jueves, 11 de agosto de 2016

HABITADA FATALIDAD

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HABITADA FATALIDAD




Habita en los ojos el luto y sus ardimientos de infundada alcancía. Su regazo.
En el alarido en desbandada de los murciélagos los tantos rostros
de la memoria y su incierto ronquido de paredes flageladas.
Cada día es implacable ante la cambiante caligrafía de los aposentos.
Por suerte uno puede andar con toda la ropa sucia y no pasa nada; al menos, 
para llenar los vacíos de las paredes sirven los periódicos;
las hojas, las piedras, son para darle compañía a la soledad de estos días.
Contra todo pronóstico uno acaba mordiendo el ímpetu de la brizna,
y la cara de mansedumbre de la mosca en los aleros.
En la cara del viento se multiplican todas las aceras pútridas de la discordia:
yo vengo de ese pequeño infierno de escapularios, del ruido grasoso
de las cacerolas y su dominio de hollín arrepentido, y sus verduras
de agobiados cipreses, y su lenguaje de colmena violenta.
En esta acumulación de insomnios, el aleteo nos parece un resplandor.
Mañana es imposible, salvo las atrocidades de algún desvelo coagulado.
Hoy, avanzamos, pero ¿quién tiene las llaves del sinfín, las nuevas tarifas funerarias 
de la desesperación, el otro ojo alrededor de los jirones
de piel, quién puede ahora suturar o pespuntar el paraíso?
Aúlla el sedimento de los retablos o de los retretes a la hora de recordar
la alegría; entre un promontorio de espejos no existe ningún misterio.
Sea esta boca la que calle tantas cadenas destempladas alrededor
de la estampida: sea cruda la marcha y dolorosa la luz…
Barataria, 2016

martes, 9 de agosto de 2016

INSEGURIDADES

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INSEGURIDADES




Nunca hubo un tiempo que se llevara todo: avanza el camino sin resucitar;
la oscuridad se ha vuelto esa forma desabrida del fluir, el perenne sitio
para el que sufre, la viscosa faena del surco.
Adentro de los chiriviscos de la semana, los míseros guijarros de la locura
y ese otro murmullo de la asfixia con sus propios cementerios.
Aquí avanzan los múltiples partos de las axilas y su escritura volátil;
de todo el plumaje, la piel negra de la locura y sus vastas amputaciones.
En medio del hastío, uno tiene que sopesar con el humo de los titiriteros,
y con esa risa de harapo que nos venden los periódicos,
los políticos de turno, los espejos hartos de la intriga y ese ojo de inquisidor trasnochado. Siempre son los mismos confetis disfrazados  de aromas
exuberantes, las mismas panderetas en castillos de naipes.
Hoy dudo de ciertas palabras. Las omito por cuestiones de Seguridad Nacional.
Dudo del murmullo y las argollas.
Dudo de la claridad encendida e inusitada de las agujas.
Dudo del veneno tan necesario en ciertas circunstancias de convulsión.
Dudo de la razón, cuando sus excesos son frenética diarrea.
Dudo del semen en la gerontocracia de los zapatos y el tartamudeo.
Dudo de los burdeles cuando mudan sus propios afeites y pierden clientela.
Dudo del frío frente a los ojos inmutables del tiempo.
Dudo de la buena fe, cuando me dicen que el olvido es como una gotita
de miel en el panal con espinas de la patria…
Barataria, 2016

domingo, 7 de agosto de 2016

DIBUJO DE LAS DISTANCIAS

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DIBUJO DE LAS DISTANCIAS




De los zapatos a la sombra de uno, sólo la huella de aquella lumbre de ocote.
Las rejas gratuitas del tiempo, me temo que no sirven para torniquetes,
tampoco para alcanzar la ruta del ombligo, o el andamiaje cárdeno
de las palpitaciones, allí donde se funden todas las reminiscencias, por cierto,
los presentes, los futuros. Allí donde crece el diluvio de sal.
Al final uno da por cierto que no hay distancias próximas, sino vastos espacios 
en los que se entrecruzan esas extrañas distorsiones de la madera.
Uno a veces quiere escapar de los propios bolsillos, de la falsa igual
que se nos quiere vender a borbotones, de los rostros que simulan infinitos.
Nos muerde la hipermetropía de la abstracción.
Ante el tabú de los altares sepultamos el vómito que arrecia entre nosotros.
No es cierto que seamos cosmopolitas cuando alrededor nuestro
están atiborradas las aceras de tiliches, y caminar es un huevo entre tantas 
aceras sucias y calles de impura espesura. Sólo es ciertas el ascua.
(De otros será la claridad y el confort, toda el alba y su materia primera.
Todo tiene el resplandor de la sombra, el acaso corpóreo del granito.
Hay al menos dos mundos desde los cuales cada boca huele diferente.)
Los estiajes son cárcavas provocadas por la noche y el día, por el cambio 
peligroso de las estaciones: siempre la distancia obra entre nosotros
como la aridez, como el pasto que se aleja de cualquier luz.
En la arrugada voz de las conjeturas, todos transpiramos lo intangible.
─Vos, sos la afirmación de lo irremediable y el principio de mi orfandad…
Barataria, 09.VI.2016

