domingo, 29 de abril de 2012

EXPIRACIÓN DE LA LUZ


Desde luego, la luz expira también cuando apagamos las velas de la sed e inclinamos
 la piel hacia el granito. Mis dudas siempre son una constante en esto del despojo;
 a menudo el horizonte también está prostituido como los antros marginales de las ciudades marginales del gemido.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





EXPIRACIÓN DE LA LUZ




Se muda el tiempo como una sábana encalada en las sienes: la cuna es el funeral donde se ahoga cualquier ilusión postrera de los ojos. De la tierra al ala, hay canicas irrespirables, pestes del tamaño de la salmuera, redondos elefantes en el óxido del centelleo. La luz expira sólo cuando el miedo saca sus colmillos de pantera y se adentran en las oscuras quemaduras de las luciérnagas, sin importar la eternidad efímera del ojo en la rama donde el vacío se llena de osamentas. (Por desgracia somos frutos de la ráfaga amarga y de la perennidad de la ceniza; dondequiera que haya semanas, existe el riesgo de desnudarnos en medio de gastados ascensores, en medio de alacenas incineradas, dentro del hondo barro de la nostalgia. En el horizonte envejecen las esfinges y, también la neblina del gallo que canta a secas sobre cada rendija del tejado. Al contrario de la transparencia, cada superficie del discurso se convierte en demagogia, en purulento aire para los analistas del medio ambiente.) Desde luego, la luz expira también cuando apagamos las velas de la sed e inclinamos la piel hacia el granito. Mis dudas siempre son una constante en esto del despojo; a menudo el horizonte también está prostituido como los antros marginales de las ciudades marginales del gemido. Lo demás ya los abemos, aunque le demos la espalda a las osamentas, y nos persignemos la cara con agua vendida. (Lo de bendito, claro, no deja ser mero eufemismo. Salvo el agua de las cloacas tienen la certeza de tanta impureza y de la fluidez del descenso; las otras aguas, son la luz que lava lo vital. Después de todo, también los espejos expiran ante el mal agüero del crimen, hoy menos extraño y con ciertos privilegios.)

Barataria, 23.IV2012

sábado, 28 de abril de 2012

ELEVACIÓN DE LA SALIVA


El tiempo ha comenzado a robarme la sed: habito colmado de fugacidades,
limitado sin benevolencia, al hervor de la saliva, salpicado de pájaros, pero también de gritos:
 todo se hace cada vez, menos perdurable. Y sin embargo, me rehúso a lo efímero.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




ELEVACIÓN DE LA SALIVA




De sangre y sueño la elevación de la saliva, el huracán que socaba la dentadura del crepúsculo; de la garganta al pecho, quema el río de sal del abanico amargo de la noche. El acaso siempre es incesante en la redondez del ojo de la aguja, siempre las aguas abundantes en los genitales, la escritura subrayada, salpicante en los puentes obsesos del sueño. Como frutos de la alegoría, los trenes mutantes del ahora encallados en el fondo de nosotros, gritos, manos, humedad arrancada al cuerpo del agua. Junto a la mordida que moldea el aliento, elevo mis plegarias para que amanezca el camino verdadero de aquella ternura que se escapó de las manos; queda tanto después de estar en aguas nubladas: de andar con el desasosiego del viento, de abrir los brazos disueltos en agonía. Después de todo, en la lengua queda un sabor agridulce de la semilla derramada en el quinqué tardío de la flama, también en la memoria que nos golpea con su cicatriz de cielo espectral. El tiempo ha comenzado a robarme la sed: habito colmado de fugacidades, limitado sin benevolencia, al hervor de la saliva, salpicado de pájaros, pero también de gritos: todo se hace cada vez, menos perdurable. Y sin embargo, me rehúso a lo efímero. (Soy animal arrimado a la querencia de la lengua que destila el firmamento: desde luego, desdeño las sombras con presunción de opulencia, me opongo al nudismo sin argumentos, y al diálogo del reloj de arena justo en medio de los paréntesis. Toda verdad es una historia de ilusionistas: jamás ha existido sin el auxilio del arco iris, sin la llave maestra de los anteojos…)

Barataria, 28.IV.2012

viernes, 27 de abril de 2012

ESPEJO FAMILIAR


Desde la flor del jardín cuando el día crece pleno, el reflejo de las manos al paso
del latido la luz cede a la claridad el espejo de la certidumbre;
en los dominios del dintel revive el grafito del sueño, aquella nítida cobija del calor familiar,
la forma de la caligrafía en un solo diáfano reptar.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




ESPEJO FAMILIAR




A Ana Muela Sopeña,
Con gajo de alelíes mordiendo el cierzo.



