martes, 6 de diciembre de 2016

LAS PALABRAS NO DICEN TODO

André Cruchaga






LAS PALABRAS NO DICEN TODO
(MONÓLO)



Busco desde mañana hasta el último día recordado
no puedo ver dónde te olí primero
supiera al menos en qué ángulo te deshojaste desvelada
aquel día fumabas para hacerte máscaras de humo
ahora ninguna te disfraza más que el aire
esa sombra a la izquierda del sol es la que te desnuda
ahora es la mitad negra de tu rostro la exacta
tu realidad es el misterio de la palabra que nada nombra
Gilberto Owen




Las palabras solas no dicen todo, o no reflejan en su totalidad el caudal de sentimientos y emociones que conlleva el poema. Estas tienen su momento histórico, aunque nos dan las múltiples posibilidades de expresión. A veces son negaciones; otras veces, superfluas como las máscaras. A menudo, heroicas y respirables. A veces, solo titubeo pensando en toda la historia que me ha tocado vivir. Hay días en que únicamente decimos éramos. Hay días perennes reclinados en lo insoluble de los reemplazos. Por más, uno cada día debe replantearse la horma de los zapatos, el zarpazo, o el simple, pero sublime vuelo de los pájaros: así se nos insinúa la trama de la vida todos los días, antes de caer al vacío es menester darle una espiadita a la espuma, a las aguas podridas que tragan los abismos de la historia. Uno puede hablar interminablemente del mapamundi, de los significados que tiene cada una de las páginas escritas, de las ambigüedades que acontecen alrededor de las cosas y las palabras, de los disperso e íntimo que acogen los paréntesis. “Durante la noche toda la fantasía posible se ve como el pulso quemado/  de la sombra: nadie deja de ser objeto o número utilitario en el otro ojo/ del juego de cántaros y sedimento de guacales./ Todo es intenso como los abismos reunidos de la muerte./ Sin embargo, converso con la humedad de mis tribulaciones; en cada hueco,/ los actos clandestinos de las obsesiones, los adobes rígidos de los andenes,/ la servidumbre de la maleza en los lenguajes.” En el rio de las aguas dispersas, sospechamos de los espejos y de cuanta imagen abulta el ánimo. Nadie puede dudar que existen horas horrorosas, ya el nacimiento es un solemne extravío: interceden súplicas y divinidades al instante de los resquicios de los hiatos. Doy por sentado mi sombro. No soy un renacuajo tirado al sonambulismo de la astrología, solo alguien que le ha quitado a las agujas su clisé de agudo centinela. Mi poema es el Evangelio de todos los días, el tiempo que me resucita de los litorales del alfabeto. Según los tantos nombres que me rodean, procuro no hacer ruido; no obstante, la peligrosidad es, a menudo, parte constitutiva del poema. Después de mis ojos hay realidades aludidas, aspectos que la fantasía se encarga de darle sentido, es decir, direccionalidad. Jamás llevo al cuaderno un ápice de poema en los bolsillos. Siempre escribo desde mis oscuros alumbramientos, tosco desorden y sombras, sonríen mientras se quema mi cigarrillo en medio de los dedos. A lo largo del tiempo he aprendido a descifrar mis confusiones, y he copulado junto a los sinónimos el significado de los trenes, el aprendizaje del misterio que tiene la antigüedad, o la retórica del Paraíso acogedor. A todo el poema yo le llamo vida a pesar de todo. Celebro cada uno de los preparativos del día, con las manos juntas arrullo esa larga trenza del poema hasta atrapar los retumbos de los peñascos, esos que siempre suponen las exhortaciones superiores de los pájaros. Sé que en la cadena de letras, gira el universo. Uno aprende a sobrepasar las diversas fronteras hasta que la imaginación borra cualquier delimitación que hace el ser humano. Yo vivo en medio del ruido de las calles y jamás de espaldas al azote de los vientos. De seguro habrá muchos que copulan desde las altas esferas del poder.  Y los motive, únicamente, el hedor de la ranciedad. Otros viven en respiraderos de azufre. En el día a día, sólo tengo memoria de los trenes cuya demasía es la sencillez y la acción constante, acoplada, de permeabilizar el horizonte.