viernes, 5 de agosto de 2016

SOLO MUNDO, NADIE

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SOLO MUNDO, NADIE




Uno se acostumbra a caminar entre aceras de dientes y líquidas alfombras.
Siempre “Los aires y las formas muriendo...”, tal las palabras de Rimbaud.
El hilván abstracto de los vocablos, el arqueado aliento de los pespuntes,
los platos desechables en la amarilla boca de los fósiles,
las gargantas estranguladas por la insidia y las oscuras promesas
de la locuacidad: solo mundo, nadie que pinte los sueños de blanco,
de risa y no de tiempo desabrido y agrio.
Uno camina y de pronto descubre los rincones de la avidez, el juego macabro
de las sombras, los coágulos de promesas que de pronto uno recoge
para guardarlas en el morral desteñido de alguna gota.
Al borde de la tarde, se cosen las uñas de los cadáveres, la desmedida
herida de los pañuelos, aquellas distancias que esconden tantas ausencias.
Nunca hay retorno sin que la agitación transporte lo indefinible.
Los ardores de la historia traspasan esas huellas sin interruptores
de los alfileres: cada quien recoge los maullidos de la noche y sus quemados 
surcos de caspa y liendres y piojos.
(En los más remotos sofocos de la memoria siempre la piedra de la parálisis;
a veces la asfixia crecida de las párpados, el condón roto de lo amorfo,
las pérdidas que nos deja la tormenta, la risa de los otros, mientras suceden
pesadillas tan ciertas como la nubosidad y su indiferencia.)
En el camino de los recuerdos, de pronto solo la indolencia de ataúdes.
Tantos ojos y manos salpicados de sangre o sumergidos en ella…
Barataria, 07.VI.2016

miércoles, 3 de agosto de 2016

FLUIR DE LA CONCIENCIA

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FLUIR DE LA CONCIENCIA



…hay más gracia para el hombre que la violencia de sus deseos.
Pocos lo saben y sin embargo todos quieren ser los últimos en ocupar el
lecho de la ramera
para gozar sus caricias de vendedora de collares en las ferias
hasta que el sol les cierre los ojos sobre el vientre.
Carlos Latorre




Se me ocurre que un poema es una oración de acedos desplazamientos. En cuanto a la noche, uno va mordiendo sus entrañas hasta quitarse todo el pellejito de las alas golpeadas en los muros de la historia. Y vuelve uno ya no a los acedos, sino a los asedios, a esa impresión de dientes en el papel de empaque, o en el peltre de ojos oscuros.  Trepidan las horas largas de las agujas y las esquinas irremediables de los sombreros, y el epígrafe del horizonte, y las impurezas de los ijares. Uno se encanece de letargos, de persecuciones y súplicas. Acudo, clamo a la misericordia y ahí están las ojeras como fieles penitentes de un prostíbulo, de un bar, o una iglesia, o de un montepío: en la rodaja de calendario vomitan los relojes. A veces es una película de terror. ¡Qué importa! Quiero ver una larga procesión de trajes negros, un chorrito de ventanas paralizadas. Quiero disimular el bostezo. Quiero un estallido de cohetes en mi esperma. Quiero un arcoíris sin pesadillas en el ombligo o en el jardín de una muchacha sin héroes. Quiero una sardina de urgente olor a mar misericordioso. Quiero una sombra agonizante para reírle de cansancio, hurtar alguna campana y darle vida a un blues saliendo de los cementerios, de alguna atalaya donde se reverencia el fluir de la conciencia, las leyes del mercado, los cargos de conciencia, los negocios a la luz del poder. Quiero unos ojos sin nombre ni edad, un invierno a domicilio, y puchitos de luz a la hora del desayuno.  Por ahora, no es cierto aquello de “a cada quien según sus necesidades” y yo en la parsimonia de mi desnudez. No, no es cierto. No es cierto. No es cierto. Noooooooo ¿Cómo sabe usted lo que yo estoy pensando? ¿En qué llaves hay manos inmóviles, manos que señalan, narices con pecas y bocas terribles. Uno quiere siempre echarle zancadilla al otro, sí, aplastarlo, deshacerlo, invisibilizarlo, sí, este es el verdadero amor. El amor y sus egregias expresiones.  Siempre hay circuncisiones fieras: a veces es necesario desenterrar los ligamentos,  el cuerpo cavernoso. El bautismo es otra forma de hacerlo. La melancolía que siempre nos condena a morir, la mesita de noche donde uno pone las lágrimas a descansar. A menudo uno quiere negar o afirmar tantas cosas: negar las distancias, las rodillas, el sollozo de niño sin pañuelo, con los mocos secándose en la boca. Cada poema resulta un atril despellejado donde ya no hay nada qué hacer. Un poema siempre es una sustancia viscosa, un poco parecido a esos fluidos íntimos que emergen a cierta edad y luego desaparecen. Es inútil, aun con su volatilidad,  siempre estoy tocando a las puertas del alfabeto, haciéndole señas que vuelva, que regrese, que se quede. Ahora mismo pienso que la domesticidad es para otras cosas: vaya el perro o el gato que cuchichea conmigo.  Vaya los empedrados y sus extraños pataleos. Al lado de la pared, la balanza de los estragos de los sueños. El hervor disuelto de la caligrafía, ay, a veces la gangrena, los calambres y tantas desfachateces destrancadas, y tantas palabras como para no agarrar un pedacito de universo, como para no celebrar el natalicio de los montoncitos de sombras de la tierra. Al final, es preferible lavarse las manos…
Barataria, 2016