martes, 15 de noviembre de 2016

REAPARICIÓN DE EXTRAVÍOS

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REAPARICIÓN DE EXTRAVÍOS




Hundo mis ojos desarmados en la mudez del silencio y todos sus extravíos.
En el pensamiento reaparece cada fuego del presente, no el último;
emerge el viaje doctrinario de la realidad y sus lecciones de ensordecedor catecismo 
y sus múltiples bocas descampadas.
Un espejo o una cruz reducen todas las miradas postreras de la fugacidad.
Vuelve el áspero ijillo de las cenizas reflejadas en la conciencia.
¿Quién puede desasir la tanta confusión de los diptongos y desnudar
de una vez por todas el frío secular de la desesperación y el nudo ciego
de las manos? ¿Quién puede dejar de ser marioneta suplicante en medio
de historias cansadas, o féretro entre tantas histerias y pestañeos?
Uno de por sí ya lleva herraduras amargas en el aliento.
Ya no me fío en la vida de indigente, ni siquiera imaginarlo. (Antes supuse
que en este país no tenían cabida las mentiras, ni las imposiciones disfrazadas.
Bueno, a veces me desplomo sobre el vómito, o contra ciertas atrofias.
Uno camina tarareando la pesadumbre de todos los días, mordiéndole
los calcañales a los refranes, o simplemente afrontando la sospecha.
Mugen las fauces en el repique de las sombras: hay una sensación de semanas vacías 
como las latas vacías del hambre.)
Afuera solo las paredes o los abismos donde se arrinconan las palabras.
La saliva se nutre de todos los fuegos artificiales y las comedias:
Llegamos a las mismas refutaciones patológicas: hasta la aridez está enferma.
Allí, los políglotas del tiempo histórico enduren sus encías…
Barataria, 2016

lunes, 14 de noviembre de 2016

EL TIEMPO ES LO QUE SE DESPLAZA

André Cruchaga






EL TIEMPO ES LO QUE SE DESPLAZA (MONÓLOGO)




Ni la miseria ni el escándalo porque tan sólo ser es la razón enloquecida
Hay una solución y no es el agua
La razón que pretende ignorarse en la sombra
Y mi silencio no ha sido una crueldad que se perdía oculta entre mis ropas
Yo no sé predecir
La luz únicamente más allá de mi mismo
Todo lo conocía
Conocía el mar y esos cuerpos desnudos
pero me devoraba la sangre entre las manos
Pedir perdón sería recordar un poema
y si yo escribo es únicamente porque no sé si he muerto
Emilio Prados




Cada persona tiene sus propios imaginarios; he de suponerlo así, después de todo.  Yo soy portador de los míos: me ayudan a entender y prolongar la realidad. Breves como el parpadeo; intensos como la respiración. Tal lo dice el poema: “Es casi inmóvil el cielo/  en los hombros, las penurias en el vacío del pestañeo./ Al borde del acantilado no sé si sumo o resto despeñaderos o guarniciones./ Es tan breve el pan que sólo centellean los cataclismos./ Idéntica a la sombra, la fugaz región de la huida: hay silencio como pobreza;” desde mi condición de eremita esta condicionante ahora de mi poesía. Uno permanece porque es el tiempo el que se desplaza, la palabra, las circunstancias. Las glorias, además de amañadas, también son efímeras. Todo acaba en nada. Nadie es lo bastante eterno para trascender: hay poderes facticos que lo impiden para unos, pero luego al darle vuelta a la tortilla pasa lo mismo. Por desgracia uno no puede ser indiferente frente a quienes nos gobiernan: cada día nos cunde el absurdo. Esta época es amarga y suscita terribles agonías. Aunque no se crea, hay desprecio por el conocimiento, por el saber. No veo por ningún lado la luz, aunque “abunden los candiles”. No veo abrigos para el frío, aunque se nos pretenda dar cucharaditas de calor. Sólo soy proclive a mi escritura. No es pesimismo pero cada día me encuentro con la malignidad  desde las esferas del poder; y también máscaras e intrusos como parte del reemplazo. Jadean por doquier las sorpresas de las sombras. Ya no posees la verdad o parte de ella, sino los oportunistas interminables, los que siempre trabajan a oscuras y establecen por decreto el silencio. Uno debe obedecer a ciegas el manual de recluso, sin que se pueda abrir alguna ventana. La poesía en este punto constituye un soporte importante de aprendizajes; hay instantes de libertad invaluables cuando la palabra queda sin brida y los miedos se le van devolviendo a la contraparte. Ante el ciego porque no quiere ver y se aferra a sus obsesiones y aberraciones mayúsculas, yo simplemente ayuno en paz. Al menos lo intento. Es cuestión de honor mantener limpia el alma y no vendérsela al diablo. Huyo de los alientos con cuchillos, alfileres, o bisturís. Huyo de las flagelaciones que provoca “la Fe”. Uno no puede ser servil y perder la memoria. Nunca he sido amigo de la inmovilidad, pero sí de la intensidad, aunque cada día renueve mis votos, siempre en dirección del poniente y de la mano despejada. Toda visión poética debe estar sustentada en la luz. A estas alturas ya hay cansancios históricos, cansancios de la muerte diaria sin mayores posibilidades de salvación. El mundo avanza, pero vive diariamente una diadema de abatimientos. ¿Es posible que parte de una sociedad deba estar de rodillas? Empiezo a creer que se ha perdido la capacidad de reflexión y actuación. El grito no es el arma. ¿A quién o quiénes debemos ser obedientes? Es triste cuando se adueñan de nuestras vidas. Es triste cuando uno rompe en llanto frente al abismo. Es triste cuando la desnudez se torna insidiosa. Es triste cuando a otros solo los aturde el dinero. Vivir, ¿quién puede vivir de rehén todos los días ante la gran puerta de la desfachatez y el absurdo? Al menos la poesía me ayuda a vivir: me despoja de la herrumbre, de fechas, onomásticos, jaurías y fotografías poco agradables. Hay un fuego creciente por confundir. Claro, uno no puede ser pasto o forraje. Entre lo real e irreal, escojo las ventanas y su sagrado resplandor. La palabra no anula, solo supera cualquier resurrección.