lunes, 5 de diciembre de 2016

VOCACIÓN DE AMANECER

Imagen cogida de la red




VOCACIÓN DE AMANECER




Alrededor de la reverencia, la verdadera militancia por el amanecer.
Con todo y las perturbaciones y aspavientos, fluye allí el montículo de cierzo,
y la hamaca de ramas que conjugan sueños definitivos.
Cada quien se empapa de los diversos amuletos del tiempo. (Se abren
los dedales del horóscopo y las antorchas sinuosas de los charcos.
Emergen oleadas de párpados con sus muecas de caprichoso barranco.
Unos empiezan a creer las declaraciones públicas del extravío o el temblor;
otros, arriman su pellejo a la Trinidad para salvarse.
El resto, quizá practique el hard sex, con la furia de un desheredado,
hasta saber, al punto,  de que sólo se repiten extrañas interjecciones en el acto.
Cada quien vive de frente los ahogos del país, las ventanas impregnadas
de rígidos amarillos. Ahora son más raros los días, que todo lo inerte y perdido.
Ya nos hemos gastado, sin embargo, todas las semanas.
Tenemos techos derribados u olvidados, pese a todo uno siempre es memoria.
Algo roza la verdad, más allá de las fatigas y los absurdos.
Dentro de la boca, a veces únicamente, la piedra rota de las palabras,
o el pétalo jugando a la perpetuidad del vacío.
Siempre cavamos en las viejas sombras de las sienes, en el clima violento
de la aridez, este todavía cerrado mapa del amanecer.
Mientras se va haciendo de nuevo el día, la respuesta es otra a los espasmos
y al deseo, al estallido y a los murmullos.)
No obstante, allí, la cobija bajo el fósforo de los ojos…
Barataria, 2016


domingo, 4 de diciembre de 2016

CÓPULA DE LA ESCRITURA (MONÓLOGOI)

André Cruchaga






CÓPULA DE LA ESCRITURA
(MONÓLOGOI)



ATORMENTADO por las luces desconfío desde entonces de su buena
intención y rehuía su encuentro cuando desbocado buscaba los acuarios escondidos en los pliegues de la madrugada. No pude dar alcance a mi buena
intención y rodeado mi cuerpo de aristas que engranaban en las esquinas
fui recorriendo la ciudad con una marcha a la deriva mientras se desperezaban los árboles despertados por un grito que brotaba en espiral del cielo y
venía a clavarse en el sexo de la Tierra dejándola embarazada de ecos.
José María Hinojosa




Uno transita en medio de esos dos mundos, la vida y la muerte. Vivimos tiempos de complejidades y azarosos vaticinios. La realidad histórica es caótica y, al menos personalmente no la veo halagüeña: desde mis primeros versos está ahí, con sus dientes ávidos; nunca en el dominio de lo humano, quedan fuera estas vicisitudes. El poema es esa relación íntima que tengo con mi entorno. Éste, entonces, y es mi caso, constituye una preocupación acerca de todas esas realidades recurrentes en nuestro mundo. Es responsabilidad de la poesía y del pensamiento mismo, no distanciarse de la realidad y la intimidad. Son dos situaciones vinculadas entre sí. Ya en el poema en cuestión: “Juego de concavidades”, advierto: “¿A quién le obedezco para distanciarme de la frustración de los embudos?/ En cierto modo, todos los huecos resultan imposibles. / Arranco mis ojos atados a la noche. Derribo los litorales de mi aliento. / Camino por el mundo y mis zapatos se pierden;/ tengo vocación por los guacales en desuso, en sus abolladuras crece el musgo./ En las escenas sepulcrales del conjuro, la agonía oscilatoria de las cucharas,/ o la pobreza salpicada siempre de manos sucias y limosnas./ El filo de los ataúdes hiere como la niebla, muerde los horcones del fuego.” No es la idea del abandono, sino el abandono encarnado. No es el remordimiento, la impotencia, sino la desesperación que avanza a pasos vertiginosos y apenas nos damos cuenta, o son perceptibles todas las trampas que usa el poder para horadar esa intimidad del sujeto. Entonces, sí tiene sentido la poesía, el poema, tanto como esa llama que nos revela la luz, que interpreta las sombras. Ante las múltiples imágenes, la metáfora y la voz, las voces dentro del poema, las puertas visibles o extinguidas. A través del insomnio se manifiestan los paisajes los mundos devastados, las manos y las aguas quemadas, los cambios de piel de los abrevaderos, la tortuosidad de las procesiones, y los tendones rotos de las grutas. Un poema siempre está hecho de encarnizados relámpagos, dentro él, abrazamos la realidad real y la ficticia, es como si allí se disiparan las penas, los cuerpos y los nombres que lo han habitado a uno. Así es como tienen sentido las palabras, nuestro lenguaje trasfigurado. Se me ocurre decir que el poema es el pulmón del lenguaje, el trayecto sobre el cual caminamos sin mayores riesgos, salvo, de seguro el asombro: aquí se acoplan poeta y lector, y  se adentran en el lecho de las palabras hasta ser una sola respiración. En el altar del alfabeto, la necesaria cópula de la escritura, los tambores olorosos a gesticulaciones, o los cascos del tiempo frente a nuestros ojos. Uno después olisquea la piel de la página, y calla. Calla el silencio y los aserrines de las calles y los encendidos olores de la costumbre y las imágenes desnudas del reproche. Siempre sigue siendo extraño nuestro mundo aunque lo vivamos todos los días. Siempre galopan de noche las campanas, y las infancias perdidas en el terror cotidiano. Uno no sólo le tiene miedo a las calles, sino a los disimulos y a los sueños, a los mares que atraviesan las rodillas y atropellan el aliento; entonces, me busco en el poema. Pienso en los tantos prólogos que se le escriben a la historia, en los activos y pasivos de los años. El único júbilo posible es el poema y su lecho pagano. Claro que habrá alguien que siempre desee justificar su escritura, es decir, su lazo conyugal con el poema. No hay que olvidar que también del poema es necesario huir. Esta es la manera más rotunda de borrar la propia escritura. Jamás se debe perpetuar la cópula del poema, es necesario dejarlo que fluya. Al final únicamente hay que desoír la propia sangre y dejar que fluya el petate del mar con su fanfarronería de espuma. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

