas.
(Me he quedado a
oscuras entre los matorrales de la nostalgia
y los chiriviscos
que quedan alrededor de la boca.
Estoy, sin
embargo, custodiado por olvidos y encuentros imaginarios,
huertos oxidados
de la que fue la hoguera,
nuestra juventud
fugitiva, la sed sin saciarse desde su raíz.
Es terrible,
ahora, pensar en todos los juegos de la infancia.
Son terribles, los
juegos alrededor del ombligo.
Acordarme de los
peces es un acto supremo de memoria,
aunque ya nada
sea, aunque aquella aurora ahora se vea frágil.
El cardo de sangre
muerde los cuerpos.
No he dormido
desde que la taza de luz entró en la carne.
Muchos imaginarios
merodean alrededor de reflectores
de hojarasca y
lecciones excavadas;
a cada quinqué le
deshago el nudo de hollín que hizo el abandono).
Ante tantas
distancias, ya no sé de qué costado dormir,
ni qué noche se
hace más vieja que la polilla ni qué fruta despierta
en ventanas sin
cortinas ni qué límites hay al cerrar los ojos.
De a poco se van
conociendo las costillas del país y su anemia.
Y su ruiseñor en
las yemas de la indiferencia.
De a poco, en
medio de la noche, imagino encuentros contigo.
Mis ojos no se
cansan de sentir la espesura de tus besos,
tampoco la piel en
su empeño ilusorio.
—Vos, maduraste
muy luego ante el ojo de agua del cántaro,
luctuosa te hundes
frente a mis empeños, esquiva, ahora,
con tu cuerpo
adolescente, con tu abatimiento silencioso.
—Yo leí la primera
crónica de viajes de nuestras andadas
sobre los huecos
que me producía el ansia.
Ahora lo sé. Aquí
el aprendizaje te hace voraz;
la soledad es
también un acto de valentía.
(Hay
faroles oscilantes en los ecos largo desfile de ataúdes convertidos en íntimos
mástiles dentro del puerto de la madera sin embargo descansan las campanas
acodadas sobre la flauta muda de la lengua en lo profundo del estremecimiento
el cuerpo sólo anhela la túnica ceñida al cuerpo: atrás la hierbabuena y el
cilantro la pimienta errátil del aliento atrás la posdata del ala el libro de
las urgencias o el río al límite de lo oscuro —hoy es mi turno para sosegar los
peces de la locura y vivir la noche adentro y que acabe el cansancio del minuto
(entre la niebla y la lluvia se despeñan las húmedas cornisas el desuello del
espíritu) quedan atrás las callosidades del calendario los ojos que una vez
acumularon cuerpos las manos que limpiaron la miseria (aquí sin embargo fluye
lo inmóvil) ¿puedo esperar otra luz cuando la tierra es definitiva? ¿puedo
sentarme a la diestra sin apagar los candelabros sin dejar de saber del final
ciego? ante el cuerpo sabe el pulso de la libertad).
Del libro: «Los ojos sólo tienen realidad», 2018,
2019, 2020
©André Cruchaga
Imagen tomada de Pinterest,
Barataria

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