viernes, 9 de octubre de 2015

INVENTARIO DEL OLVIDO

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INVENTARIO DEL OLVIDO




En el armario, la luna plena; y sobre el estrépito, un candil furioso de sombras.
Erguidos en la piel los cajones de las semanas y cubiertos de olvidos.
En los muelles de la noche, la bocanada de recuerdos, crepitantes las mollejas
de las palabras, bohemia la crónica del ansia en los círculos patológicos
de las fechas: la claridad se burla de todas estas miserias inagotables.
¿Podemos hartos de todo, olvidar cuanto de barbarie y miserable tiene la vida,
husmear en la desmesura del pasado?
¿Hay cierta mitología inmutable en el olvido, en cada folio del delirio, en cada
madera indemne de este monólogo? —Los armarios son ciertas arqueologías,
depósitos sedientos de la hoja y la rama y el árbol: allí subyacen los folios
de lo póstumo y aquella boca cansada de pavimentos.
Ante lo inminente deliran los cansancios del verdugo y el infortunio.
Algún sitio habrá para guardar todas las migajas desde el diluvio hasta nuestros
días, desde los semáforos irrecobrables del sollozo, a esta suerte de aniquilar
los trenes en plena desnudez del hambre.
(Entre los tantos olvidos, vos, desasida de mis poros, irreiterable en la estrofa
de mi aliento, catártica en la épica de mis Hefestos: martilla y fluye justamente
en esa absurda severidad de lo demiurgo. Absurdo el orden y la alegoría
inmerecida de los asedios. Absurda la indulgencia sobre la página suprimida.
Desglosados los renglones del viento, vos y la puerta estrecha de la moral.)
Todo lo acontecido, desvaído musgo, dentro del féretro de los girasoles.
Sucios y desencajados, los borbotones de ceniza sobre el costado del otoño.
Barataria, 30.IX.2015

miércoles, 7 de octubre de 2015

LA CALLE

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LA CALLE




Quiero decir estas calles que abrazan mis zapatos, tibias de huesos y manos.
Imprescindibles en la resistencia de la jornada como las pocas o muchas
palabras que aprendimos en la historia de la noche.
Para los juegos, los obligados adjetivos en el paladar, las excusas de siempre,
los oficios alargados de la rebeldía.
Nos abriga el árbol de los vacíos, las imprecaciones y los asesinatos, la queja
y el engaño y los espejos posibles donde el instinto golpea los monólogos
inciertos de los neumáticos.
Ante la palabra, las panaderías y esa sensación de sermón de la levadura.
Muy a menudo nos martiriza o conmueve esta puerta de corrosivas vísceras.
Nos martirizan los falsos monederos de las bocacalles profundas
y pronunciadas, las ventanas anárquicas de las cuevas, o la simple dialéctica
de lo despiadado que resulta el tiempo y su sentido contrapuesto.
En la secuencia del asfalto, todo lo desgaja el desaliño, la loza revelada
en el zapato, o la lengua de luz sobre algún escarabajo.
Fuera del asco reiterativo de cierto hedonismo,
el asfalto excede todo estruendo de severos hiatos interpretativos: enfrente
de los sumarios del aliento, las explicaciones de la superficialidad, los gritos
y asesinos a sueldo, el plano cartesiano en el relieve de los cuchillos.
La calle es solo el prólogo para entender la raíz invertida de los incendios;
ante cada extravío, entrevemos el salto mortal de la impotencia y su simbiosis.
Barataria, 29.IX.2015

