Nos fiamos y a menudo, emerge lo inevitable, el animal fiero con sus fisuras,
el amor inconcebible con sus rencores, la insania del ojo no precisamente
en su propia paja, las partidas que siempre dejan un eco tenebroso.
Fotografía de André Cruchaga
INSOMNIO DERRAMADO
Caminar en las mañanas es tan necesario como escribir. Desparramar la tinta sobre la hoja de papel en blanco siempre resulta gratificante, más cuando en esa acequia se vierten los insomnios, el día a día con sus angustias y esperas, los metales del cielo y los rostros que las palabras tienen cuando se desvisten. He aprendido que el continuo vivir, nos sirve para reafirmar las certezas o las dudas; por más, uno nunca termina de conocer todo cuanto nos rodea, incluyendo a las personas: aquí y allá parece que es la misma argamasa convertida en insomnio. Nos fiamos y a menudo, emerge lo inevitable, el animal fiero con sus fisuras, el amor inconcebible con sus rencores, la insania del ojo no precisamente en su propia paja, las partidas que siempre dejan un eco tenebroso. Por alguna razón, el tiempo le da la razón a uno: la decencia dejó de ascender las escaleras, puedo palparlo en los platos domésticos de la piel que envejece. Si miro alrededor, me encuentro con los dobleces del alma; y sin embargo, bebo con serenidad la luz de las batallas que no son pocas: ante cada tormenta, los anillos del torbellino, el paladar mordiendo sombras, el porvenir sobre el asfalto de las sombras. Me sorprenden los golpes de la noche, en quién confiar mi cansancio y mis costados, después que la piedra cae sobre los párpados, después que se tocaron puertas y sólo queda la ojera trasnochada atravesando la certeza del silencio.
Barataria, 08.VI.2012