DESAPEGOS

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DESAPEGOS




Transcurre el tiempo mientras los atrios decrecen en delirios.
Los mercados, las sastrerías: ahora se cultiva el ocio con cierta hidalguía.
Ya nadie excava en los túneles de la congoja, a no ser por la muerte,
y la carcoma del País, o por lo ricos frutos que se obtienen de la usura.
Me da igual soplar el fuego o la oscuridad. (Hoy lo entiendo: ninguna herida
es tan concluyente. A veces sólo es cuestión de imposturas.)
Después de conjurar contra la proximidad de la sordera y la ciénaga
del exabrupto, vienen los trapos del desapego y los zapatos limpios del traspiés.
El afán ha sido, ir arrancándole el hollín a los precipicios y al presente.
Ya me he alejado lo suficiente de lo salobre.
En las calles empedradas de velorios, bajan ataúdes de lenta ceguera.
(Todo esto lo reclino en el olvido.)
Cada vez me son indiferentes los desencantos, los peces desolados del espejo,
aquel tiempo donde le quitamos las rodillas dobladas al miedo:
hoy veo más imperfecto el drama de los minutos y pleno el olor de las ingles.
En los últimos días del desvarío se vive en la opulencia de palpitaciones.
Cada quien, entonces, fortalece o empequeñece sus propios símbolos.
(A menudo lo infrecuente resulta inútil en la boca.)
⎼⎼Uno debe continuar, sin embargo, con esta vocecilla del desapego
por largo rato, hasta desechar todo lo abominable.
(Vos también lo sabés porque has llevado en tu cuello ese crucifijo afilado
de agonías. Claro que todavía me enrosco en el recuerdo que tengo de tu cuerpo.)
Barataria, 31.IX.2016


jueves, 1 de diciembre de 2016

NECESIDAD DE LA NOCHE

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NECESIDAD DE LA NOCHE




En los peñascos del aliento hace posta la noche.
Adentro, el elixir de la oscuridad, las pupilas a ciegas alterando las sombras
y el sentido de las ventanas: siempre es necesaria la noche para desaparecer
de todos los ojos. De todos los vaivenes que vocean lo inerme.
Su altavoz silencioso me empapa de calles irreconocibles.
Camino como lo hacen muchos cuando han perdido para siempre la luz
y no tienen boleto de regreso. Camino como si fuese un desconocido.
Nadie puede espiar la historia que contamos, ni tergiversar el peso
de la costumbre, ni extraviar los titubeos de la falsa austeridad. La noche ocupa 
todos los caminos al margen de cualquier pájaro mordiendo su agonía.
Quienquiera puede verse profundo y remoto.
Puede quemar la respiración sin que lo vean, ponerle ojo a los sahumerios;
puede darle picotazos al ciempiés de la saliva, a la complacencia;
puede tronchar, ⎼⎼si quiere⎼⎼, la silueta del país, tejer abismos y deshacerlos;
puede envolver toda las palabras silenciosas arrimándoles al pecho,
puede lavar lo inexpugnable mientras arrecian las hondonadas del horizonte.
Quienquiera puede enjaularse a sí mismo.
Puede desnudarse sin tener al alcance los antídotos para curarse
de las mordidas de hormigas;
puede como tantos cambiar de identidad y huir para buscar otros repartos.
La noche se arrastra, extraña, silenciosa y desarmada…
Barataria, 29.IX.2016