lunes, 5 de octubre de 2015

SEMÁFORO

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SEMÁFORO




Supongo que hay cierta vehemencia en los absurdos, cierta sequía indescifrada que nos conduce a esos orillamientos. Supongo que es dura la sordidez en los sentidos, el revés de la bolsita de pisto donde guardamos las monedas sobrantes del aliento, o la ventana de ternura convertida en pozo de embriaguez. Supongo también en las llagas que hace la escritura en el alma, en aquel orgasmo inacabado frente a los adobes del alfabeto; nunca hay reposo cuando la tristeza es casi un mal genésico, cuando el frío en el aliento es escalpelo, o ruin escarabajo hacinado en la congoja. De cierto, caemos en la trampa de las deformaciones, en esa imposible dureza del papel en blanco, en tantas rupturas y certidumbres. Sangra el animal que soy explorando en la escritura los muchos candiles destrozados; desde la periferia de mi condición, la entraña condensa esas horas crudas de la espina y su corrompida fecundidad. La barbarie nos acecha como fiel discípulo, nos seduce hasta horadar la razón. El poema, en cierto modo, es respuesta a esos entusiasmos perversos que provocan las contradicciones. Uno huye aunque jamás escape de los rastrojos de lo perverso. Supongo que ningún extravío es autodeterminación: después de extirpar los espejismos, viene el poema, esa estancia –clara u oscura—del viaje. Después de la escritura, sucede lo que yo modestamente llamo, liberación. Uno se sacude múltiples demonios, las dudas, los sinsabores, la certidumbre o la desintoxicación de todo un mundo de retóricas: seduce, entonces,  este carácter cenagoso. Supongo que se configura un nuevo orden aunque para muchos sea imperceptible; delirantes y funestos parecen nuestros designios, la política, toda la realidad que institucionaliza demasiados demonios. Caminamos en medio de esta oscuridad, en medio de un sentimiento de destrucción creciente, inverso al carácter de la luz. Y aunque el yo (lírico) permanece nos muestra esa realidad y sus desazones, el horror, sí, que desnuda nuestra moralidad. ¿Será enajenación esta metamorfosis, que no el asombro y el vértigo? Desde el poema solo puedo caminar junto con las palabras, aunque las mismas carezcan de inocencia como las ventanas y despinten la alegría y la silla azul del sinfín. Limpio de cuervos y perros y zopilotes uno desfallece; siempre al borde del peligro, de una lectura, de la invasión de los miedos que provoca el día a día. El poema siempre me tienta, así me sumerjo en esas aguas entrañables de lo insólito, supongo. Por supuesto que además de la zozobra, existe la ternura: ¿de qué otra manera podría aspirar a la comunión con los demás? No lo sé. Las palabras, por cierto, desnudan la conciencia, lo descubren a uno en medio de tantos sonambulismos. Ignoro si es mal endémico recurrir siempre a la memoria. Ignoro si es mero clisé el diente de la lluvia pulsando en las sienes… En decir, no necesito lentes para ver de dónde viene mi poesía, ni hago alardes, ni me asisten pruritos de vanidad: solo procuro desnudar ese invierno que está ahí debajo de las piedras, observar el hacinamiento del poniente y sus calles, quizá leer las canículas en el promontorio de enfermedades venéreas. Quizá lo que tiene de mágico el poema sea, las múltiples degolladuras del aliento, el disfraz que se usa para simular el estupor, las diferentes sombras que tiene el paraíso, los sombreros de los mendigos que uno muerde en afán de infinito. No hay nada nuevo bajo el sol, y sin embargo, cada día la lectura de las paredes es diferente: los centavos obscenos que se van sin rumbo, al mar, a través de los tragantes. Viví por largos años dentro del escombro, durmiendo sobre la espalda oscura de la tierra; siempre caminé con los extraños gruñidos que produce el hambre y la muerte, alguna bondad han tenido conmigo los caminos, algo fraterno este tiempo desordenado. Entre los brotes de soledad y atardeceres, la luz de las semanas y las cobijas mías que insisten en cubrir mis poros. Supongo que en esto del poema hay dos mundos más o menos diferenciados, fiables: la poesía como producto de una gran metáfora y la poesía cruda, llana, sacada de los intestinos. Una fila de tinta se yergue sobre la hoja; un poema, de pronto puede convertirse en purgante. Dejemos que la luz abra sus noches. O, como diría Vallejo en Poemas humanos: “¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito? Alguien pasa cantando con sus dedos”. Al otro lado del trasiego, la ebriedad caótica de las entrañas: me empino para ver los afluentes del abecedario, sobre la sombra amarilla del pájaro. En el ámbito de mis conjeturas y alucinaciones, el poema siempre será noción de la extrañeza: posibilidad, noción de realidad, intermedio entre la realidad y los sueños. Si alguien piensa lo contrario está en su derecho.  Tiempo y desvelos aclimatan el poema como zonas imprescindibles de la conciencia; el lenguaje tiene la misión de desnudarnos, podríamos decir desde el recurso metafórico, sin duda porque obedece a una necesidad vital. A mí ya no me aflige nada: aprendí a cohabitar con la noche, la oscuridad, la orilla de los sueños, la periferia de la gran urbe, entre los ahogos y maleficios del poder, en medio del hacinamiento que provocan los escapularios. Me obsesioné con las sastrerías y las carpinterías, con los disturbios del aire y el necesario olvido de puertas decapitadas. Mi matata de anhelos a menudo gotea como el grifo inservible d la calle polvosa, como los versos irregulares, diversos en su mística. Supongo que el poema nace de tantas vivencias, de incertidumbres… En esta fidelidad con la palabra solo releo el día a día que me aguarda en las aceras, la sospecha, casi nunca el poema. Supongo que la luz hace lo suyo, lo mismo que cada verso. Ojalá nunca deje de asombrarme, aunque carezco de garantías para tal menester. En el traspatio habrá siempre alguien disfrazado de prójimo.
Barataria, 2015

