lunes, 1 de agosto de 2016

METALES CIEGOS

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METALES CIEGOS




Nos confunde la órbita oscura de las luces ciegas de la soledad: el fósforo
sobre la piedra calla, como la pluma del aliento que se desprende
de las esquinas de los metales, de la fría cobija de los andenes y su paraguas
de zozobra. Suda el cadáver inmóvil cuando cruza el sudario roto
de la lucidez, cuando bracea los límites de escamas de La sospecha.
Uno no sabe a qué atenerse ante el callado ahogo de los excesos ardidos
de opacidad, ni qué contradicción es la más racional dentro del laberinto
del excesos o espectáculo: después uno sólo ve el tartamudeo
de la lozanía, y su menguante de mudanza fiera.
Llegados al punto ciego ─no obstante─ de lo insensible, la confabulación
sigue como el moho de los resortes en la boca,
como las axilas insólitas del traspatio: ¡cuánta dolencia destapada!
Tantos días de semana llenos de tiliches, que es imposible escupirlos.
Tantos, quizá, entonces, degollados. Tantos lavatorios y jorobas.
Tantos, acasos y estrías y crímenes, en el costado. En la habitación del sinfín.
Sólo alumbran las jaulas del espejismo en su fiera rotación.
Aprietan los espejos con su envoltura de cuchillos.
Para entender este fuego cruzado de metales, me disperso como una mosca
en medio de la penumbra. Como el ijillo en lo inmóvil del esqueleto.
Mientras siguen los cadáveres con su locura, me oigo en el escapulario.
Acepto mis ojos ciegos,  ahora sobrevivientes de muchísimas mareas…
Barataria, 2016

domingo, 31 de julio de 2016

SOMBRA DEL VUELO

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SOMBRA DEL VUELO




Ha entrado la noche,
la noche de los días con sus noches, las tierras frías y los bosques muertos.
Ha entrado la noche de la carne y de los sentidos,
la noche de las tierras caídas y los cielos muertos.
Jacobo Fijman




¿Cómo recuperar la mañana, en vez de tantos días en cuclillas o arrodillados? ¿Cómo encontrar la calle de la lejanía sin que los cuerpos fenezcan en el páramo de la historia, en esta suerte de rutinas oscuras? ¿Cuándo será temprana la hora y no tardía? Supongo, mientras tanto, que hay necesidad de ir limpiando la carcoma, el grano de mostaza, el susurro de luz cárdena del hijo pródigo, mientras crecen los montepíos y la carcajada de golosinas y el diente feroz. No se puede con una ansiedad vitalicia ni es fácil jugar al sosiego. Oficialmente se ha decretado la alegría, pero ésta se agacha en los horcones de la historia, jamás he creído en semejantes historias cuando me las dicen de soslayo. Sólo sé que la orfandad aúlla y pulsa entre osamentas y vomita perros que atraviesan el aliento; en cada esquina como el crimen se perpetúa la hediondez, los disfraces y las casas de citas y los puteríos. Es oscuro el camino de las aceras entre ininteligibles aguas de orina y bocas difíciles de ver y madres rascándose los encajes y luego voces de desconfianza y un crimen y otro crimen como quien mata moscas de la orilla del retrete. Siempre es extenuante estirar el pescuezo o las canillas, el costal de huesos que uno anda con su queja, esas horas huesudas sin ninguna atalaya. A veces me distraigo con algún zompopo que atraviesa mis zapatos, que hace trucos para sobrevivir como cualquier humano antes de desaparecer. Ya he visto el zumbido de los gusanos sobre el miedo embrocado de la esperanza, ya he cargado con pálidas noches de exclamaciones: nada es irreal, salvo la escritura, salvo los gargajos a media calle y su ultimátum, salvo aquellos señores que nunca hurgan en sus propios bolsillos, salvo la dentadura que nunca se queja de las heridas. No hay nada real en los alaridos infortunados de la noche, ni en la ventana que se abre para ver el antaño, o el presente, o el futuro. Un día seguramente remozaremos la historia de los malandrines, evitaremos la confusión de los mingitorios, y nos concentraremos en los soplidos del viento. En realidad, he perdido la cuenta de cuántas veces corrí detrás de la luna, de cuándo empezaron los titiriteros y sus macabras eyaculaciones, sus peluquines de dudosa procedencia, sus sacos y corbatas, sus cofres con clave. En fin, espero no arruinar mis dientes al querer ponerle lavativa a la elocuencia, es decir, hablar mejor, leer mejor, escribir mejor. Todo lo demás carece de sentido, es ilógico. Uno se puede morder los dedos al momento de hacer el bendito, o coger una hernia de tanto cargar a este país con su fatiga. Uno puede ser uno y no ser uno, a la vez. Es cuestión de apuntar bien con el dedo índice y quitarle el moho a lo auténtico. “Son ciertos todos los golpes, las calles colgando de las muletas de los ciegos”. Sí, jamás lo he dudado. A falta de luz, abro la puerta; después, le arranco al grito sus desfallecimientos, esas pesadillas que uno no se atreve a decir nunca, por miedo al pecado. No sé. La única verdad supongo que está en la gaveta de mis ojos, en los pelos del barranco, o en el sombrero de nube sobre mis sienes. Después, quizá, habremos de decir cómo éramos, ese pante de luz frente a mis narices…

