lunes, 23 de agosto de 2010

EL JARDÍN DE MI POBREZA

Abro la alcancía de mis carencias como abrir un cofre de infortunios.
Resplandece la puerta abierta del invierno.
Leo sobre la piedra mi propia caligrafía enloquecida.
Los acasos sin rasurarse en el cadáver furioso de los cuervos.
Fotografía de Vadim Stein







EL JARDÍN DE MI POBREZA








I come back...come back
You see my return
My returning face is smiling
Smile of a waiting man...
CRIMSON KING








Abro la alcancía de mis carencias como abrir un cofre de infortunios.
Resplandece la puerta abierta del invierno.
Leo sobre la piedra mi propia caligrafía enloquecida.
Los acasos sin rasurarse en el cadáver furioso de los cuervos.
El lenguaje del miedo aún viene a visitarme en la noche:
Vierte madera y cortinas en el maleficio,
Quiebra los espejos cerrados del horizonte,
Derrumba el espejo imaginario del oxígeno.
Afortunadamente, ahora, no estoy en una catacumba, ni me golpea
El granizo del papaturro o el tigüilote. No, no me golpean.
Pero me invaden los cuentos de terror que escuché en la calle.
De pronto salta el polvo de la penuria y con él, en desorden:
Peter Pan, platero y yo, El gato de Cheshire, La merienda de los locos,
Los tres pelos de oro del diablo,
El lobo y las siete cabritas,
El sol rojo en el ojo de una mariposa azul,
La luna negra de los colores en muletas, las pupilas gastadas
En la sombra de la sed.
Aquí el ladrido seco de los perros y la asfixia del búho en mis ojos.
El diente negro de las piedras hasta mis rodillas, los días póstumos
Del cuervo colgando del sofoco de los martillos.
Los sellos postales rotos como la lengua de mis zapatos.
[En el primer espejo del día, me hiciste tantas promesas: llevar
La locura a la piedad; darle respiración a las carnicerías;
Enhebrar la aguja del desfiladero sin desmoronarse;
Tapar todos los agujeros del absurdo hasta llenar el estómago.]
He visto el caballito de madera trotando alrededor del mundo
Y las agujas del reloj caer sobre el pétalo de la intemperie,
Y hacerse visible el agua turbia del estiércol.
En el umbral, este manicomio de equivocaciones: la hostia purulenta
Del pecado, mis torpes ojos escupidos en el albañal,
El ciervo que soy en las rodillas de la noche.
Reclamo a los días este diablo de la violencia. Este aparcamiento
De cadáveres en los parques donde todavía juegan los niños.
—De pronto quizá exagero cuando me encuentro deshabitado:
Pero el miedo mete de manera incesante sus clavos en la conciencia.
Lo cierto es que la tempestad se toma la sopa de los días felices.
Lo cierto es que hemos perdido los buenos modales del cierzo;
Hemos desplazado la somnolencia a los cántaros
Y exhumado de manera inclemente el instinto.
Hay días como el tizne. El hollín de la sombra no es doméstico.
Hay días sin ningún ornamento. La sospecha nos carcome.
Hay días con las sillas trituradas. Las escoban barren el aliento.
Hay días húmedos. El tiempo moja las ventanas.
Hay días sin cartas, ni telegramas, ni trenes…
Barataria, 23.VIII.2010

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