domingo, 13 de noviembre de 2016

REITERACIÓN DE PECES

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REITERACIÓN DE PECES




Nos faltan vocales para ensayar la tartamudez: ignoro si en el braceo hay frases
definidas, entendibles para toda clase de público. O existen, acaso, afecciones,
más intensas que las pulmonares. (La verdad es que uno siempre está jugando
al tabú de los sombreros, a los juegos de los dueños improbables,
a los intermediarios del espíritu, a los vaciados de tantas extrañezas.)
Evidentemente mi permanencia siempre es la fuga.
Braceo en los espacios diminutos de los poros, en la ambigüedad religiosa
de la muerte, en las órbitas vacías de las ojeras, el descrédito de los cuchillos.
Uno se harta de la frenética inutilidad de los gritos, y de las escenas civiles
con los rostros ocultos. Me asomo a los dobleces advenedizos de la voz.
En el fondo, no soy yo, ni usted, sino los intrusos, dueños de las equivocaciones,
los que larvan la perpetuidad del poder.
Uno mira tantas ventanas como fotografías tiene la infancia, como respuestas
poseen las páginas en blanco después que se ha cancelado cualquier final.
(A veces el frío es negro en medio de las aguas justo cuando las palabras
se balancean en la noche; hay caminos de sombras abiertos a la respiración.
Fuera de la piel, de qué olvidos podría hablar, de qué ojos cansados…
Nunca he podido bracear como quisiera ante tanto ahogo.
Mientras solo me rodean las sombras, los olvidos se tornan poco adjetivables.)
Nuestras vidas quedarán únicamente en la deshora de los estrépitos.
En los golpecitos de neblina del crepúsculo, las cerraduras del verdugo
y las pesadillas húmedas de la muchedumbre con su énfasis de equilibrista.
Barataria, 2016

viernes, 11 de noviembre de 2016

DIARIO ÍNTIMO (MONÓLOGO)

André Cruchaga





DIARIO ÍNTIMO (MONÓLOGO)




Oigo un río seco lleno de latas de conserva
donde cantan las alcantarillas y arrojan las camisas llenas de sangre.
Un río de gatos podridos que fingen corolas y anémonas
para engañar a la luna y que se apoye dulcemente en ellos.
Aquí solo con mi ahogado.
Aquí solo con la brisa de musgos fríos y tapaderas de hojalata.
Aquí, solo, veo que ya me han cerrado la puerta.
Me han cerrado la puerta y hay un grupo de muertos…
Federico García Lorca