sábado, 3 de octubre de 2015

CREPÚSCULO ALADO

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CREPÚSCULO  ALADO




Culpa sea del ojo que acarrea a su vestíbulo, el éter del tiempo y el bagazo.
Culpa del cuerpo en cuclillas frente al espejo y a la gran sartén del hambre.
Culpa de la claridad y los güishtes de luz que arrancan las pupilas.
Culpa el roce de alientos en el azaroso cuerpo que rompe las campanas.
Culpa la sombra del despertar en los rincones disueltos del desenlace.
Culpa del pájaro exacto de la sed y su estática y húmeda nostalgia.
Culpa del ascua o del rescoldo cuya pira posesa inmola la piedra legendaria:
(“Solo me fue dado rastrearte por la huellas peligrosas de  la hermosura;
y extravié los caminos y en ellos me demoré;
hasta olvidar que sólo eran caminos, y yo sólo un viajero, y tú el fin de mi viaje.”)
En el nudo ciego del magma viví el caos que producen los agobios;
pulsa el pájaro de la vida sobre caminos de exhaustos hervores.
No siempre la razón puede explicar este laberinto de plural zodíaco,
ni apagar el chorrito de luz inédita que brota de las esquinas del aserrín.
Desmontados los ojos del caballo desvelado de la clandestinidad, el brebaje
de lenguas incontables, y la necesaria efusión que provoca la batalla.
—Alguien nos llorará después consumidos nuestros cuerpos.
Debajo de la sábana te desvelan los agobios prolongados de este tiempo:
todas las despedidas de los que partieron sin descanso. (El crepúsculo tiene
la avidez, —no obstante— de tu desnudez que juega con mis sueños.)
Es como una inmensa ciudad “de fuego arrebatado a los dioses”…
Barataria, 26.IX.2015

jueves, 1 de octubre de 2015

HORAS INÚTILES

Imagen cogida del blog desdemisojos.org




HORAS INÚTILES




Ante los rincones destrozados de la memoria, la monotonía de estos días
inútiles, y la consecuente herrumbre sobre los cuerpos enajenados.
Los antifaces tienen su propia liturgia, así como sombras y vértigos inexplicables, 
como los vacíos al límite de la medianoche.
En el óxido sinuoso de las semanas, esta bestialidad de bocas precipitadas,
el amor y los agujeros que provoca: hay nombres que nos invitan al exterminio,
a la envidia y a las paredes obscenas de la ciudad que chorrea en nuestros
dientes, como otro centavo enmugrecido en el pavimento.
¿Quiénes son los mártires en esta intensidad de rostros confusos y feroces?
¿Hacia qué indiferencia palpitan las horas?
Surgen coágulos por doquier. A menudo me resulta confuso un mundo feliz.
Una sola mirada puede petrificar las heridas o la desnudez.
Un solo eco se torna implacable alrededor de los perros que deambulan
en el alba y se mean sobre ella.
(Detrás de tantos fantasmas y prostíbulos exaspera la seudomoral y la falsa
sensatez; todas estas horas tienen ojo de cíclope.
Nada es invisible aunque las moscas se escondan detrás de los jardines.
Gotea la mancha amarilla del aliento, o el cosquilleo del ciprés mordiendo
el ojal abierto de lo sórdido. Después el mundo, sólo de las huellas.
—Nosotros, los que vivimos siempre al límite, no tenemos muro que preserve
la intimidad; estamos a merced de la ceniza floreciente.)
Si alguien duda, —deberá como pueda— escapar del fuego…
Barataria, 23.IX.2015