sábado, 30 de julio de 2016

INVIERNO DESENTERRADO

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INVIERNO DESENTERRADO




Cerca de todos los nombres de la niebla, el invierno desenterrado del aliento
y sus afluentes: la noche y la palpitación de los recuerdos, los meses
de escarcha sobre los párpados, los ataúdes desprendidos del calendario,
sin posibilidades de olvido, a veces el pasmo y el bostezo,
en la aglomeración de alfileres. A veces únicamente este oficio del desuello.
En toda esta boca de inventarios, el aroma muerto de los jardines.
Sobre el sudor, las aspas de sal de los paraísos perdidos, los candiles errantes 
del deseo, el cuentagotas ciego de la limosna, la alforja cuyo umbral nunca
se llena, sino que esta allí como un cuerpo desvestido.
En el cuaderno de fósforo de la desnudez, sólo se escribe el parpadeo
y, si acaso, la asfixia traslúcida de los espejos.
Ha crecido tanto la podredumbre o la parálisis que uno ya no sabe
a qué atenerse, ni a qué bando asirse cuando el vinagre es la bebida cotidiana.
Los tantos inviernos desenterrados son ahora la tormenta del día.
Cuando todo acabe si es que sucede, ya habrá pasado al olvido toda la polilla,
y mis meses de abusiva mortalidad y mis pronósticos.
Hay que aceptarlo: todo es nada, así lo dice el éter. En el precipicio se pierde 
hasta el olfato,  las mortajas, el aleteo, el zumbido de los funerales.
Nada queda después para los dolientes.
Echado todo a la perversidad como debe ser la altura de los envenenamientos,
uno debe soltar la preñez de los ataúdes hasta que dance el ave negra
de la noche con su orgía irreconocible.
(Uno sabe que las aguas de las calles desvelan inviernos inauditos,
como el oficio del bostezo sin aldabas. Cada día los sofocos aturden la garganta.)
Barataria, 03.VI.2016

jueves, 28 de julio de 2016

FRUSTRACIONES

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FRUSTRACIONES




Claro, el tiempo pone en su lugar todas las cosas, es decir, hace visible
hasta la más oculta picadura de zancudos, ese montoncillo de piedras anónimas 
que uno ignoraba, las truculencias de ciertos graznidos.
Después de todo, me pongo a leer poemas para divagar, y de esa forma
no envilecerme: hay gritos y chantajes en habitaciones oscuras.
Camino sin padrinos como el camino solo que siempre se torna en silencio.
Nada más cierto que las antorchas ensordecedoras de los relámpagos.
Nada más cierto que las caídas estrepitosas de la sinrazón.
Nada más cierto que el nudo de los vacíos en la garganta y su ponzoña fiera.
Nada más cierto que la castración de ojos en el amplio océano de la brama.
Nada más cierto que cruzar la calle sin que ninguna asfixia lo atosigue a uno.
Siempre yerra una mirada iracunda sobre el vuelo sobrio del pájaro.
Siempre estamos a merced de los que quieren confinar nuestro nombre.
A menudo los fantasmas tienen  uñas y un sueño de sabueso infeliz.
Son tan promiscuas las palabras que pueden colgarse de cualquier altar,
del adulterado nido en las citas abiertas,
de las aspas encendidas del deseo,
de las extrañas ojeras que deambulan en los pensamientos de los exégetas.
Uno siempre escribe en las paredes húmedas de la saliva,
pese a las obstrucciones: mi escritura está en mis manos, allí, donde otros gastan 
el olvido, y se alzan como emperadores del milagro.
Aún no he quemado la travesía; el horizonte sigue intacto.
Cada vez dejo que mis pupilas escapen de los trenes y esquiven las sombras.
Barataria, 02.VI.2016





martes, 26 de julio de 2016

EN LA OTRA PÁGINA

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EN LA OTRA PÁGINA




En la otra página de la memoria, cuelgan los pizarrones de las viejas nostalgias.
Quizá los mapas me recuerden las latitudes agrietadas de la súplica,
o esa otra forma que tienen los relojes de ser inquilinos de las semanas,
o ese camino de migajas por donde los ángeles pasan de rodillas,
o ese precio que hay que pagar al fijar la vista en las vitrinas,
o ese abrazo esperado en una habitación que de pronto sólo tiene cuatro paredes 
y polilla y oscuridad,
o ese puchito de sombras que se apodera del lenguaje hasta tocar la soledad.
Sólo los párpados saben de las concavidades ciegas de la tierra.
En los dientes apagados del relámpago, la desnudez hace su engaño
a los sentidos: ignoro si es cierto, aquel ventarrón de juncos sobre las manos.
Uno sabe de pronto que la tinta se confunde con la salmuera y con el ojo
del afán de la melancolía, y con el coágulo de respiración que aún queda
en la alacena de polvo del altísimo.
Enfrente del témpano de tinta, uno empieza a señalar las vocales
de las ventanas y ese espejo de cal que tienen los vidrios del horizonte.
Siempre resulta insignificante la salpicadura de los recuerdos, el picoteo
de las alas, los vaticinios que da el movimiento de la espiga.
Con la oscuridad hasta el cuello,  es difícil saltar la constelación de alambradas,
o inclinarse sin ningún apoyo al cráter de la garganta.
Es seguro que en cada página, el fuego esté siempre sin necesidad aditivos.
Barataria, 30.V.2016