viernes, 1 de mayo de 2020

PÉRDIDA

©Pintura de Claude Monet





PÉRDIDA




Nos llueve el libro del sollozo y su estrepitosa caligrafía. En el imaginario solo tiene sentido la locura de nuestras vidas; o tal vez, la tarde de piedra del tiempo. La noche nos arrastra hacia la fosa: nada ganamos en la exudación del tráfago, salvo la incredulidad.

Del libro: Umbral de la sospecha, 2020.
©André Cruchaga
©Pintura de Claude Monet

jueves, 30 de abril de 2020

IMPOTENCIA

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IMPOTENCIA




Aquí el sonido petrificado de la desnudez, el asombro que tiene
los fuegos de la infancia y el aroma de la tierra cuando llueve.
Aquí duelen los cementerios y su tiranía de huesos.
Tiembla el alba igual que la noche en su agonía de la luz.
Bebo la oscuridad solitaria en el cántaro de la miseria.
Zumba el fuego que aún pervive en la cicatriz viva de la boca.
No sé si reír de impotencia cuando me duele la palabra amor.
Soy lo peor sobre el hombro de las arrugas, sobre la rosa de peces
que devora el resplandor: soy lo peor cuando no puedo caminar
sobre las aguas del mar, ni retener tu cuerpo en una mañana
de pinos, ni reinventarte un paraíso.
Un manojo de huesos horada mi paladar: en la sed solo desciendo
hasta desvanecerme en los senos opacos de un trino.
Soy el peor transeúnte sobre andenes de moho:
mi pecho es remoto, como aquel pájaro de la aurora
que se embriaga en el cierzo de un tiempo impasible y vasto.
.
Del libro: Umbral de la sospecha, 2020.
©André Cruchaga

ENTRE ROSAS Y ESPINAS

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ENTRE ROSAS Y ESPINAS




Escribo para hoy y para ese futuro incierto: sospecho
de las señales que nos da CNN, BBC, Telemundo.

El silbo de las araucarias se ha tornado apocalíptico,
las rosas han embargado sus colores
por un hipo de espinas abominables;
las fotografías de las sagradas escrituras,
junto a Nostradamus,
nos llevan a aldeas donde los trenes sacuden la tierra
y tosen sobre los rieles del juicio final.

Y también, sobre las flores perennes
de la niñez, 
sobre ese mañana invocado por la sed del alma.

Al escribir, el desvelo me lleva a potreros de talpetate;
gasto mis zapatos mientras transito
sobre estas carreteras de espíritu incierto.

De nada sirve caminar descalzos y desfallecer:
las llagas de la piel siguen supurando historia…

Escribo para mí, soñando húmedos jardines,
mundo sin pesadillas, (ignoro si hay posibilidades de un mañana)
un ideal siempre que no sea en blanco y negro.

Escribo para los demás. Esos demás pueden ser:
uno, dos, tres. (A falta de audiencia, claro.)

¡Qué importa! 
Un solo lector, un solo instante,
Son suficientes para dar testimonio del aire, de la sangre,
del crucifijo aquel que nos respira en los hilos de los poros
como un pez en su habitación remota,
como un seno viviendo en la boca de un niño.

Escribo de sol a sol sospechando de mi locura.
En los oídos ando campanas
y en los ojos una mosca de humo enroscada en mi aliento.

Escribo sobre gotas de péndulos de tile,
en un juego de cosidas bocas y rezos.
No es un rito para sacudir la lluvia de mis años,
ni jugar a la humedad
de los recuerdos, ni plasmar fantasmas con sus muecas etéreas.
Escribo para la ceniza del beso mirándome a los ojos,
para la bestia lenta del naufragio,
sórdida a veces, la lágrima de la infancia.

Escribo al siguiente hijo de la humanidad,
al que nacerá en ciudades frías, o tórridas,
al que de seguro lo espera una tierra yerma,
inhóspita tierra donde alguien construirá jardines de piedra
y muebles de sala con gastados neumáticos…

Escribo lamiendo el asco del tiempo,
con el alma posesa de fétidos espejos,
bajo al mundo de Job, entre yertas funerarias.
Las máscaras sin piedad,
escupen despellejados miedos y hongos,
cuyos respiros llegan hasta las vísceras del cuerpo.

Escribo de noche a noche,
riéndome de los espectros del viento.
Las espadas de las espinas guardan filos de escalofríos
y desesperados suspiros.
La noche nos susurra con su boca.

Nunca fue fácil sudar los zapatos
conforme se ha caminado sobre el umbral
de severas puñaladas y urdidos infortunios.

Sepulcros ha forjado la garganta,
lenguas de engañosa saliva lamen el corazón.

Todo el extravío, hoy es viento tempestuoso.
Huérfano afán.

En el día de las parábolas, como hoy,
la sed se ve en los espejos,
y la niebla, apilada como alimento.
Sé que escribo al filo de claustros prolijos de espinas, 
merced, a este tiempo de gritos y escupitajos.
He bajado como un ave, a tierra,
a un País donde los pétalos,
son aspas y las escamas bailan
como henchidos peces con anzuelo.


Del libro: Íntimo desarraigo, 2000.
©André Cruchaga

martes, 28 de abril de 2020

MÍNIMA CRÓNICA

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MÍNIMA CRÓNICA




Envuelto en el nudo de sal de los latidos, este sueño de lejanías punzantes, acuario terrestre donde el aroma se confunde con la fábula. Aquí huimos devorados por los juegos sombríos del espejismo, un océano de incendios nos diferencia de una gota de agua perdida en la respiración. Todo es extraño cuando una flor con alas, crece en las paredes y nos lanza hacia el pájaro de la utopía.

Del libro: Umbral de la sospecha, 2020.
©André Cruchaga


domingo, 26 de abril de 2020

ANDENES ROTOS

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ANDENES ROTOS




De vuelta a los andenes rotos de la espera, las aguas secas de esta sed enajenada: es breve la aurora para todos estos sueños reprimidos, huracán de cieno en la tumba de los pájaros. A ratos solo es ceniza y niebla la entraña que se desgarra en la tinta. (Usted duerme mientras yo sajo la conciencia hasta deshacer los nudos del agua de mi propia agonía.) Alrededor de esta piedra de luto, el aullido que evoca a Lautréamont en una alberca de sueños amargos.

Del libro: Umbral de la sospecha, 2020.
©André Cruchaga