lunes, 15 de febrero de 2010

MUECA DEL DISFRAZ

Tal vez nunca descubramos el gris de los cristales. Esa mueca
Del disfraz. Los días amarillos de la espuma. Los guijarros
Violentos del reloj. Los sueños en el visillo de la oscuridad del alma.
Ilustración: Edgar Degas







MUECA DEL DISFRAZ







Es la hora reductiva del monólogo
en que interrogo a mi Hacedor
sobre esta máscara que ha de volverse polvo,
sobre este polvo que sigue hablando todavía
aquí y acaso en otra parte.
EUGENIO MONTEJO








Tal vez nunca descubramos el gris de los cristales. Esa mueca
Del disfraz. Los días amarillos de la espuma. Los guijarros
Violentos del reloj. Los sueños en el visillo de la oscuridad del alma.
Tal vez fue muy pronta nuestra muerte o, nuestras vidas
Demasiado tempranas para después hacer bocetos con paréntesis.
El tiempo termina siendo una superposición de papel celofán:
—una explosión donde levitan miradas inciertas. Una ambigüedad
De los colores en nuestros ojos cansados.
En las ventanas reverberan pájaros moribundos.
Muchas palabras como la ráfaga estridente. Mucho zinc
En el estampido de las serpientes. Muchas pipas líquidas al óleo.
Nunca dejamos de ser casi un mundo vegetativo.
Vivimos lo que perdemos en el instante cegado por los ojos.
Dejamos de vivir la centella de lo ganado: —Los signos augurales
Del estremecimiento. El chaparrón de aire en los sentidos.
A menudo el granito es nuestra más cierta palabra.
No hay criptas que velen concientemente los lirios del camposanto.
El barro que somos está abierto al horóscopo y a las castas astrales.
Duele la dulzura en frasquitos de vainilla.
Las horas en el azufre de los sueños.
—¡Todo lo que he esperado para ver el pulso transido de los balcones!
Ningún día es tan cierto como las muecas o los disfraces.
Ningún claustro es más indeciso que la luz del día.
Ninguna hora cabe masticada en los dientes. —Ese poema que se torna
Espejo y descarga paraguas para evitar la insolación.
Pienso en la música de los tropeles a medianoche. Esos casos ciertos
Sobre las baldosas. Sobre las cámaras de las aceras.
Sobre los zumbidos líquidos de los relámpagos.
En mis andanzas necesito mojar mi rostro, revestirlo o rejuvenecerlo.
Es un lujo que sin espadas se cace el horizonte. Sin ametralladoras.
A ratos me hundo en el paisaje que esconden las persianas.
Entierro mi olfato en las libélulas.
Doy sonrisas al viento. Abro el limón de las calles.
Aquí como en todas partes el hálito de los pájaros es efímero.
De pronto la confusión destila caballos imprevistos.
La sed siempre ha sido una súplica en el desierto. Una súplica
Del tamaño del sol. Una inmolación postrera sin botines.
Prefiero esta vida con sandalias a petrificarme en el círculo
De ciertas huestes. Prefiero el mal de ojos de la intemperie a fingir;
Prefiero esta luz saqueada a verter el barbasco en el trasmallo.
—¡Siempre en derredor mío, el azor del maquillaje!
Los collares ahogando el cuello. El ojo tirano del insomnio.
Todos los días se ahogan en el tapiz de la hojarasca.
El aserrín de las respiraciones. Los goterones de tiza en las pupilas.
Siempre sorprende la boca ágil con armadura.
Siempre el murmullo en las ingles. Siempre la noche chirriando
En los aleros, casa de los pasos,
Hornilla de solemnes conjuros. Lo demás se lo dejo a los libros…
Barataria, 11.II.2010

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