domingo, 1 de febrero de 2026

NACIMIENTO DE MIS OJOS

 

André Cruchaga


NACIMIENTO DE MIS OJOS

 

Fue ya en la vida que el ojo vislumbró tiempo y delirio.

Fue en el instante en que la búsqueda se hizo necesaria.

La ventana solo ha sido la herida en la pupila.

Había avidez, pero también desorden. La luz estaba ciega

y vacilante en mi boca.

 

(El espacio sin bisagras para darle vida a mis ojos).

 

Del pecho a las rodillas

el espesor de las navajas, el silencio abierto al frío.

La vida se me volvió un Lázaro en la almohada después

de caminar oscuridades y reinventar lejanías.

Aquel día, entre sombras inevitables, me nació el día.

Me nació la desnudez y la gestación del resplandor,

el frío secular de los espejos.

 

En los ojos hubo mar y espuma, una sartén en mi pecho,

barcos, trenes y caballos.

Mi sombra desde el subsuelo a las páginas del viento.

En la conciencia, un resplandor coagulado mordiéndome,

la soledad con su multiplicidad de silencios.

Los días impares de los litorales, desvanecidos en la garganta,

los amantes lamiendo caracoles atrapados por sus manos,

el tiempo con sus párpados inermes.

 

Un día me nacieron los ojos:

hasta entonces pude ver el pabilo tosco del candil,

el kerosene ahumando en el tabanco de mis abuelos,

el azúcar de los colores de lo pródigo, la abeja alrededor

de la fruta, la respiración a través del tacto de la lengua.

Pude ver entonces las sábanas derramadas en el suelo.

Pude ver entonces la vena rota de las pulgas y el perro lento

de la sarna, con sus pies mordiendo las piedras.

Pude ver la balbuciente luz de los niños al margen de la ciudad,

vivir el deletreo de la madre acongojada.

Al séptimo día sonó la carne sus aguas corporales.

El río al borde de las herraduras, ceñido a los zapatos,

la tierra adentro como una alfombra de manos.

 

—Al séptimo día, vos con tu piel perfumada de jazmines:

lugar donde el sol hunde sus dedos;

vela domiciliar de mis anhelos.

Baúl donde el instinto desnuda sus páginas heroicas.

Rama opulenta de mi tránsito,

a veces confundida como un transeúnte

en las esquinas del asfalto de una ciudad desconocida.

Al séptimo día se hicieron visibles los colores sobre el tejado:

el musgo bajó hasta las rodillas como un caballo

de relojes presurosos,

como una cebolla con rodajas de caricias y condimento,

como un molde de arcilla hecho para mi cuerpo,

como un libro de miel ensimismado.

 

Abriendo la puerta me nacieron los ojos. Y la desnudez

del cuerpo, la alegría, la sombra de luz de la voz y la tierra.

Y el latido de la palabra.

Me nació el ala y el sobresalto. El arcoíris tuyo en cuerpo entero,

indestructible, revelándose en la yema de mis dedos.

(Tus pechos tan íntimos y vívidos, severos en su fragancia).

 

Todo ello contrasta con la lengua gris de los tranvías,

con las locomotoras de carbón de mi infancia,

a las que esperaba como revelación de mis sueños,

con el paisaje detenido en los tapiales, con ese muro último,

separando la mesa de los manteles.

 

Ahora veo la forma de las raíces del árbol que nos sostiene:

los peces sueltos subiendo al pecho de los designios,

el aliento habitado por el infinito.

Así también me nacieron las palabras como el murmullo

de un río cercano.

 

Luego he tenido que temblar frente a tanto torbellino.


Del libro: «Posesión del fantasma», 2010
©André Cruchaga
Imagen Pintura de Franz Kline,

Barataria.


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