No sé si al final, cada uno de los asombros se convierte en danza, o si es suficiente esta tirantez convulsa de la realidad. Vivimos tantos desaliños que de pronto albergamos esos desasosiegos en el confín de la conciencia. Todo poema en cierto modo, es una confrontación con todo eso que nos provoca pruritos diversos. Digamos que cada momento engendra esos pedazos del rompecabezas que de continuo nos abate. Uno sonríe, por si acaso, ante los dientes que envisten el aliento. A medida nos acercamos al cierzo se humedece el alma, pero también, cuando la noche arrecia, quienquiera puede desear tener a la mano un ascensor, o una rama para aprender el pulso de los pájaros. Yo siempre tengo sed como para ver con cierta ansia los caminos. Ningún país es el paraíso, salvo el país de las utopías. La verdad es que a uno le enseñan a pensar disparates, servirle de escalera a la oscuridad: veo desde hace ratos contusión en las rodillas y en los paraguas y en los misales clandestinos. Nadie es nada, después de todo. Nadie si le agregamos una buena dosis de ingenuidad. Yo siempre me imagino un país jubilado de los errores y horrores. Cualquiera se harta de ciertos estoicismos, de la piedra del insomnio. Cualquiera se harta de ser auténtico y honesto. La historia es sólo un candelabro hecho de excrementos. Siempre camino sobre algunas aceras de dudosa ralea y sé que en su interior hay espejismos e hipertrofias y caricaturas. En realidad no hay nada nuevo en el mundo, quien lee, avizora. Uno, por desgracia, debe volverse coleccionista de recuerdos, abrigo de cerraduras violentadas, amigo de ciertos teoremas. Alguna explicación de la miseria encuentro en el guacal del vacío. Ante los excesos góticos de hoy en día, me quedo con el espejo y algunas lágrimas que gotean como un torrente de peces. Otras veces, me quiero explicar todo desde el almanaque, o desde el cuaderno escondido de los cuervos. A veces me da por soplar velitas y dedicarle todas mis oraciones a San Antonio del Monte, al País, al niño de Atocha, al Corazón de Jesús. Frente a mí, está el tapial del viento, y el limonero consuetudinario de la queja, la cruz de las tribulaciones, la corbata del asco respirando junto a mis costillas. Lo terrible es que a medida avanza el tiempo uno se llena de espectros y de tantas putrefacciones. Quien sabe de intemperies, desea darle una lavadita al crepúsculo, pese a toda la impotencia que se apodera del alma. De seguro muchos creerán en los milagros y no en las razones que nos dictan de manera contundente los pañuelos. Llegará un día, lo sé, que una fuerza diferente administre la vigilia y las mitologías asimétricas de lo caduco. Siento todo lo transitorio en mi cuerpo, las aglomeraciones de lo inauténtico e inacabado. Se me ocurre que da más réditos tranzar con la mentira. Los absolutos, me parece que sólo le corresponden a la eternidad y a esos instantes reticentes de la muerte. A estas alturas de la noche, me son indiferentes los verdugos y los golpes de pecho. Los imaginarios acaban en la oscuridad como las lámparas. Si hay algún desvarío en mí, es porque todavía ando náufrago.  

jueves, 10 de noviembre de 2016

ETERNIDAD DE LA HOJARASCA

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ETERNIDAD DE LA HOJARASCA




Siempre la hoja de niebla hundida en la hojarasca, el hastío y esta distancia
de balbuceos, como golpe de hambre en la extravagancia de las semanas.
Alrededor de la vigilia circulan oscuras simetrías de relojes,
ojos desolados como la intemperie, como la escritura dura del dolor.
Lentamente todo se va completando en la cara: los sueños y el contrapeso
de la madera, la sal honda, imborrable de los ojos.
Hay pupilas demasiado humanas para que se zambullan en la hojarasca.
Algo me dice que uno no se puede albergar en medio de las sombras, ni ahogar 
a hurtadillas los bolsillos, ni autenticar el frío de las manos.
(Desconfío de mis vísceras después de que se llenan de impotencia; desconfío,
por cierto, de la emboscada de los ardores, de los párpados extravagantes
de los disfraces, de los patrios vacíos y sus ganas de columpios.
Aprendo del verdor de los peligros y de las ganas de gritar palabras soeces.
Todas las sombras terminan por quebrar mi pecho: resulta extraño reírle
a los mapas y balbucear reminiscencias.
Es extraño morder inconscientemente los anhelos. Rozar la desnudez esperada.
Vaciar toda la desesperación en el guacal de la angustia, conquistar el asco
de la ceniza, sombrear de azul lo que uno recuerda de la infancia.
¿Cuánto de humano gesticulan los puntos cardinales? ¿Cuánto de espíritu tienen las calles, 
o quién se goza de la farsa de la muerte?)
Me aferro a todos los absurdos que propicia la hojarasca, y al viejo  morbo
de lo cavernario: en mis recuerdos, cada hoja es un ataúd de zapatos.
Barataria, 09.IX.2016