En la primera espiga del recuerdo, aquí, el camino del campanario de las raíces, con la madera encendida a la hora de la tortilla, cuando el alba destila sus propias florescencias, el buen augurio de las palabras, el comal hacia el fuego de los trenes, sobre el riel abierto de la lluvia filial de las servilletas. Desde la flor del jardín cuando el día crece pleno, el reflejo de las manos al paso del latido la luz cede a la claridad el espejo de la certidumbre; en los dominios del dintel revive el grafito del sueño, aquella nítida cobija del calor familiar, la forma de la caligrafía en un solo diáfano reptar. En el traspatio infinito del agua, el latido vital de la realidad viene con sus guacales puros para endulzar el tiempo, a veces lejano en nuestros zapatos. En las espigas sembradas del recuerdo, nos parecen verdes todos los dones de las naves, la magia preeminente de la progenie cuando los peces alcanzan el santuario de las estrellas y el mar es toda una trascendencia vigorosa. A menudo es necesario caminar incesantemente para alcanzar nuestro propio destino; es necesaria la embriaguez de la arcilla en el papiro grabado en los senderos. En cada ventana pervive el recuerdo de mi madre: ahora sólo he querido recordar el fuego, el don primero del espejo del designio antes de que el alba se pierda en la garganta de la noche. Antes de que la fuga crezca en el paisaje y todo vuelva a ser danza sin recuerdos.

Barataria, 27.IV.2012

jueves, 26 de abril de 2012

LA ÚLTIMA CALLE DEL CREPÚSCULO


No sé si habrá otros fantasmas que vengan con la lluvia, qué otras cosas veré
al descender a la noche, junto al tapial sordo de la niebla. Hay días colmados
de embriaguez, días de ponzoñosas esferas, días de encajes con espumas,
recuerdos colgados del tejado.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




LA ÚLTIMA CALLE DEL CREPÚSCULO




Entre calles, los zapatos y el granito, las esquinas crecidas de rumores, el yo galopante del cristal en los relojes de aquel caminar en un día fijo. Confundido por el ardor de las monotonías, el animal que soy henchido de sombras, el miedo clarísimo al grito que desbanda mi ya agotado silencio. Esta quizá sea la última calle del crepúsculo que transito junto al vocerío del aleteo, sobre el pulso, los grises atropellados del sol menguante del horizonte: el pálpito siempre en fuga como el viento, —la claridad, a menudo, no sólo se respira en presencia de la luz, sino en la posibilidad de lo humano, en el tren del aire que derrama su propia armonía. (Un día, dejaremos la premura y lo lóbrego, aquel vértigo de acequias suicidas, la lápida y el escombro sobre el pecho.) Pensándolo bien, no sé si esta es la última calle del crepúsculo. No sé si habrá otros fantasmas que vengan con la lluvia, qué otras cosas veré al descender a la noche, junto al tapial sordo de la niebla. Hay días colmados de embriaguez, días de ponzoñosas esferas, días de encajes con espumas, recuerdos colgados del tejado. Al caminar, la fiebre del sonambulismo vuelve real las semanas de hambre, los esqueletos que caminan como lienzos de agua, las estaciones extrañas de la carpa, la danza ciega de los juegos sediciosos. En medio de las calles, el trajinar férreo de la ceniza.

Barataria, 26.IV.2012

miércoles, 25 de abril de 2012

IDENTIDAD DE SOLSTICIOS


Al cambio de estación, los estados sobrenaturales del agua y los grifos que limpian
 las paredes filosas de la melancolía; sobre el riachuelo irguiéndose en el rostro
 los esqueletos ciegos de las bóvedas, el pecho colgado en el mediopunto
 de la saliva, los pómulos abultados de la intemperie.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




IDENTIDAD DE SOLSTICIOS




Partimos el día en dos mares, y allí, el remolino del aliento: el bostezo de las funerarias como duendes, las llaves de la epifanía en las pupilas. Nos hemos vuelto idénticos a los símbolos y las anáforas, al seesaw de la pizarra de la hojarasca, al código de la niebla del presente, sin más acompañantes que los sepultureros; y la náusea de la calle como los aperos de labranza de todos los días. Al cambio de estación, los estados sobrenaturales del agua y los grifos que limpian las paredes filosas de la melancolía; sobre el riachuelo irguiéndose en el rostro los esqueletos ciegos de las bóvedas, el pecho colgado en el mediopunto de la saliva, los pómulos abultados de la intemperie. (Como un raro espejo de porcelana la sapiencia del búho en el ala del pájaro trashumante del clamor de los caballos que cruzan las ventanas. El ojo aquieta el surco de los meridianos, la altitud que se vuelve noche en el pañuelo.) Venimos de probar otras impurezas: nos hemos lavado pies y manos, y rezado bajo el algoritmo del escapulario; contamos los suspiros en la camándula del tren polvoriento que cruza el entrecejo. Y al cabo, contamos el aliento en la piel; luego nos viene el astillero de la fronda, esa que le pone sombreros a la sangre. La misma sangre perpetuada en el cuaderno de la progenie. (En algún sitio del invierno seremos manos mansas, vitrales donde el tiempo abre las llaves sin esta pobreza galopante que nos cobija en penumbra. Seremos visibles, no espectros de nocturnos inventarios. No desveladas formas del melodrama del trueno.)

Barataria, 25.IV.2012